Una crisis en la crisis

Una crisis en la crisis

Tomás Melendo Granados
Catedrático de filosofía (metafísica)
Universidad de Málaga
tmelendo@uma.es

Resumen

La crisis actual se interpreta habitualmente de manera reduccionista: bien como crisis económica, bien como efecto de la más amplia crisis de valores, bien como causa de esa desorientación más general… Pero casi siempre con un modo de conocer y de razonar unidireccionales y abstractos. El presente artículo adopta un enfoque estrictamente filosófico: intenta mostrar que solo atendiendo al “universal concreto”, al “todo humano” y a las relaciones internas de sus componentes, es posible comprender a fondo la situación en que nos hallamos y buscar soluciones adecuadas. Constituye el punto de partida y, en cierto modo, el marco metodológico, de otros artículos sobre el mismo tema.

Palabras clave: Crisis, abstracción, universal concreto, ciencias, filosofía, economía, dinero.

A Crisis in the Crisis 

Abstract

Today’s crisis is usually interpreted in a reductionist way: either as an economic crisis or as the effect of the wider crisis of values, or as the cause of a more general disorientation… But it is almost always understood by means of a unidirectional and abstract mode of knowing and reasoning. This article adopts a strictly philosophical focus: it aims to show that only by paying attention to the “concrete universal,” to the “entirely human” and to the internal relations between its components, can we gain an in-depth understanding of the situation in which we find ourselves and seek appropriate solutions. It is the starting point and, in a certain way, the methodological framework for the other articles on the same topic.

Keywords: Crisis, abstraction, concrete universal, science, philosophy, economy, money.

Recepción del original: 07/02/12
Aceptación definitiva: 02/04/12


Hace alrededor de dos años, poco después de estallar la crisis, me invitaron a intervenir en un congreso para empresarios, celebrado en la provincia de Málaga.1 Medio en broma medio en serio, afirmé entonces que lo más significativo de la crisis era que preocupara tanto a nuestros conciudadanos y a quienes allí nos habíamos reunido, sobre todo a los que no vivíamos en la absoluta pobreza, sino con cierta holgura económica.

Y expliqué que, con tales palabras, no pretendía en modo alguno restar importancia a la coyuntura en que nos hallábamos —menos aún lo haría ahora—, sino más bien al contrario. De ahí la calificación del fenómeno como significativo: y es que esa inquietud inconsolable constituía y constituye un síntoma muy digno de tenerse en cuenta porque, al manifestar la forma como se relacionan con el dinero el hombre y el conjunto de la sociedad, señala de manera bastante inequívoca el estado de la humanidad en los últimos decenios o incluso en los últimos siglos.

1. No solo crisis económica

Para sugerir, sin pretensiones de demostrarla, la desmesurada importancia otorgada al dinero en nuestra civilización, recuerdo que el mundo que nos acoge atraviesa desde hace mucho una etapa de profunda crisis;2 pero que solo en estos ultimísimos tiempos, cuando se ha manifestado también económicamente, los medios de comunicación, los políticos, los articulistas de más diverso corte, el ciudadano de a pie… se refieren sin cesar y con desasosiego creciente a la necesidad de poner remedio a la crisis, con artículo determinado y sin adjetivo, como si no pudiera darse más crisis que la económica o como si solo cuando afecta al bolsillo hubiera que tenerla en cuenta y declararla existente.

No es así, según acabo de anticipar. Entre los testimonios que lo muestran quisiera aludir a tres, que, por expresarlo de algún modo, recorren el camino inverso al que acabo de esbozar y seguiré en el resto de la exposición: es decir, van desde la percepción de la agudeza del desastre económico —un discernimiento progresivo, porque también los síntomas del descalabro han ido resultando cada vez más claros— hasta la declaración formal y bien meditada de una debacle mucho más amplia, compleja, inextricable y global.

a) Señalo, antes que nada, el primer gran libro dedicado de forma expresa y exhaustiva —y, pese a ello, bastante breve— a la crisis. En el prefacio a la segunda edición norteamericana, redactado en los comienzos de 2008, Morris asegura: «Las actuales operaciones de rescate perpetúan un concepto equivocado muy común sobre la burbuja financiera referente a que tenemos un problema de liquidez más que un problema de solvencia».3

Y explica de inmediato la diferencia entre ambos fenómenos, subrayando la notable mayor gravedad de lo que realmente ocurre —insolvencia— respecto a lo que se dice: falta de liquidez. Poco antes, había anticipado que no nos encontramos ante meras dificultades económicas ni exclusivas de uno o pocos países.4 Por si quedara lugar a dudas, páginas después asegura que no será sencillo superar el punto muerto en que nos hallamos.5

b) Tanto o más significativo resulta el testimonio de Posner. Tampoco él vacila al señalar, en el conjunto de la crisis y en las principales instituciones que le dieron origen, un indiscutible problema de insolvencia. Y sostiene, además, de manera enfática, que estamos inmersos en una depresión, en el significado más riguroso que cabe dar al vocablo, y no ante una mera recesión.6

Pero eso no es todo. Que yo sepa, Posner ha analizado profunda y profusamente la crisis en dos libros, publicados a distancia de pocos meses. El primero llevaba por título: A Failure of Capitalism.7 El segundo, que el autor considera una profundización del mismo fenómeno, lo llama The Crisis of Capitalist Democracy, según acabo de señalar.8 Y, aunque el lector puede sin duda calibrar lo que implica el cambio de denominación, me gustaría hacerlo aún más explícito con las palabras con que Rossi abre el prólogo de la traducción italiana de este segundo ensayo:

Richard A. Posner, juez de la corte de apelación del Seventh Circuit y profesor de la facultad de derecho de la universidad de Chicago […] ha llevado a término un acto de extraordinaria honradez intelectual, único en el panorama internacional de los economistas y juristas. En primer término, admitiendo que la crisis financiera y la consiguiente depresión ha sido sobre todo una crisis del capitalismo […]; y ahora, con el presente volumen, profundizando en las relaciones entre política y economía, para concluir que la crisis afecta de lleno a la democracia capitalista y que antes y más que crisis económica es una crisis política.9

c) Aludiré, por fin, a los autores de un libro que el Washington Post ha declarado, «simplemente, el libro sobre las crisis financieras». Reinhart y Rogoff afirman, tajantes, que la que ahora nos envuelve «constituye la más grave crisis financiera global desde la Gran depresión». Y añaden: «Esta crisis representa un momento de honda transformación en la historia de la economía global, una transformación cuyas consecuencias, con toda probabilidad, revolucionarán la política y la economía al menos durante una generación».10

No solo crisis económica, por tanto, sino también política, con profundas y revolucionarias consecuencias «institucionales e intelectuales», y de alcance mundial, como señalan los autores citados. Sobre esta secuencia de conocimiento —desde la crisis económica hacia la crisis total— volveré más adelante. Retomo ahora mi propia perspectiva, recordando algunas de las apelaciones a una disfunción generalizada y universal, en la que —si no yerro— se encuadra la propiamente financiera y económica, a la par que la alimenta. Lo hago, de momento, sin otro fin que mostrar la inmensa mole de denuncias sobre el estado deplorable de nuestra civilización, así como el dilatado tiempo que llevamos llamando la atención sobre el hecho, la diversidad de perspectivas desde las que se señala… y la mínima o nula respuesta que han suscitado hasta hace relativamente poco. Por eso, aunque se trate de una simple muestra, el número de testimonios puede resultar un tanto elevado y levemente repetitivo. Pero vale la pena considerar la identidad de fondo de todas las proclamas, más allá de la diversidad de matices, en algunos casos incluso contrarios entre sí.

Por ejemplo, en el estudio sobre el trabajo mencionado antes a pie de página, Gorz apelaba a una disfunción integral honda, que afecta a los mismos fundamentos de la civilización actual y su futuro y, hasta cierto punto, los trasciende:

La crisis es, de hecho, mucho más fundamental que una crisis económica y de sociedad. Lo que se viene abajo es la utopía en la que, desde hace dos siglos, vivían las sociedades industriales. Y empleo el término utopía en el sentido que la filosofía contemporánea le da: la visión de futuro por la que una civilización determina sus proyectos, en la que funda sus fines ideales y sus esperanzas. Si una utopía se hunde, lo que entra en crisis es toda la circulación de los valores que regulan la dinámica social y el sentido de las prácticas. Es esta crisis la que nosotros vivimos.11

Hecatombe profunda y extensa, por tanto: no solo crematística, sino con multitud de facetas y dimensiones considerables, entre las que la economía como tal desempeña un papel digno de tenerse en cuenta, también por el descalabro que puede provocar y nutrir en las restantes esferas.

Y, así, a finales del pasado siglo, el XX, en un contexto básicamente económico-laboral, pero sin abandonar la visión de conjunto de la persona humana, Rifkin anunciaba la probable quiebra que se apuntaba en el horizonte, sobre todo americano, calificándola también de “depresión”:

La tercera revolución industrial fuerza una crisis económica de ámbito mundial de proporciones monumentales […]. Al igual que ocurrió en la década de los años 20, nos hallamos peligrosamente cerca de una nueva gran depresión, mientras que ninguno de los actuales líderes mundiales quiere reconocer que existe la posibilidad de que la economía global se esté acercando, de forma inexorable, hacia un mercado laboral decreciente, con unas consecuencias para la civilización extremadamente peligrosas y preocupantes.12

Bastantes decenios antes, desde una perspectiva en extremo peculiar y discutible, pero sobre la que de momento no es preciso pronunciarse, sostenía Guénon, volviendo de nuevo a la consideración integral-universal y dilatándola en el tiempo:

Que se pueda hablar de una crisis del mundo moderno, tomando la palabra “crisis” en su acepción más común, es algo que ya muchos no ponen en duda, y, al menos en lo que a esto atañe, se ha producido un cambio apreciable: bajo la acción de los acontecimientos, algunas ilusiones comienzan a disiparse y, por nuestra parte, no podemos sino felicitarnos por ello, pues hay ahí, a pesar de todo, un síntoma favorable, el indicio de una posibilidad de enderezamiento de la mentalidad contemporánea, que aparece como un débil resplandor en medio del caos actual.13

Por la misma época y con connotaciones similares, remontándose a un período particular del pasado, Simone Weil escribía que el segundo Renacimiento produjo «lo que llamamos nuestra civilización moderna». Y proseguía: «Estamos muy orgullosos de ella, pero no ignoramos que está enferma. Y todo el mundo está de acuerdo en el diagnóstico de la enfermedad».14

Más drástico, si cabe, y asimismo con pretensión de globalidad y de incidir en el núcleo mismo de la cuestión —en ese fundamento que pone en juego “todo” lo realmente relevante de nuestra cultura—, se muestra Robert Spaemann:

Quisiera defender la siguiente tesis: la civilización moderna representa para la dignidad humana una amenaza como nunca había existido anteriormente. Antiguas civilizaciones ignoraron la dignidad humana de hombres concretos o de grupos humanos. La civilización moderna ha conseguido extender la idea de unas condiciones mínimas e iguales para todos en lo que a los derechos se refiere. Pero esta civilización encierra, no obstante, una poderosa tendencia a la completa eliminación de la idea misma de dignidad.15

Y hace ya veinte años, con la intención de individuar el núcleo capital de cuanto nos ocupa, escribía Ratzinger: «Cuando no hay verdad se puede cambiar toda norma e, incluso, hacer lo contrario de lo que establecen: la renuncia a la verdad es el núcleo de la crisis de nuestra época».16

2. Síntoma y origen de una crisis global-universal

Repito que estamos ante una cuestión abundantemente tratada en los últimos decenios, desde perspectivas muy dispares, y sobre la que ya me he pronunciado en otras ocasiones.17 Aquí y ahora, antes de volver al hilo conductor que nos está guiando —la crisis financiera—, querría dejar constancia de dos o tres puntos clave, que ayuden a calibrar la magnitud polifacética del panorama, sin la que es muy difícil entender, con hondura y plena propiedad, su urdimbre estrictamente económica ni, por consiguiente, hallar auténticas soluciones.

No se trata, por tanto, de un análisis exhaustivo de la fisionomía de la crisis, que requeriría un extenso y hondo estudio ad hoc; sino de apuntar el conjunto de coordenadas oportunas para comprender la depresión en que nos hallamos y contextualizarla debidamente, de modo que estemos en condiciones de descubrir y enrumbar las vías que conducen a su superación.

2.1. Dilatada en el tiempo

De una parte, conviene insistir en que nos enfrentamos con una crisis no solo pecuniaria ni solo actual, sino bastante más amplia en el tiempo y en la pluralidad de sus raíces y manifestaciones. En semejante sentido, como ya hemos visto, muchos han hablado de crisis de la modernidad o de los tiempos modernos,18 remontándola de ordinario, de manera más emblemática que propia y estrictamente causal, hasta Descartes.19

Solo como botón de muestra, y para reforzar los ya aducidos, valgan los testimonios de Guénon, Heidegger y Husserl, dotados de trasfondos muy diversos, pero de similar alcance. Sostiene el primero:

Para nosotros, y situándonos en un punto de vista global, es toda la época moderna en su conjunto la que representa un período de crisis para el mundo; por otra parte, parece que nos acercamos al desenlace, y eso es lo que actualmente hace más evidente que nunca el carácter anormal de este estado de cosas que dura desde hace siglos, pero cuyas consecuencias nunca habían sido tan perceptibles como ahora.20

Heidegger, por su parte, en un contexto y con terminología más metafísicos, había puntualizado, en relación con el núcleo o fundamento histórico-teorético al que también alude la cita que precede:

Descartes solo es superable a través de la superación de aquello que él mismo fundamentó, a través de la superación de la metafísica moderna o, lo que es lo mismo, de la metafísica occidental. Pero superación significa aquí cuestionamiento originario de la pregunta por el sentido, es decir, por el ámbito del proyecto y, en consecuencia, por la verdad del ser, pregunta que se desvela al mismo tiempo como pregunta por el ser de la verdad.21

A su vez, en Die Krisis der europäischen Wissenschaften und die transzendentale Phänomenologie, enlazando la índole general y existencial de la crisis con su ya lejano inicio y con su cimiento filosófico y, desde tal punto de vista, anticipando también el pensamiento de los dos autores que acabo de citar, se lee:

Si consideramos los efectos de la evolución filosófica de las ideas sobre la humanidad entera (no solo sobre los directamente dedicados a la investigación filosófica), entonces tenemos que decir: “Solo la comprensión interna del movimiento —unitario, a pesar de todas sus contradicciones internas— de la filosofía moderna desde Descartes hasta el presente hace posible la comprensión de este mismo presente”.22

Palabras todas que de nuevo cabría reforzar con estas otras de Ratzinger, decididas y punzantes, muy aptas para cerrar el elenco de las que he transcrito, por cuanto extienden el alcance pleno de la crisis a la modernidad en su conjunto: «En este sentido, nuestro tema nos introduce en el drama de la modernidad en cuanto tal y en la crisis de hoy en día, que es, a su vez, la crisis de la conciencia moderna como tal».23

2.2. Con hondas raíces teoréticas

2.2.1. Lo muestran los filósofos

Asimismo, para la mayoría de los que la han estudiado, la crisis en cuestión presenta raíces muy profundas. Según Husserl, se trata de algo estrechamente ligado a la verdad y al conocimiento, en su sentido más cabal y definitivo, que implica y compromete a la persona en su integridad y, en semejante sentido, es más que cognoscitiva.24

Al respecto, no puede ser más revelador el primer epígrafe que figura en la colección de conferencias y apuntes que componen su célebre Krisis. Tanto en el mismo enunciado —«I. La crisis de las ciencias como expresión de la crisis vital radical de la humanidad europea»—,25 como en lo que atañe al contenido, del que transcribo las ideas fundamentales.

Antes que nada, tras anunciar que, «partiendo de las quejas generales sobre la crisis de nuestra cultura y del papel atribuido a las ciencias en ella», tal vez «encontremos motivos para someter la cientificidad de todas las ciencias a una crítica seria y muy necesaria»,26 Husserl pone de relieve el daño capital que la atención privilegiada y casi excluyente a un tipo de ciencia —a su vez claramente disminuida y angosta— ha infligido a la humanidad contemporánea: a saber, el olvido o el desprecio de lo humano, en su acepción más honda y cabal.

La exclusividad con la que en la segunda mitad del siglo XIX se dejó determinar la visión entera del mundo del hombre moderno por las ciencias positivas y se dejó deslumbrar por la prosperity hecha posible por ellas, significó paralelamente un desvío indiferente respecto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad auténtica. Meras ciencias de hechos hacen meros hombres de hechos (Bloße Tatsachenwissenschaften machen bloße Tatsachenmenschen).27

A lo que añade de inmediato la declaración del desencanto y malestar generalizados:

El viraje en la estima y valoración públicas resultó inevitable sobre todo después de la guerra, y en la generación más joven dio de sí, como es bien sabido, un sentimiento claramente hostil. En nuestra indigencia vital —oímos decir— nada tiene esta ciencia que decirnos. Las cuestiones que excluye por principio son precisamente las más candentes para unos seres sometidos, en esta época desventurada, a mutaciones decisivas: las cuestiones relativas al sentido o sinsentido de esta entera existencia humana.28

Poco después apura el diagnóstico, centrándolo en la carencia intrínseca de un conocimiento que, en aras de una pulcritud metodológica establecida arbitrariamente, se niega a considerar ámbitos primordiales de lo real, como si estos no existieran:

Pero ¿puede el mundo, y la existencia humana en él, tener en verdad un sentido si las ciencias no admiten como verdadero sino lo constatable de este modo objetivo, si a la historia únicamente le es dado enseñarnos que todas las configuraciones del mundo espiritual, los vínculos que han cohesionado a los hombres, los ideales y normas, se forman —simplemente— y se deshacen como olas fugitivas, que siempre ha sido así y que así será siempre, que la razón muta una y otra vez en sinsentido y las obras buenas en castigos? ¿Podemos darnos por satisfechos con ello, podemos vivir en este mundo en el que el acontecer histórico no es otra cosa que concatenación incesante de ímpetus ilusorios y de amargas decepciones?29

Más adelante, ahondando todavía, remite la estrechez de esos saberes a la ausencia de anclaje propiamente filosófico o, si se prefiere, al hecho de haberse desgajado por completo de los principios metafísicos, de los fundamentos de la realidad, que son también los que hacen posible su comprensión: «Históricamente considerado el concepto positivista de ciencia de nuestra época es, pues, un concepto residual. Ha dejado caer y abandonado todas las cuestiones incluidas en el concepto de metafísica, tanto en su concepción más estricta como en la más amplia».30

Y, tras sentenciar que «el positivismo decapita, por así decirlo, la filosofía»,31 explica:

Ya en la idea antigua de filosofía, que tiene su unidad en la inextricable unidad de todo el ser, venía paralelamente significada una ordenación plena de sentido del ser y, en consecuencia, de sus cuestiones. En orden a ello venía a corresponderle a la metafísica, a la ciencia de las cuestiones supremas y últimas, la dignidad de reina de las ciencias, una reina cuyo espíritu confería, y solo él, a todos los conocimientos de todas las demás ciencias su sentido último. La filosofía en trance de renovación hizo suya esta idea; llegó incluso a creer que había descubierto el método universal verdadero mediante el que tenía que resultar posible la construcción de una filosofía sistemática semejante, llamada a culminar en la metafísica, una filosofía concebida, en fin, harto seriamente, como philosophia perennis.32

Finalmente, concluye que la absoluta prioridad de un método decidido caprichosamente a priori ha hipotecado la universalidad del saber que con él se conquista: «Que esta humanidad nueva, animada de un espíritu tan alto, en el que encontraba, además, gratificación, no alcanzara a perseverar, es cosa tan solo explicable por la pérdida del impulso vivificante de la fe, propia de su ideal, en una filosofía universal y en el alcance del nuevo método. Y así ocurrió, en efecto. Se puso de manifiesto que este método solo podía traducirse en éxitos indudables en las ciencias positivas».33

2.2.2. Y lo refrendan los científicos

Permítaseme resumir lo expuesto por Husserl con un solo término, cientificismo, que, aun cuando no le hace del todo justicia, apunta uno de los ejes de la economía vigente: a saber, su absoluta e intocable pretensión de constituirse y desenvolverse como una ciencia exacta y matematizada, en el sentido más estricto y casi mágico que en la actualidad se concede a esta expresión.

Al respecto, estimo de gran interés el testimonio de un científico, elegido entre los muchos posibles por los motivos que él mismo aduce y veremos de inmediato. En el Prefacio a Computer Power and Human Reason, cuando explica las causas que le han llevado a estudiar y señalar los límites de la ciencia contemporánea desde su posición de especialista en informática, Weizenbaum afirma:

En ningún momento dejé de ser consciente de que no hay nada que yo diga en estas páginas que no haya sido dicho por otros, y ciertamente con mayor propiedad. No obstante, como mis amigos me señalarían a menudo, parecía necesario repetir una y otra vez estos conceptos. Y según destacó Lewis Mumford, interesa a veces que un miembro de la comunidad científica diga algo que los humanistas han estado proclamando durante generaciones.34

Más adelante, manifiesta con lucidez el aspecto ambivalente de la ciencia actual, a la que —sin rechazarla, pero ciñendo sus proporciones— llega a calificar de “droga” y de “veneno”:

Con toda seguridad, gran parte de lo que hoy consideramos bueno y útil, así como de lo que llamaríamos sabiduría y conocimiento, se lo debemos a la ciencia. Pero la ciencia puede ser vista también como una droga. Nuestro alimento científico no sólo ha determinado que nos hagamos dependientes de ella, sino que, según ocurre con otras drogas tomadas en dosis crecientes, la ciencia ha llegado a convertirse en un veneno de acción lenta.35

Determina de inmediato, muy en la línea de Husserl, la causa de la debilidad congénita de este tipo de saber. Se trata de la equiparación entre el conocimiento humano, con toda la riqueza que encierra, y su mera expresión lógica o formal e incluso formalizada: «Comenzando por la interpretación errónea de Francis Bacon relativa a la verdadera promesa de la ciencia, el hombre ha sido seducido por el deseo y el afán de establecer una era de racionalidad, aunque con una visión de esta última tan trágicamente adulterada, que la equipara a lo lógico».36

Y resume, de nuevo con agudeza, las consecuencias del “éxito” así obtenido. Pues, aunque «la ciencia se ha convertido en la única forma legítima de comprensión de la sabiduría popular»,37 el peaje pagado parece no compensar en absoluto: «Al afirmar que la ciencia se ha transformado gradualmente en un veneno de acción lenta, quiero significar que la atribución de certidumbre del conocimiento científico, por parte de la sabiduría popular (atribución que hoy es casi universal hasta constituirse en un dogma del sentido común), ha descalificado todos los demás caminos de comprensión».38

Weizenbaum alude en el texto al arte y, en particular, a la literatura.39 Pero lo mismo cabría sostener de la filosofía o de la religión. Todo ello ha perdido en nuestro mundo cualquier función auténticamente cognoscitiva y, como consecuencia, la seriedad imprescindible para influir de hecho en la vida humana. Los ejemplos que aduce, hoy un tanto anticuados, no hacen que pierda vigencia la “ley” que pretenden ilustrar.40 Ni tampoco es inválida la conclusión: «La creencia en la ecuación racionalidad-logicidad ha corroído el poder profético del propio lenguaje. Somos capaces de contar, pero vamos olvidando rápidamente cómo decir lo que vale la pena contar y por qué».41

Nos encontramos de nuevo ante la desorientación del hombre respecto a lo más fundamental de su existencia. Ante algo ya apuntado, pero que vale la pena exponer con mayor detenimiento.

3. Que fragmenta y disuelve al ser humano

3.1. Un saber y una vida desmembrados

En efecto, según sugerí y en parte ya hemos visto, también Husserl considera el empobrecimiento de las dimensiones cognoscitivas como raíz y síntoma de una pérdida humana mucho más amplia. Desde tal punto de vista, viene a coincidir con los diagnósticos de Schumacher y de Guénon y, de forma distinta, con el de Gorz. Aunque sus orientaciones más de fondo y el tono general de sus escritos no tengan demasiado en común con los de Husserl, también ellos hacen ver que en el corazón de la crisis hay que situar el desvanecimiento de la sabiduría, por ignorancia de los principios, o, con otras palabras, la atención exclusiva a aspectos tangenciales de la realidad, omitiendo aquellos otros que podrían conferir sentido a la vida del ser humano y contribuir así a su felicidad.

Schumacher lo expone a través de una imagen, con la que abre su excelente y todavía refrescante Guía para los perplejos:

Hace algunos años, durante un viaje a Leningrado, consulté un mapa para saber dónde me encontraba, pero no pude averiguarlo. Veía a mi alrededor varias iglesias monumentales que, sin embargo, en mi plano no aparecían por ninguna parte. Cuando al fin vino a ayudarme un intérprete, me dijo: “Aquí no ponemos las iglesias en los mapas”. Yo, para llevarle la contraria, le indiqué una que había claramente dibujada. “Eso es un museo”, contestó, “no lo que nosotros llamamos una Iglesia viva”. Solo son estas últimas las que no aparecen en los mapas”.42

Tras esta breve descripción, expone su cambio de actitud y extrae la moraleja:

Se me ocurrió pensar entonces que no era la primera vez en mi vida que me daban un mapa en el que no aparecían muchas cosas que tenía ante mis ojos. Durante los años que pasé en la escuela y en la universidad me habían dado mapas de la vida y del conocimiento en los que a duras penas podía hallarse rastro de muchas cosas de las que más me interesaban y me parecían de la mayor importancia para orientarme en la vida. Durante mucho tiempo mi perplejidad fue total, y no vinieron intérpretes en mi ayuda. Así permanecí hasta que dejé de dudar de la cordura de mis percepciones y comencé, por el contrario, a dudar de la veracidad de los mapas.43

Gorz llega a la misma conclusión desde la perspectiva de la racionalización del trabajo, destacando al mismo tiempo un buen número de disfunciones existenciales, que apelan al divorcio entre el ámbito laboral y ese mundo de la vida que ya el último Husserl hiciera célebre.

En resumen:

a) La especialización del trabajo ha puesto en juego inmensas moles de conocimiento.44

b) No obstante, la misma especialización ha originado que cada cual sepa casi todo de prácticamente nada.45

c) La consecuencia es que ese saber, arrancado del resto y de los principios, es incapaz de orientar la vida y ni siquiera puede llamarse propiamente saber o conocimiento.46

d) Todo lo anterior generó una dolorosa fragmentación en la existencia vivida, cuya inanidad ha pretendido encubrirse o superarse mediante manifestaciones típicamente contemporáneas, que, de nuevo, alimentan la cadencia caleidoscópica que la caracteriza: «La vida cotidiana se ha fragmentado en unas porciones de tiempo y en unos espacios separados entre sí, sucesión de supersolicitaciones agresivas, de tiempos muertos y de actividades rutinarias. A esta fragmentación refractaria a la integración vivida le corresponde una (no-) cultura de lo cotidiano, hecha de sensaciones fuertes, de modas efímeras, de diversiones espectaculares y de informaciones fragmentarias».47

No quiero de momento sino apuntar, pues su estudio detenido lo reservo para escritos posteriores, hasta qué extremos el que suele considerarse como primer gran teórico de la economía moderna —Adam Smith— situaba en la división del trabajo el motor y la causa principal de la prosperidad de un país. Sí me gustaría dejar constancia de que percibía semejante parcelación como necesaria y oportuna, incluso para el saber que se distingue justamente por considerar el todo en cuanto todo, es decir, la filosofía primera o metafísica. Como acabamos de ver, esta constituye para Husserl el elemento imprescindible de todo saber capaz de dar sentido a la existencia humana; por el contrario, Smith la equipara expresa y formalmente con cualquier otro tipo de conocimiento e incluso de actividad, disolviendo así, de un plumazo, distinciones sugerentes, fecundas y vigorosamente establecidas, al menos, desde Aristóteles: como, por acudir a la más célebre, la que diferencia el conocimiento teorético, el práctico (ético-político) y el técnico (artístico-artesanal o poyético)… al tiempo que los une, de manera orgánica y jerarquizada.48

Para Smith, por tanto, la especialización —con lo que supone de fraccionamiento y desmembración individuales y sociales, que él no considera como algo negativo o, simplemente, no tiene en cuenta— representa el mayor logro de los tiempos en los que escribe, la clave del progreso humano. Es la substancia misma y el gran hallazgo de “lo moderno”, lo que permanece en medio de los aparentes cambios, como procuraré mostrar en artículos sucesivos.49

No extraña, entonces, que siglos más tarde Schumpeter, otro de los grandes de la economía, aunque en ciertos ambientes considerado heterodoxo, señalara que esta se había separado de los saberes a los que hasta poco antes estaba unida, sin perjuicio para ninguno de ellos. En efecto, aludiendo a la sociología-filosofía y a su relación con la ciencia económica, sostiene su radical e irremediable separación:

Hay que tener en cuenta que a partir del siglo xvii los dos grupos de científicos se han desarrollado separadamente y que hoy mismo el sociólogo y el economista típicos saben poco —y aún se preocupan menos— de lo que hace el otro y prefieren usar una sociología primitiva el segundo y una economía primitiva el primero, ambas de cosecha propia, que aceptar los resultados profesionales del otro grupo; esta situación no ha mejorado nunca, ni se mejora hoy, por el uso del desprecio recíproco.50

A lo que añade de inmediato que semejante división no es necesariamente negativa: «No está ni mucho menos claro que una cooperación más estrecha, tan a menudo propugnada por legos que esperan grandes cosas de la “fecundación cruzada”, con convicción no turbada por la competencia profesional, fuera a ser una bendición sin sombras».51

Y arguye, de manera reveladora, que la tremenda ganancia de la especialización —incluso extremada— supera con creces cualquier perjuicio que la acompañe o derive de ella: «Desde luego que hasta el momento no habría acarreado ninguna ganancia neta, porque se habría dejado de ganar algo de la eficacia resultante de la especialización estricta o hasta estrecha».52

Si proseguimos la lectura, confirmaremos, sin embargo, lo que este breve párrafo ya sugiere: que, no obstante la grandeza de sus planteamientos, el propio Schumpeter es en parte víctima de las pérdidas y desviaciones señaladas por Husserl. Lo manifiesta, entre otros síntomas —refrendados por el conjunto del escrito—, su modo de interpretar la filosofía, que, en su opinión, nunca se habría constituido como saber universal y unitario, sino como mera «acumulación de ciencias»: un simple aglomerado más o menos informe, que «se descompuso en piezas varias cuando se impusieron las exigencias de la división del trabajo».53

¿Conclusión? Pese a las aparentes divergencias, encontramos en Schumpeter una interpretación sustancialmente acorde con la de Smith. Si no yerro, la economía se sitúa en el horizonte de un saber fragmentado y fragmentador y, por ende, parcial y abstracto, con las consecuencias negativas que esto lleva consigo, entre las que ocupa un lugar muy destacado la pérdida de unidad de la persona humana, reducida a algunas de sus dimensiones y no precisamente las superiores, con lo que resulta incapaz de mostrar los caminos que lo conducen hacia la perfección y la consecuente felicidad.54

Hipótesis que resulta confirmada por un incitante trabajo de Zamagni, cuyo párrafo más pertinente —el que manifiesta la peculiaridad del actual reduccionismo antropológicoeconómico ahora transcribo:

… lo que últimamente se encuentra en el origen del reduccionismo económico no es tanto el compromiso de comportamiento autointeresado por parte del sujeto económico ni tampoco el uso predominante, en la elaboración teórica, del paradigma de la racionalidad instrumental. Más bien, el verdadero factor limitador está en el empleo, a menudo acrítico, del individualismo axiológico, es decir, de la concepción filosófica según la cual en la base del actuar económico existiría un individuo que no tendría otras determinaciones que las —bien conocidas— del homo oeconomicus.55

3.2. Desgajados de sus principios

3.2.1. Por ausencia de buen amor

Intentemos, entonces, desde la perspectiva teorética que ahora estamos adoptando, desandar lo andado, aunque todavía sin pretensiones de ahondar hasta el núcleo último de la cuestión. En semejante contexto, resulta interesante el enfoque de Weil, por su defensa a ultranza de la unidad de lo existente en su conjunto y, más en concreto —y con mayor vigor, porque así le corresponde por su excelencia entitativa—, de la persona humana. En su búsqueda de una raíz común a toda la realidad cognoscible, la autora da un paso atrás respecto a la orientación estricta y reductivamente epistemológica, y saca a la luz un presupuesto insoslayable del auténtico saber, cuando se atiende a su ejercicio real por la persona humana; según Weil, la «adquisición de conocimientos aproxima a la verdad cuando se trata del conocimiento de lo que se ama, y solo en este caso».56

Explica a continuación, de manera tal vez no muy precisa, pero eficaz, que el auténtico conocimiento se ancla y muerde en la realidad tal como es:

Amor a la verdad es una expresión impropia. La verdad no es un objeto de amor. No es un objeto. Lo que se ama es algo que existe, que es pensado y que por ello puede ser ocasión de verdad o de error. Una verdad es siempre la verdad de algo. La verdad es el esplendor de la realidad. El objeto de amor no es la verdad, sino la realidad. Desear la verdad es desear un contacto directo con la realidad. Desear un contacto con la realidad es amarla. Solo se desea la verdad para amar en la verdad. Se desea conocer la verdad de lo que se ama. En vez de hablar de amor a la verdad vale más hablar de un espíritu de verdad en el amor.57

Avanza todavía en la misma línea del conocimiento considerado tal como realmente se ejerce, no de manera abstracta, y explica que el amor necesita perentoriamente la verdad, lo mismo que esta de él:

El amor real y puro desea siempre ante todo permanecer entero en la verdad, cualquiera que sea, incondicionalmente […]. La palabra griega que se traduce por espíritu significa literalmente aliento ígneo, aliento mezclado con fuego, y en la Antigüedad designaba la noción que la ciencia designa hoy con la palabra energía. Lo que traducimos como “espíritu de verdad” significa la energía de la verdad, la verdad como fuerza actuante. El amor puro es esta fuerza actuante, el amor que a toda costa no quiere, en ningún caso, mentira ni error.58

Y concluye, con tremenda y coherente agudeza, que, al empobrecer desmesuradamente la realidad, la ciencia moderna impide amarla y, por tanto, en una especie de pirueta autorreferencial disolutoria, se destruye también como conocimiento:

Para que este amor fuera el móvil del sabio en su agotador esfuerzo de investigación sería preciso que tuviera algo que amar. Sería necesario que la concepción que se hace del objeto de su estudio contuviera un bien. Pero lo que ocurre es lo contrario. Desde el Renacimiento —más precisamente, desde la segunda mitad del Renacimiento— la concepción misma de la ciencia consiste en el estudio de un objeto situado más allá del bien y del mal, sobre todo más allá del bien; un objeto visto sin ninguna relación con el bien y con el mal, y más especialmente sin ninguna relación con el bien. La ciencia solo estudia los hechos como tales, y las mismas matemáticas consideran las relaciones matemáticas como hechos del espíritu. Los hechos, la fuerza y la materia, aislados, considerados en sí mismos, sin relación con nada más: ahí no hay nada que un pensamiento humano pueda amar.59

Afirmaciones del todo compatibles con esta breve sentencia de Soloviev, basada en supuestos histórico-culturales muy distintos y, por eso, dotada de relevante significación: «Se puede imaginar todo lo que uno quiera, pero se puede amar solo lo vivo y lo concreto y, amándolo realmente, no nos podemos resignar a la certeza de su destrucción».60

3.2.2. Y por falta de auténtica sabiduría

Guénon, por su parte, utiliza un tono más formal y estructurado, pero de contenido complementario, por cuanto apela a un mismo principio, el poder disgregador que acompaña a las consideraciones meramente abstractas y, como consecuencia, irreales: «Al separar radicalmente las ciencias de todo principio superior con el pretexto de asegurar su independencia, la concepción moderna les quita toda significación profunda e incluso todo interés verdadero desde el punto de vista del conocimiento, llegando a un callejón sin salida, pues las encierra en un dominio irremediablemente limitado».61

El resultado es que ni siquiera en los ámbitos en que el saber parece haber triunfado se genera auténtico conocimiento: «El desarrollo que se lleva a cabo en el interior de ese ámbito no es, por otra parte, un examen profundo como algunos imaginan; es, por el contrario, completamente superficial, una dispersión en los detalles, como ya hemos señalado, un análisis tan estéril como penoso, que se puede prolongar indefinidamente sin que se avance un solo paso en la vía del verdadero conocimiento».62

Y es que, de hecho, el saber en cuanto tal no interesa; lo que realmente importa son sus aplicaciones prácticas —hoy diríamos pragmáticas—, como en su momento preconizó Descartes:

Tampoco es por sí misma, subrayémoslo, por lo que los occidentales en general cultivan la ciencia así entendida: lo que fundamentalmente les interesa no es un conocimiento, ni siquiera inferior, sino sus aplicaciones prácticas, y para convencerse de ello no hay más que ver con qué facilidad la mayor parte de nuestros contemporáneos confunden ciencia e industria, y cuán numerosos son aquellos para quienes el ingeniero representa el modelo del sabio; pero esto nos remite a otra cuestión que deberemos tratar con mayor amplitud a continuación.63

Lo mismo sostiene Schumacher, de nuevo con imagen gráfica, al hablar de la sustitución de la «ciencia para comprender» (science for understanding) por la «ciencia para manipular» (science for manipulation), acercándose de este modo al planteamiento de Gorz y al más amplio de Husserl.

Así resume la situación, en tres pasos o etapas, que en cierto modo se entreveran y realimentan recíprocamente.

a) Primero, el modelo matemático, apto para manipular las realidades, disminuye por fuerza el ámbito del conocimiento humano —de la realidad auténticamente cognoscible—, refiriéndolo en exclusiva a los estratos más bajos y antropológicamente menos relevantes de lo existente, los únicos que pueden cuantificarse.64

b) El resultado de esa mutación, que en cierto modo constituye también su causa, es que el hombre no se libera a través del conocimiento, al modo aristotélico —al descubrirse no plenamente sometido a las leyes materiales—, sino que tiende a esclavizar el mundo en su propio provecho, tal como pretendía Descartes.65

c) Por desgracia, como también han visto otros muchos autores, el proceso subyugador no puede detenerse en la esfera de lo infrahumano, sino que llegará a hacer del propio hombre —en cualquiera de sus circunstancias— objeto de manipulación. Los seres humanos más débiles acabarán transformados en material a disposición de los más fuertes, de manera prácticamente ineludible, mientras se mantenga la exclusividad de esta modalidad de saber: «En una nueva etapa, la “ciencia para manipular” tiende a avanzar, de modo casi inevitable, desde la manipulación de la naturaleza a la de la gente».66

La consecuencia última es una suerte de heterogénesis de los fines, como diría Del Noce, con una expresión ya acreditada: el hombre, que pretende someter al mundo, resulta él mismo esclavizado.

No sería difícil mostrar hasta qué punto, de hecho, entre los instrumentos principales con los que unos pocos hombres esclavizan a muchos otros es el dinero y, más en particular, el dinero “tecnológico”. Pero eso sería adelantar acontecimientos. Volvamos, pues, a la visión de conjunto.

En este sentido, se muestra paradigmática, por su anticipación profética de lo que hoy estamos viviendo, la pequeña pero sustanciosa obra de Lewis titulada The Abolition of Man. En ella nos dice, por ejemplo: «Lo que llamamos el poder del Hombre sobre la Naturaleza se revela como un poder ejercido por algunos hombres sobre otros con la Naturaleza como instrumento».67

Añade de inmediato:

A fin de comprender totalmente lo que el poder del Hombre sobre otros, significa realmente, debemos considerar en el tiempo la raza humana, desde la fecha de su aparición hasta la de su extinción. Cada generación ejercita un poder sobre sus sucesores: y cada una, en la medida en que modifica el medio ambiente que hereda y en la medida en que se rebela contra la tradición, limita y se resiste al poder de sus predecesores. Esto modifica el cuadro que, a veces, se nos presenta: una progresiva emancipación frente a la tradición y un control progresivo de los procesos naturales resultantes del continuo incremento del poder humano.68

Apostilla todavía: «La conquista de la Naturaleza, si se cumple el sueño de ciertos científicos planificadores, resultará ser el proyecto de algunos cientos de hombres sobre miles de millones de ellos».69

Y concluye: «El peldaño final se alcanza cuando mediante la eugenesia, mediante la manipulación prenatal y mediante una educación y una propaganda basadas en una perfecta psicología aplicada, el Hombre logra un completo control sobre sí mismo. La naturaleza humana será el último eslabón de la Naturaleza que capitulará ante el Hombre».70

3.3. Grave, pero silenciada

Igual que Lewis, Schumacher extrae bastantes consecuencias de lo que supuso este cambio premeditado y radical. Y algo parecido hacen Guénon y Husserl. También yo atenderé en otros escritos, para tratarlo con más hondura, a lo que ahora simplemente esbozo. De momento quisiera reiterar que todo lo anterior, expuesto adrede sin pretensiones de exactitud ni integridad, como un simple panorama a vista de pájaro, ha traído consigo —como podía preverse y, de hecho, las mentes más lúcidas habían anticipado— daños plurales y devastadores, cada vez más universales, patentes y admitidos.

Así lo deja entrever este texto, que apela a una cuestión que, por sus descomunales dimensiones y por la multiplicidad de concatenaciones que subraya, no debería dejarnos indiferentes:

Los expertos reconocen que, en los países de elevado desarrollo económico, la crisis de valores morales influye negativamente en el origen de nuevas formas de malestar mental. Eso aumenta el sentido de soledad, minando e incluso destruyendo las tradicionales formas de cohesión social, comenzando por la institución de la familia, y marginando a los enfermos, de modo especial a los mentales, considerados a menudo como un peso para la familia y para la comunidad.71

Casi al azar, agrego algunos otros síntomas señalados por el mismo autor. Si echamos una mirado en torno nuestro —viene a decir—, advertimos que el mundo «está dominado por los miedos, por las incertidumbres». Y enumera, a modo de interrogantes: «¿es un bien ser hombre, o no?, ¿es un bien vivir, o no?, ¿es realmente un bien existir?, ¿o tal vez todo es negativo?» Para concluir: «Ya he destacado que nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte».72

Idéntico panorama, centrado también en el temor, presenta Antuñez:

El miedo se ha convertido, principalmente en los países modernos y desarrollados, en un estado de ánimo dominante: miedo de lo que los hombres pueden hacerse a sí mismos y al mundo, miedo al sinsentido, al vacío de la vida humana, miedo al futuro, miedo a fenómenos publicitarios como una eventual sobrepoblación, catástrofes, guerras, y principalmente a la propia enfermedad. Miedo, en resumidas cuentas, a la dimensión imprevisible de la vida y a una esfera intangible del mundo que se hace oscura porque éste deja de verse como dependiente de un Logos que ama, y pasa a ser el resultado de un juego de azar o de las capacidades que ostente el más fuerte.73

Repito que los testimonios podrían multiplicarse sin dificultad. Pero estimo que lo visto hasta el momento basta para plantear una pregunta clave: «Si, como parece claro, desde hace tiempo atravesamos una tremenda crisis humana, fuente de profunda infelicidad, ¿por qué casi nadie —excepto algunos filósofos trasnochados— se ocupó seriamente de ella, buscándole una salida?»74

La respuesta un tanto cínica, pero me temo que realista y muy reveladora, es la que anticipé como eminentemente significativa: porque, al menos en apariencia, no dañaba el poder adquisitivo ni, por consiguiente, a la dosis de bienestar que cada uno merece. Sin embargo, se trataba de una crisis más profunda y peligrosa, mucho más alarmante y dilatada que la actual: ya que esta constituye, por decirlo así, una sola de sus fases o manifestaciones, a la que, no obstante, se ha concedido más importancia y atención que al conjunto de los restantes déficits.75

4. Causa y con-causas: alianzas mutuas

4.1. Metafísica concreta

En semejante contexto, aunque en el extremo contrario, se habla a menudo de la debacle económica actual como consecuencia directa o como efecto de la más amplia confusión y transvaloración de valores: es decir, de esa otra crisis imponente a la que no ceso de aludir. Opino que no estamos ante algo tan sencillo y precisamente es este extremo el que me gustaría subrayar y abordar en trabajos sucesivos. A saber, que la hecatombe económica no es solo consecuencia —lo que supone o implica otro modo de fragmentación o disgregación unilateral: causas por un lado, efectos por otro—, sino también parte integrante y causa del desconcierto y la confusión generales.76

Dicho de otro modo, y acudiendo a la significativa terminología de algunos de mis colegas, la ruina económica constituiría una con-causa, algo que, juntamente con otros factores, ha producido la crisis más radical en que nos encontramos. Pero no solo sería una causa o con-causa, sino también una co-consecuencia (junto con otras muchas), un co-componente (al lado de otros), un co-síntoma (igual que tantos más) y todo lo que quieran añadir o co-añadir… y co-etcétera.

Hablar en términos de simple causa y efecto, como si se tratara de un proceso lineal o de un solo sentido, es una abstracción. Y, aunque muy pocos lo crean, solo a los filósofos —más aún, a los metafísicos, al menos como yo los entiendo y como procuro vivir— nos está vedado el lujo de abstraer. De ahí que, para comprender y superar la crisis, sea necesaria una nueva metaeconomía, estrecha y forzosamente ligada a una genuina y hasta cierto punto inédita metafísica, que verse sobre lo real-concreto, tal como indica escueta y claramente —aun cuando muchos se empeñen en desconocerlo o negarlo— la más clásica y célebre descripción del tema de la filosofía primera: el ente en cuanto ente, lo que es tal y como realmente es.77

Soy consciente de que la reivindicación de la metafísica como saber profundo de lo existente singular resulta muy controvertida… si es que no se la declara, sin más, carente de sentido.78 Aduzco, por tanto, entre los muchos posibles, un testimonio suficientemente expreso y autorizado. En una conferencia pronunciada en Madrid, en 1916, explicaba Bergson:

La filosofía no es un edificio formado por abstracciones, ni debe serlo. La filosofía no es un estudio abstracto: nada es menos abstracto que la filosofía. Incluso diría que, entre todas las ciencias, es la única que verdaderamente no es abstracta. Cualquier ciencia considera un aspecto de la realidad, o sea, una abstracción… En cambio, la ciencia que estudia la realidad concreta y completa, la ciencia que se esfuerza por contemplar la realidad íntegra en su desnudez, sin velos que la cubran, esta ciencia se llama filosofía. Cualquier idea filosófica, por sutil y profunda que sea, siempre puede y debe ser expresada en la lengua que todo el mundo habla.79

Lo expongo ahora en primera persona: solo a nosotros, los metafísicos, incumbe el deber ineludible de atenernos a lo singular y concreto, de considerar siempre el todo y cada uno de sus integrantes, en sus relaciones mutuas y sin dejar de lado nada, de suerte que, al menos, vislumbremos el significado profundo de cada realidad y situación.80 Y, además, hemos de intentar expresarlo en un lenguaje medianamente comprensible para el hombre de la calle… ¡en la medida en que lo permitan nuestra inteligencia y nuestras explicaderas, así como las entendederas ajenas!

Por eso, sin apenas proponérselo, el metafísico de raza —como gustaba decir al Prof. Rodríguez Rosado— sitúa y advierte cada suceso en el conjunto global de realidades en que tiene lugar y con el que se encuentra conectado. Y por eso el hecho al que he aludido —el que solo cuando la economía se ha visto claramente afectada, hablemos y nos preocupemos de la crisis— manifiesta a las claras uno de los síntomas más significativos de una serie de graves disfunciones, que basculan en gran parte, cristalizan y se alimentan por un modo de pensar irreal y abstracto, que arroja como saldo ineludible —por las peculiares características de nuestra civilización— la primacía de lo económico desquiciado, el predominio aplastante del dinero. Pues, en realidad, con independencia más o menos palpable de lo que luego afirmemos e incluso sinceramente creamos cada uno, la carencia de dinero es lo que mueve en estos momentos a la mayoría de nuestros contemporáneos, lo que transforma la crisis en un problema punzante y recurrente para el que se buscan soluciones, lo que nos llevó hace alrededor de dos años, en el congreso ya aludido, a debatir sobre ella nada menos que en una mañana de sábado… ¡en Andalucía!

En consecuencia, solo si nos esforzamos por pensar y conocer concretamente, si estamos atentos a las alianzas que —sin determinismos, mediando siempre la libertad humana— ciertas realidades tienden poderosamente a establecer entre sí y aquellas otras de las que por naturaleza se separan, seremos capaces de descubrir y calibrar los factores que componen o des-componen nuestra civilización, lo mismo que cualquier otra.

4.2. Con una ciencia real

Más o menos, así concluía la primera parte de mi exposición oral en el Parador de Golf. Me gustaría añadir ahora las consideraciones de un clásico en la materia, que permiten hacerse una idea más rica y documentada del conjunto, aunque algunos puntos requerirían ser matizados y él mismo los matizó en trabajos posteriores.

En su Technics and Civilization, tras exponer el éxito aparejado a la implantación universal de la denominada “ciencia moderna” o “ciencia exacta”, Mumford manifiesta la ambigüedad inherente a esas conquistas o, si se prefiere denominar así, sus efectos colaterales negativos. En apretado resumen, como ya sostenía Husserl, estamos ante la pérdida de “lo humano”, en su acepción más rica y plena:

Pero con este progreso en precisión, llegó una deformación de la experiencia en conjunto. Los instrumentos de la ciencia eran inútiles en el reino de las cualidades. Lo cualitativo se redujo a lo subjetivo: lo subjetivo fue desechado como irreal, y lo no visto y no medible como inexistente. La intuición y el sentimiento no afectaban al proceso mecánico ni a las explicaciones mecánicas. Mucho pudo ser realzado por la nueva ciencia y la nueva técnica porque mucho de lo que estaba asociado con la vida y el trabajo en el pasado —arte, poesía, ritmo orgánico, fantasía— fue eliminado intencionadamente. Al crecer en importancia el mundo exterior de la percepción, el mundo interno del sentimiento se hizo cada vez más impotente.81

Algo similar a lo que llevó consigo la división del trabajo, estrechamente aparejada a la nueva ciencia, como he apuntado y todavía consideraremos:

La división del trabajo y la especialización en partes simples de una operación, que había empezado ya a caracterizar la vida económica del siglo XVII, prevalecieron en el mundo del pensamiento: eran expresiones del mismo deseo de precisión mecánica y de resultados rápidos. El campo de investigación fue progresivamente dividido, y pequeñas partes del mismo fueron objeto de intenso examen: en pequeñas cantidades, por así decirlo, la verdad podría ser perfecta. Esta restricción era un gran artificio práctico. El conocer la naturaleza completa de un objeto no le hace a uno necesariamente apto para trabajar con él; pues un conocimiento completo exige una plenitud de tiempo; además tiende finalmente a una especie de identificación que carece de la fría reserva que le capacita a uno para manejarlo y manipularlo para fines externos. Si uno desea comer un pollo, mejor será considerarlo como alimento desde el principio, sin concederle demasiada atención amistosa, o humana simpatía o incluso apreciación estética. Si se trata la vida del pollo como un fin, puede uno llegar con brahmánica escrupulosidad a conservar los piojos en sus plumas tanto como el ave. La selectividad es una operación adoptada necesariamente por el organismo para no verse abrumado por sensaciones y comprensiones que no vienen al caso. La ciencia concedió a esta selectividad inevitable un nuevo fundamento: distinguió la serie de relaciones más utilizable, masa, peso, número, movimiento.82

Expone después, con cierto detalle, las consecuencias de todo lo anterior para el estricto ámbito del conocimiento de la verdad —de la realidad, tal como es—, del que hemos partido en nuestras consideraciones:

Por desgracia, el aislamiento y la abstracción, si bien son importantes en una investigación ordenada y en una representación simbólica refinada, son igualmente condiciones en las que mueren los organismos reales, o por lo menos dejan de funcionar efectivamente. La exclusión de la experiencia en su conjunto original, además de suprimir las imágenes y rebajar los aspectos no instrumentales del pensamiento, tuvo otro resultado grave: positivamente, era una creencia en lo muerto; pues los procesos vitales escapan a menudo a la atenta observación en tanto el organismo está vivo. En resumen, la precisión y la simplicidad de la ciencia, aunque eran responsables de sus colosales logros prácticos, no eran una manera de enfocar la realidad objetiva, sino de apartarse de ella. En su deseo de conseguir resultados exactos las ciencias físicas desdeñaron la verdadera objetividad. Individualmente, un lado de la personalidad fue paralizado; colectivamente, se ignoró un lado de la experiencia. Sustituir la historia por el tiempo mecánico o de dos direcciones, el cuerpo vivo por el cadáver disecado, los hombres en grupo por unidades desmanteladas llamadas “individuos”, o en general, el conjunto inaccesible, complicado y orgánico por lo mecánicamente mensurable y reproducible, es lograr una maestría práctica limitada a expensas de la verdad y de la mayor eficiencia que depende de esta verdad.83

Y concluye, con rotunda plasticidad, apelando a lo que he denominado “economicismo” o triunfo del comercio y cuanto lleva consigo:

Confinando sus operaciones a aquellos aspectos de la realidad que tenían, por decirlo así, valor comercial, y aislando y desmembrando el cuerpo de experiencia, el físico científico creó un hábito de pensamiento favorable a distintas invenciones prácticas: al mismo tiempo era sumamente desfavorable a todas aquellas formas de arte para las que las cualidades secundarias y los receptores y motivadores del artista eran de importancia fundamental. Gracias a sus sólidos principios y a su método real de investigación, el físico científico despojó el mundo de sus objetos naturales y orgánicos y volvió la espalda a la verdadera experiencia: sustituyó el cuerpo y la sangre de la realidad por un esqueleto de abstracciones efectivas que él podía manipular con los hilos y las poleas adecuados.84

En la estela abierta por Mumford, Weizenbaum resume, tajante y muy acertadamente: «La ciencia sólo puede proceder simplificando la realidad. El primer paso, en esta simplificación, es la abstracción. Y abstracción significa dejar aparte todos aquellos datos empíricos que no se ajustan al marco conceptual específico dentro del cual actúa circunstancialmente la ciencia, lo que, en otras palabras, quiere decir que no están iluminados por la luz de la lámpara bajo la que la ciencia está buscando las llaves».85

Como el lector habrá supuesto, las últimas palabras de la cita aluden al apólogo, presente de un modo u otro en las distintas culturas, de la persona que busca un objeto extraviado en el lugar mejor iluminado, aunque no guarde relación alguna con aquel en el que sabe que lo perdió.86 Lo que ya no es tan común es la “moraleja” que Weizenbaum extrae para la ciencia. Según nuestro autor, no debe reprocharse al científico que limite su campo de indagación, puesto que para ver algo es preciso que haya luz. E incluso añade que, dentro de ese ámbito, como respuesta al empeño del que investiga, puede surgir un nuevo foco de iluminación antes inexistente. Pero pone dos condiciones a quien así actúa: a) la conciencia clara de que el campo que abarca es limitado; b) la consideración constante de que, a causa del reflector que utiliza, está dejando a oscuras otros aspectos de la realidad, que no obstante ha de saber que son reales… y que pueden ser alumbrados por fuentes de energía distintas de la suya.87

De hecho, no muchos hombres de ciencia cumplen con tales requisitos. Y ese modo de proceder influye profundamente en la conciencia de los legos en la materia, como antes ya vimos y como también explicó Huxley. En opinión de este último, desde el punto de vista pragmático, se justifica que los científicos «procedan en esa forma tan caprichosa y arbitraria; porque al concentrarse exclusivamente en los aspectos mensurables de los elementos de la experiencia que pueden ser explicados en términos de un sistema causal, han podido conquistar un dominio creciente sobre las energías de la naturaleza».88

A lo que añade de inmediato una observación fundamentalísima: «Pero el poder no es lo mismo que la visión deseable de la realidad y, como representación de esa realidad, el marco científico del mundo es inadecuado por la sencilla razón de que la ciencia ni siquiera pretende habérselas con la experiencia como conjunto, sino sólo con ciertos aspectos de ella y en ciertos contextos». 89

Y distingue:

Todo esto lo entienden claramente los hombres de ciencia dotados de espíritu más filosófico. Pero infortunadamente algunos científicos, muchos técnicos y la mayoría de los consumidores de sus invenciones carecen del tiempo y de la inclinación para examinar las bases y condiciones filosóficas de las ciencias. En consecuencia, tienden a aceptar la descripción del mundo implícita en las teorías científicas, como una explicación completa y exhaustiva de la realidad, tienden a considerar aquellos aspectos de la experiencia que los científicos, no sintiéndose competentes para ello, no toman en consideración, como algo menos real que los otros aspectos que la ciencia arbitrariamente decide abstraer de entre la infinitamente rica variedad de hechos dados. 90

4.3. Y una metafísica también concreta

Por contraste con lo expuesto en los apartados precedentes, si queremos preservar la realidad y preservarnos en su interior, puede y debe asumirse como lema de cualquier saber que se precie y aspire a ser eficaz —incluida la economía— la afirmación hegeliana de que «la verdad es el todo»:91 un todo que, en efecto, aunque por motivos distintos a los que operan en Hegel, solo puede comprenderse desde una perspectiva diacrónica, tomando en cuenta sus antecedentes.

A ese carácter globalmente humano de los “puros hechos económicos”, pese a las comunes afirmaciones en contra, se atuvo con bastante fidelidad el propio Marx.92 De ahí la certera y profunda declaración de Schumpeter, que transcribiré enseguida. Tras sostener que, para cualquier doctrina o autor, el todo es más que la suma de las partes, Schumpeter agrega: «Pero solo en el caso de Marx la pérdida que sufrimos al pasar por alto esa circunstancia es de importancia vital, porque la totalidad de su visión, en cuanto totalidad, se impone en cada detalle y es precisamente la fuente del atractivo intelectual que Marx ejerce sobre todo aquel que estudia su obra, amigo o enemigo».93

Señala de inmediato que la labor de Marx como sociólogo y economista se entremezcla con su actividad como ideólogo, político y agitador, de manera tan inextricable que «es posible formularse la cuestión de si se le puede considerar como analista», a lo que cabe responder negativamente, como de hecho ha ocurrido. Pero manifiesta su neto desacuerdo al respecto, en una serie de juicios que considero determinantes: «En cambio, mi respuesta a la cuestión es afirmativa. El fundamento de esa respuesta afirmativa se encuentra en la proposición de que el grueso de la obra de Marx es analítico por causa de su naturaleza lógica, pues consiste en la afirmación de relaciones entre hechos sociales».94

Relación, por tanto, entre hechos aparentemente diversos, pero ligados por una corriente común más o menos subterránea —un fundamento—, sin cuyo hallazgo y consideración detenida no pueden conocerse como realmente son.95 A esa misma índole global —y también concreta— de los “datos” económicos, centrándose en uno de ellos, apelaba Canetti, con la eficacia añadida de la expresión literaria y casi poética:

Una inflación es un fenómeno de masa en el sentido más propio y restringido de la palabra. El efecto perturbador que ejerce sobre la población de países enteros en ningún caso se halla limitado al momento de la inflación misma. Puede afirmarse que en nuestras civilizaciones modernas, fuera de guerras y revoluciones, no hay nada que en su envergadura sea comparable a las inflaciones. Las conmociones que provoca son de naturaleza tan profunda que se prefiere ocultarlas y olvidarlas.96

Conmociones profundas que conviene sacar a la luz y que manifestarán la relación entre los hechos aparentemente solo económicos y la imagen que el hombre tiene de sí mismo y en torno a la cual gira su entera cosmovisión: «Puede designarse la inflación como un aquelarre de la devaluación [als einen Hexensabbat der Entwertung], en que hombres y unidad monetaria confluyen de la manera más extraña. Uno está en lugar de lo otro, el hombre se siente tan mal como el dinero que se pone cada vez más malo; y todos juntos se hallan entregados a este mal dinero y también juntos se sienten igualmente sin valor».97

Pese al sentido restrictivo que hoy se le quiere dar y con el que frecuentemente resulta considerada, la economía es de hecho mucho más que economía… de nuevo tal como se entiende en la actualidad: «En la inflación, pues, se produce algo que de hecho nunca se buscó, algo tan peligroso que todo aquel que posea cualquier forma de responsabilidad pública y pudiese preverlo debería retroceder con espanto ante ello».98

La real complejidad de un fenómeno en apariencia solo monetario —la inflación— es subrayada también, con formulaciones más técnicas pero de igual o mayor alcance, por Ferguson: «La mera teoría monetaria no puede explicar por qué en un determinado país el proceso inflacionario va mucho más allá o avanza más rápido que en otro. Ni tampoco puede explicar por qué las consecuencias de la inflación varían tanto de un caso a otro».99

Poco más adelante, sentencia: «Como decía Milton Friedman, la inflación es un fenómeno monetario. Pero la hiperinflación es siempre y en todas partes un fenómeno político, en el sentido de que no puede producirse sin una disfunción fundamental de la economía política de un país».100

Y algunas páginas después, Ferguson recuerda un caso paradigmático:

Para entender el declive económico de Argentina hace falta, una vez más, ser conscientes de que la inflación es un fenómeno político tanto como monetario. […] Lo que hizo imposible controlar la inflación argentina no fue la guerra, sino una constelación de fuerzas sociales: la oligarquía, los caudillos militares, los grupos de presión de los productores y los sindicatos, sin olvidar a la empobrecida clase marginada de los “descamisados”. Por decirlo de manera sencilla, no hubo ningún grupo significativo al que le interesara la estabilidad de los precios. Quienes poseían el capital se sentían atraídos por el déficit y la devaluación; quienes vendían su trabajo estaban acostumbrados a la espiral de salarios y precios. El paso gradual de financiar los déficits del Estado en el ámbito nacional a financiarlos en el ámbito extranjero se tradujo en una externalización de los bonos en cartera. Sobre este telón de fondo hay que entender el fracaso de los sucesivos planes para estabilizar la moneda argentina.101

Nos topamos de nuevo —no podía ser de otro modo— con la realidad concreta, plural y polimorfa, la única existente. Mientras tanto, como he sugerido y todos pueden comprobar, la economía camina en dirección opuesta: hacia la abstracción manipulable, plena y serenamente “científica”, pero irreal. Por poner un solo ejemplo, en su pretensión de predecir el futuro —para “asegurar” su carácter de ciencia—, se ha ido alejando más y más de la vida vivida y de la riqueza multiforme de la condición humana, decantándose con progresión exponencialmente acelerada hacia análisis matemáticos tan superespecializados que resultan ininteligibles para los propios responsables de las grandes empresas, que quedan, de ese modo, en manos de los analistas, obligados a tomar decisiones cuyo alcance real desconocen, al menos por sí mismos.102

Una anécdota significativa, entre las muchas existentes y de las que ha quedado testimonio escrito. En noviembre de 2007, «Gary Crittenden, director financiero de Citigroup, contó a los analistas que él no sabía cómo evaluar los complejos nuevos instrumentos financieros que estaban en el corazón de los problemas de Citi».103

Todavía más reveladora y autorizada, por sus fundadas pretensiones de universalidad, es la afirmación tajante de Zamagni, referida de manera expresa y formal a la economía de los últimos siglos: «Si se observa detenidamente, la raíz del actual malestar de nuestra civilización […] está en el hecho de que durante demasiado tiempo hemos sido educados en un pensamiento que fragmenta el todo para estudiar sus partes; en un pensamiento que es disyuntivo, que ve falsas dicotomías por todas partes».104

Atendiendo a ese contraste de base, como resumen de lo visto hasta ahora, me atrevería ya a afirmar un principio clave, que enuncio de momento como simple hipótesis, en espera de ulteriores trabajos que la confirmen o desmientan: cualquier factor que, en el conocimiento y en la vida, propicie o provoque la separación de lo que en realidad se encuentra unido —que transforme un simple elemento o componente en algo absoluto, ab-suelto, desligado—, puede considerarse a priori como caldo de cultivo, como detonante virtual o como alimento y abono de una situación de crisis.

Y ese es el trasfondo teorético-vital del impasse en que nos hallamos.

5. Recuperar la unidad perdida

Desde tal punto de vista, cabe sostener que el inicio “histórico” de la crisis económica —del que, ciertamente, pueden rastrearse causas más hondas y fundamentales, como el “olvido del ser” antes aludido y la desmembración de lo real a él aparejada— se sitúa en la primera parcelación formal y estricta de la tierra, que llevó consigo, inevitablemente, una transformación en la manera de percibir la propiedad privada, la relación entre el hombre y el resto de la naturaleza, la índole del trabajo, la del comercio y lo “comercializable” y un largo etcétera, que atraerá de nuevo nuestra atención en otros escritos.

Así lo explica Rifkin, aportando datos que están a la vista de todos y, lo que resulta más interesante, estableciendo un nexo entre esa primera y ya lejana fragmentación del terreno —llevada a cabo con fines económicos— y las últimas expresiones de lo humano, parceladas y empaquetadas también con vistas a su comercialización: las experiencias vitales, la propia vida vivida, sobre la que también me detendré más adelante, por su enorme significación para nuestro problema.105

Desde una perspectiva complementaria y teoréticamente más fundada, Rossi llega a la misma conclusión, que es también la de este primer artículo. Ya en el 2002 mostraba su extrañeza ante el hecho de que los déficits de la economía occidental —que, al igual que yo, considera estructurales o íntimamente constitutivos del sistema— se atribuyeran no obstante a meros errores humanos de ejecución.106 Y, tras analizar con detenimiento los factores que han conducido hasta la ruina actual, señalaba decididamente, como su causa más profunda, el proceso de fragmentación que se inició hace varios siglos: una separación deliberada y sistemática, a la que Occidente «confió su desarrollo»107 y que, de forma paulatina pero implacable —partiendo al menos de Maquiavelo y Galileo y, en el ámbito económico, de Smith—, «ha destruido la unidad del saber, la de las ciencias y la de la propia sociedad civil y política».108

Después, con un recurso a Luhmann, recuerda que la civilización actual no es sino una amalgama de elementos internamente despedazados. Añade que semejante fractura se impone muy especialmente y encuentra su expresión paradigmática en los dominios de las finanzas, en los que, en virtud de la “despersonalización” de las relaciones que se establecen, cualquier juicio moral deviene irrelevante.109 Y concluye que solo existe un modo de poner remedio a tanto desatino: «el retorno a la originaria unidad del saber».110

Volviendo, pues, al planteamiento de conjunto, y para concluir estas reflexiones introductorias y programáticas, estimo certerísimas las palabras pronunciadas por Soloviev en 1878, en la primera conferencia de un ciclo que tuvo lugar en el gran auditorio del Museo de Artes Aplicadas de Moscú:

Detenerse a examinar la falta —intelectual y moral— de armonía y principios que impera en nuestro tiempo —no solo en la sociedad, sino también en la cabeza y el corazón de cada hombre concreto—, resultaría superfluo: es un asunto sobradamente conocido para cualquiera que alguna vez se haya dedicado a mirar dentro de sí y en torno a sí.

Esta ausencia de principio, esta falta de armonía, es un hecho indubitable, evidente. Pero también es un hecho indubitable y evidente que la humanidad no puede quedarse en esto, que está llamada a buscar un principio unitario y vinculante.111

Solo ese fundamento, capaz de explicar la conexión entre las realidades que de hecho se encuentran ligadas y reclaman mutuamente su unión, propicia un saber concreto y una existencia armónica, con los que será posible superar la crisis.

Mientras no lo busquemos y lo encontremos, podremos tal vez “parchear” la situación y seguir hacia adelante como si nada ocurriera, pero a costa de empeorarla realmente y preparar consecuencias todavía más graves, nefastas y duraderas.

 Notas del autor

1 Se trata de la Jornada de Estudio: Economía y empresa hoy: Reflexiones en torno a la crisis, organizada por la Fundación Cultura y Sociedad, que tuvo lugar en el Parador de Golf de Málaga el 6 de junio de 2009.

2 La enumeración de filósofos y, en general, de pensadores y ensayistas que han llamado la atención sobre este estado, al menos desde finales del siglo XIX y principios del XX, sería casi interminable. Entre ellos no podríamos olvidar a Husserl, que lo analizó profusamente en la última etapa de su vida y al que aludiré de inmediato (cf., por ejemplo, Die Krisis der europäischen Wissenschaften und die transzendentale Phänomenologie. Husserliana VI, La Haya: M. Nijhoff, 1962, Beilage XX. Traducción castellana: La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Barcelona: Crítica, 1991); ni tampoco a Heidegger, cuya obra tal vez más honda y definitiva en este sentido, y no solo en este, sea el Nietzsche. Stuttgart: Günther Neske Verlag, 1961. Traducción castellana: Nietzsche. Barcelona: Ediciones Destino, 1ª ed., 1ª reimp., 2005. En un ámbito cultural bastante diverso, nos encontramos con el primer estudio de Soloviev: Krizis zapadnoj filosofii: protiv pozitivistov (La crisis de la filosofía occidental: contra los positivistas), de 1974, con afirmaciones similares a las de Husserl. Muy centrado en el tema, aunque tal vez en tono menor, es el largo escrito de Spengler, Oswald: Der Untergang des Abendlandes. C. H. Beeck’schen Verlagsbuchhandlung, 1917, 1922. Traducción castellana: La decadencia de occidente. Madrid: Espasa-Calpe, 1984, en 2 vol., significativamente prologados por Ortega y Gasset. Y también, con una orientación muy diversa y un fondo discutible, la síntesis de Guénon, René : La crise du monde moderne. Paris : Gallimard, 1946. Traducción castellana: La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós Ibérica, 2001, al que asimismo volveré a referirme. O, en un contexto análogo, Fersen, Mikhail: El fracaso de Occidente. México: Ed. Ius, 1968. Desde una perspectiva distinta y más actual, cf. Comellas, José Luis: El último cambio de siglo: Gloria y crisis de Occidente. 1870-1914. Barcelona: Ariel, 2000. Y, por fin, porque los considero estimulantes, Gorz, André : Métamorphoses du travail. Quête du sens : Critique de la raison économique. Mayenne : Galilée, 1988. Traducción castellana: Metamorfosis del trabajo: Búsqueda del sentido: Crítica de la razón económica. Madrid: Sistema, 1995; y Rifkin, Jeremy: The end of work: The decline of the global force and the dawn of the post-market era. New York: Putnam Berkley Group, Inc., 1994. Traducción castellana: El fin del trabajo: Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era. Barcelona: Paidós, 1996; Idem: The Age of Access: How the Shift from Ownership to Access is Transforming Modern Life. New York – London – Toronto: Penguin Books, 2000. Traducción castellana: La era del acceso: La revolución de la nueva economía. Barcelona: Paidós, 2000.

3 Morris, Charles R.: The Two Trillion Dollar Meltdown: Easy Money, High Rollers and the Great Credit Crash. New York: Public Affairs, 2008, p. xvi. Traducción castellana: El gran crac del crédito: El dinero fácil, las estrellas de las finanzas y los productos tóxicos. Barcelona: Valors Editions de España, 2009, pp. 16-17.

4 “Yet as of this writing, the sickening stock market down-drafts continue, and credit markets remain semicatatonic. The gut-freezing comprehension is finally taking hold that this is not really, at the end of the day, just a banking phenomenon. America’s problems, and therefore the world’s, go much deeper than that”. Morris, Charles R.: The Two Trillion Dollar Meltdown…, cit., p. xv; tr. cast., p. 16.

5 “The sad reality is that there is no easy way out. For about a decade now, we have had a false prosperity based on a huge water-wheel of money, fueling a debt-financed, import-driven consumer binge. Personal savings rates have dropped to zero, and the world is flooded with dollars. The new dollar-lakes from the Paulson/Bernanke rescue efforts just put us deeper underwater”. Morris, Charles R.: The Two Trillion Dollar Meltdown…, cit., p. xx; tr. cast., p. 20.

6“At this writing, it is more than two years since the beginning of a recession that turned into a depression in the fall of 2008, following the financial crisis in mid-September of that year. The financial circuits had become overloaded; the banking industry collapsed like the light bulb, shattered by an electrical overload, on the cover of this book. The first really frightening and dangerous economic crisis since the Great Depression of the 1930s, this depression already has had profound economic, political, institutional, and intellectual consequences, and the consequences may continue to be felt for many years to come. I am emphatic in regarding the economic downturn as a ‘depression.’ The issue is more than semantic, but to explain why would take up too much space here”. Posner, Richard A.: The Crisis of Capitalist Democracy. Cambridge, Massachusetts and London: Harvard University Press, 2010, p. 1. El autor dedica todo el capítulo 6 a mostrar que se trata de una depresión.

7Posner, Richard A.: A Failure of Capitalism: The Crisis of ’08 and the Descent into Depression. Cambridge, Massachusetts and London: Harvard University Press, 2009. También este primer ensayo comienza señalando que estamos ante una depresión, en su más estricto sentido: “The world’s banking system collapsed last fall, was placed on life support at a cost of some trillions of dollars, and remains comatose. We may be too close to the event to grasp its enormity. A vocabulary rich only in euphemisms calls what has happened to the economy a ‘recession.’ We are well beyond that. We are in the midst of the biggest economic crisis since the Great Depression of the 1930s. It began as a recession—that is true—in December 2007, though it was not so gentle a downturn that it should have taken almost a year for economists to agree that a recession had begun then. (Economists have become a lagging indicator of our economic troubles)”. O. c., p. vii.

8 Posner, Richard A.: The Crisis of Capitalist Democracy, cit.

9 Rossi, Guido: “Prefazione” a Posner, Richard A.: La crisi della democrazia capitalista. Milano: EGEA S.p.A., 2010, p. VII.

10 Reinhart, Carmen M.; Rogoff, Kenneth S.: This Time is Different, cit., p. 208.

11 Gorz, André : Métamorphoses du travail…, cit., pp. 19-20; tr. cast., p. 22.

12 Rifkin, Jeremy: The end of work…, cit., p. 88; tr. cast., p. 117.

13 Guénon, René : La crise…, cit., pp. 12-13 ; tr. cast., p. 8.

14 Weil, Simone : L’enracinement. Paris : Gallimard, 1949, pp. 376-377. Traducción castellana: Echar raíces. Madrid: Trotta, 1996, p. 230. Me temo que el diagnóstico de Weil no sería realmente compartido por «todo el mundo».

15 Spaemann, Robert: Das Natürliche und das Vernünftige: Aufsätze zur Anthropologie. München: R. Piper GmbH & Co. KG, 1987, S. 101. Traducción castellana: Lo natural y lo racional. Madrid: Rialp, 1989, pp. 117-118.

16 Ratzinger, Joseph: Mitarbeiter der Wahrheit: Gedanken für jeden Tag. Würzburg: Verlag Johann Wilhelm Naumann, 1990 (1. Aufl., 1979), S. 332-333. Traducción castellana: Cooperadores de la verdad: Reflexiones para cada día del año. Madrid: Rialp, 1991, pp. 393-394.

17 Me permito remitir a dos textos de muy desigual hondura y dificultad.

Por un lado, en un ámbito filosófico estricto, Melendo, Tomás: Entre moderno y postmoderno: Introducción a la metafísica del ser. Pamplona: Cuadernos de Anuario filosófico, núm. 42, Facultad de Filosofía, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1997.

En el extremo contrario, como tarea más bien divulgativa y asequible, cf. Melendo, Tomás: “Soluciones para una cultura en crisis”, en Arbil, núm. 111, http://www.arbil.org/111solu.htm (22 de mayo de 2010).

18 También aquí la lista sería interminable, e incluiría desde autores del todo consagrados, como Nietzsche, Kierkegaard, Hegel, Heidegger o Lukács, hasta otros que han retomado el asunto de manera más directa y formal.

19 Es frecuente asimismo, sobre todo en contextos de tipo laboral, técnico o económico, situar como cabeza de serie a Bacon, aunque de ordinario, como en el caso de Descartes, refiriéndose más a la “cristalización” privilegiada de un sentir común que a una acción propiamente personal de tipo eficiente. Así, Mumford: “The change in attitude toward nature manifested itself in solitary figures long before it became common. Roger Bacon’s experimental precepts and his special researches in optics have long been commonplace knowledge; indeed, like the scientific vision of his Elizabethan namesake they have been somewhat overrated: their significance lies in the fact that they represented a general trend”. Mumford, Lewis: Technics and Civilization. Chicago & London: The University of Chicago Press, 19th ed., 2010 [1st ed., 1934; renewed 1962], p. 30. Traducción castellana: Técnica y civilización. Madrid: Alianza Editorial, 1971, p. 46.

20 Guénon, René : La crise…, cit., pp. 13-14; tr. cast., p. 9.

21 Heidegger, Martin: Die Zeit des Weltbildes; in Holzwege. Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann, 1984, S. 92. Traducción castellana: La época de la imagen del mundo; en Caminos de bosque. Madrid: Alianza editorial, 5ª reimpr., 2008, p. 81.

22 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 14; tr. cast., p. 15. Por razones prácticas, he transcrito en uno solo lo que en el original eran dos párrafos consecutivos.

23 Ratzinger, Joseph: Im Anfang schuf Gott: Vier Münchener Fastenpredigten über Schöpfung und Fall: Konsequenzen des Schöpfungsglaubens. Einsiedeln. Freiburg i. Br.: Johannes Verlag, Zweite Auflage, 2005, S. 81. Traducción castellana: En el principio creó Dios. Valencia: Edicep, 2ª ed., 2008, pp. 102-103. Las cursivas son mías.

24 En efecto, pone en juego a la persona humana en la relación, para ella constitutiva, con la realidad en que se encuentra inmersa y a la que en cierto modo trasciende. En semejante sentido, estimo que la determinación más radical de la crisis que puede realizar la filosofía es la que apela, tras las huellas de Heidegger, al “olvido del ser”. Me permito remitir, para ahondar en este extremo, a Melendo, Tomás: Entre moderno y postmoderno, ya citado.

25 «I. Die Krisis der Wissenschaften als Ausdruck der radikalen Lebenskrisis des europäischen Menschentums». Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 1; tr. cast., p. 3.

26 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 3; tr. cast., p. 5. Las cursivas son de Husserl.

27 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 4; tr. cast., pp. 5-6.

28 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 4; tr. cast., p. 6.

29 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 5; tr. cast., pp. 6-7.

30 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 7-8; tr. cast., p. 9.

31 «Der Positivismus enthauptet sozusagen die Philosophie». Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 7-8; tr. cast., p. 8.

32 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 8-9; tr. cast., pp. 9-10.

33 Husserl, Edmund: Die Krisis…, cit., S. 9; tr. cast., p. 10. Por la relevancia que presenta para el despliegue de nuestro estudio, conviene recordar que la economía es casi universalmente considerada como ciencia positiva o experimental y, en bastantes casos, como ciencia “exacta”, siempre que se lleve a cabo con la pericia y el cuidado pertinentes: en función de lo que estamos viendo, no habría, pues, ningún motivo serio para dudar de ella; y, de hecho, solo unos cuantos excéntricos —entre los economistas y en el conjunto de los autores— se atreven a cuestionar seriamente, sin paliativos ni componendas, sus resultados.

34 Weizenbaum, Joseph: Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation. New York: W. H. Freeman and Company, 1976, p. x. Traducción castellana: Madrid: Pirámide, 1978, p. 10.

35 Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 13; tr. cast., p. 22.

36 Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 13; tr. cast., p. 22.

37 Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 16; tr. cast., p. 24.

38 Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 16; tr. cast., p. 24.

39 “People viewed the arts, especially literature, as sources of intellectual nourishment and understanding, but today the arts are perceived largely as entertainments.” Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 16; tr. cast., p. 24.

40 “The ancient Greek and Oriental theaters, the Shakespearian cage, the stages peopled by the Ibsens and Chekhovs nearer to our day—these were schools. The curricula they taught were vehicles for understanding the societies they represented. Today, although an occasional Arthur Miller or Edward Albee survives and is permitted to teach on the New York or London stage, the people hunger only for what is represented to them to be scientifically validated knowledge. They seek to satiate themselves at such scientific cafeterias as Psychology Today, or on popularized versions of the works of Masters and Johnson, or on scientology as revealed by L. Ron Hubbard.” Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 16; tr. cast., p. 24.

41 Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 16; tr. cast., p. 24.

42 Schumacher, Ernst Fritz: A Guide for the Perplexed. London: The Estate of the late Dr. E. F. Schumacher: Abacus, 1992, (1st ed. 1977), p. 9. Traducción castellana: Guía para los perplejos. Madrid: Debate, 1981, pp. 11-12.

43 Schumacher, Ernst Fritz: A Guide…, cit., p. 9; tr. cast., pp. 11-12.

44 «La division du travail a permis, grâce à la spécialisation des tâches, la mise en œuvre, à l’échelle de la société, de quantités immenses de savoir. La rapidité des évolutions techniques, la puissance de l’appareil productif et la richesse des sociétés industrialisées ont là leur source». Gorz, André : Métamorphoses du travail…, cit., p. 117 ; tr. cast., p. 123.

45 «Mais de la masse croissante des savoirs mis en œuvre, les individus ne maîtrisent chacun qu’une infime parcelle. La culture du travail, éclatée en mille morceaux de savoir spécialisé, est ainsi coupée de la culture du quotidien». Gorz, André : Métamorphoses du travail…, cit., p. 117 ; tr. cast., p. 123.

46 «Les savoirs professionnels ne fournissent ni les repères ni les critères qui permettraient aux individus de donner sens au monde, d’en orienter le cours, de s’orienter en lui. Décentrés d’eux-mêmes par le caractère unidimensionnel de leurs tâches et de leurs savoirs, violentés dans leur existence corporelle, ils ont à vivre dans un milieu en voie de dislocation et de fragmentation continuelles, livré à l’agression mégatechnologique. Ce monde impossible à unifier par l’expérience vécue n’est plus du monde vécu que la douloureuse absence». Gorz, André : Métamorphoses du travail…, cit., p. 117 ; tr. cast., pp. 123-124.

47 Gorz, André : Métamorphoses du travail…, cit., p. 117 ; tr. cast., p. 124.

48 “In the progress of society, philosophy or speculation becomes, like every other employment, the principal or sole trade and occupation of a particular class of citizens. Like every other employment too, it is subdivided into a great number of different branches, each of which affords occupation to a peculiar tribe or class of philosophers; and this subdivision of employment in philosophy, as well as in every other business, improves dexterity, and saves time. Each individual becomes more expert in his own peculiar branch, more work is done upon the whole, and the quantity of science is considerably increased by it”. Smith, Adam: An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Indianapolis – Cambridge: Hackett Publishing Company, 1993, p. 8. Traducción castellana: La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza editorial, 3ª ed., 2011, pp. 40-41. Las cursivas son mías.

49 Al respecto, Engels marca con vigor algo que hoy es una adquisición pacífica. A saber, «la distinción entre dos grandes períodos, esencialmente diferentes, de la historia económica: el período de la manufactura propiamente dicha, basado en la división del trabajo manual, y el de la industria moderna, basado en la maquinaria». Engels, Friedrich: Prólogo a la edición inglesa de Marx, Karl: Das Kapital. Traducción castellana: El Capital. Madrid: Alianza Editorial, 2007 (1ª ed., 1976), libro I, tomo I, p. 41. Veremos que una división similar puede y debe establecerse entre el maquinismo puramente técnico y el tecnológico o, con matices, entre la técnica y la técnica moderna, tal como las concibe Heidegger.

50Schumpeter, Joseph A.: History of Economic Analysis. Oxford: Oxford University Press, 1954, pp. 26-27. Traducción castellana: Historia del análisis económico. Barcelona: Ariel, 2ª ed., 1982 (1ª, 1971), pp. 62-63.

51Schumpeter, Joseph A.: History…, cit., p. 27; tr. cast., p. 63.

52Schumpeter, Joseph A.: History…, cit., p. 27; tr. cast., 63.

53 Schumpeter, Joseph A.: History…, cit., p. 29; tr. cast., 65.

54 “Schumpeter’s economics provides a fascinating insight into the process by which the social science disciplines became separated in the early twentieth century — arguably to the detriment of both”. Ingham, Geoffrey: Capitalism. Cambridge – Malden: Polity Press, 2008 and 2011, p. 2. Traducción castellana: Capitalismo. Madrid: Alianza editorial, 2010, p. 10.

55 Zamagni, Stefano: Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico: La perspectiva de la economía civil. Madrid: Unión editorial, 2006, pp. 8-9. Una descripción bastante adecuada del Homo oeconomicus la encontramos en el apartado 7 del capítulo 4 de Technics & Civilization, de Mumford, denominado significativamente “La degradación del trabajador”, que alcanza igualmente a los capitalistas, dadores de trabajo. Casi al final del parágrafo, se lee: “For a new type of personality had emerged, a walking abstraction: the Economic Man. Living men imitated this penny-in-the-slot automaton, this creature of bare rationalism. These new economic men sacrificed their digestion, the interests of parenthood, their sexual life, their health, most of the normal pleasures and delights of civilized existence to the untrammeled pursuit of power and money. Nothing retarded them; nothing diverted them… except finally the realization that they had more money than they could use, and more power than they could intelligently exercise.” Mumford, Lewis: Technics and Civilization, cit., p. 177; tr. cast., p. 196.

56 Weil, Simone : L’enracinement, cit., p. 319; tr. cast., p. 196.

57 Weil, Simone : L’enracinement, cit., p. 319 ; tr. cast., p. 196.

58 Weil, Simone : L’enracinement, cit., p. 319-320 ; tr. cast., p. 196.

59 Weil, Simone : L’enracinement, cit., p. 320 ; tr. cast., pp. 196-197.

60 Soloviev, Vladímir: Smysl lubvi, 1892-1894. Traducción castellana: El significado del amor. Burgos: Monte Carmelo, 2009, p. 78.

61 Guénon, René : La crise…, cit., p. 85; tr. cast., p. 59.

62 Guénon, René : La crise…, cit., p. 85; tr. cast., p. 59.

63 Guénon, René : La crise…, cit., pp. 85-86; tr. cast., pp. 59-60.

64 “It is obvious that a mathematical model of the world — which is what Descartes was dreaming about — can deal only with factors that can be expressed as interrelated quantities. It is equally obvious that (while pure quantity is not possible in manifestation) the quantitative factor is of preponderant weight only at the lowest Level of Being. As we move up the Chain of Being, the importance of quantity recedes while that of quality gains, and the price of mathematical model-building is the loss of the qualitative factor, the very thing that matters most “. Schumacher, Ernst Fritz: A Guide…, cit., p. 65; tr. cast., pp. 81-82.

65 “The change of Western man’s interest from ‘the slenderest knowledge that may be obtained of the highest things’ (Thomas Aquinas) to mathematically precise knowledge of the lesser things — ‘there being nothing in the world the knowledge of which would be more desirable or more useful’ (Christian Huygens, 1629-95) — marks a change from what we may call ‘science for understanding’ to ‘science for manipulation’. The purpose of the former was the enlightenment of the person and his ‘liberation’; the purpose of the [66] latter is power: ‘Knowledge itself is power’ said Francis. Bacon (1561-1626), and Descartes promised men to become ‘masters and possessors of nature’. In its further development, ‘science for manipulation’ almost inevitably tends to advance from the manipulation of nature to that of people“. Schumacher, Ernst Fritz: A Guide…, cit., pp. 65-66; tr. cast., p. 82. He retocado levemente la traducción al castellano.

66 Schumacher, Ernst Fritz: A Guide…, cit., p. 66; tr. cast., p. 82.

También ahora cabe tener en cuenta hasta qué extremo esta matematización, y las secuelas que lleva consigo, se manifestarán e influirán en una ciencia —la economía— que casi por naturaleza se considera un saber matemático o matematizado.

67 Lewis, Clive Staples: The Abolition of Man. New York: Harper Collins Paperback, 2001 (1st ed., 1944), p. 55. Traducción castellana: La abolición del hombre. Madrid: Encuentro, 1970, p. 57.

68 Lewis, Clive Staples: The Abolition…, cit., p. 56; tr. cast., p. 58.

69 Lewis, Clive Staples: The Abolition…, cit., p. 58; tr. cast., p. 59.

70 Lewis, Clive Staples: The Abolition…, cit., p. 59; tr. cast., p. 60.

71 Benedicto XVI: Enseñanzas de Benedicto XVI (1 / 2005). Madrid: Edibesa, 2006, p. 201.

72 Benedicto XVI: Enseñanzas…, cit., pp. 46-47.

73 Antúnez Aldunate, Jaime: Crónicas de las ideas: En busca del rumbo perdido. Madrid: Encuentro, 2001, p. 12.

74 De nuevo por pura honradez, estimo imprescindible resaltar ese casi, puesto que, lógicamente, ha habido estudiosos que han señalado la inmediatez de una posible crisis y los medios necesarios para evitarla. El propio Rifkin, al que ya me he referido y sobre el que volveré, lo ha hecho con eficacia. Solo en el libro citado se encuentran múltiples advertencias al respecto: cf., entre otras, pp. 19-20, 29, 34-35- 56-57, 64-65, 81, 136, 158-159, 174, 198, 202, 218, 246-247… de la versión castellana.

Pero, en general, como documenta Ingham, “some observers had warned that the financial system was incubating a serious crisis; but they were not part of the power elite of investment bankers, treasury officials and orthodox economists with their belief in the self-correcting market mechanism”. Ingham, Geoffrey: Capitalism, cit., p. 253; tr. cast., p. 299. En el mismo sentido se pronuncian, entre muchos otros, Posner, Richard A.: The Crisis…, cit., p. 29; o Reinhart, Carmen M.; Rogoff, Kenneth S.: This Time is Different…, cit., p. 208.

75 De ahí que en los artículos a los que este sirve de introducción me detendré a analizar la esencia y propiedades del dinero.

76Es la tesis central del trabajo de Gorz varias veces mencionado, que se remonta a su vez, entre otros, a Habermas y a la escuela de Frankfurt. Sobre todo ello volveré, sin prisas. De momento, me limito a apuntar, con Bruckner: «On le sait, la prépondérance nouvelle des marchés financiers, la révolution technologique, le passage d’un capitalisme managérial à un capitalisme patrimonial où les actionnaires font la loi au détriment des salariés, expliquent en grande partie la situation. D’où la stagnation des revenus du travail, la déconnexion entre la croissance et le rythme des valeurs boursières, le grippage de la mobilité sociale, la fin du contrat noué après 1945 et qui assurait à chacun la garantie de l’emploi autant que la protection de la puissance publique». Bruckner, Pascal : Misère de la prospérité : La religion marchande et ses ennemis. Paris : Éditions Grasset & Fasquelle, 2002, p. 24. Traducción castellana: Miseria de la prosperidad: La religión del mercado y sus enemigos. Barcelona: Tusquets, 2003, p. 25.

77 A este respecto, me animo a sugerir la lectura de Melendo, Tomás: Metafísica de lo concreto. Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias, 2ª ed., 2009.

78 Además de Aristóteles, con connotaciones ciertamente muy distintas, pero intuyendo el núcleo de la cuestión, también Hegel preconiza este tipo de saber cuando defiende el “universal concreto”.

79 Citado por Artigas, Mariano: Ciencia y fe: nuevas perspectivas. Pamplona: Eunsa, 1992, p. 134.

80 Artigas, tras la cita de Bergson antes transcrita, subraya: «Estas ideas son importantes. En efecto, las ciencias “particulares” tales como la física, la biología, la sociología o la historia, estudian la realidad bajo puntos de vista propios; por ejemplo, el físico estudia lo que puede abarcarse utilizando conceptos tales como masa, energía, campos de fuerzas, y otros semejantes, y lo que no pueda ser tratado mediante esos conceptos, no puede ser objeto de la física. Algo semejante ocurre en cualquier ciencia. En cambio, la auténtica filosofía se pregunta por la realidad tal como es en sí misma, y no puede permitirse el lujo de dejar fuera aspectos que son reales». Artigas, Mariano: Ciencia y fe…, cit., p. 134.

81 Mumford, Lewis: Technics and Civilization, cit., p. 49; tr. cast., p. 64.

82 Mumford, Lewis: Technics and Civilization, cit., pp. 49-50; tr. cast., pp. 64-65.

83 Mumford, Lewis: Technics and Civilization, cit., pp. 50-51; tr. cast., p. 65.

84 Mumford, Lewis: Technics and Civilization, cit., p. 51; tr. cast., p. 65.

85 Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 127; tr. cast., p. 111.

86 “There is a well-known joke that may help clarify the point. One dark night a policeman comes upon a drunk. The man is on his knees, obviously searching for something under a lamppost. He tells the officer that he is looking for his keys, which he says he lost ‘over there,’ pointing out into the darkness. The policeman asks him ‘Why, if you lost the keys over there, are you looking for them under the streetlight?’ The drunk answers, ‘Because the light is so much better here.’” Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 127; tr. cast., p. 111.

87 “That is the way science proceeds too. It is important to recognize this fact, irrelevant and useless to blame science for it. Indeed, what is sought can be found only where there is illumination. Sometimes one even finds a new source of light in the circle within which one is searching. Two things matter: the size of the circle of light that is the universe of one’s inquiry, and the spirit of one’s inquiry. The latter must include an acute awareness that there is an outer darkness, and that there are sources of illumination of which one as yet knows very little.” Weizenbaum, Joseph: Computer Power…, cit., p. 127; tr. cast., pp. 111-112.

88 Huxley, Aldous: Science, Liberty and Peace. London: Chatto & Windus, 1947, p. 28; tr. cast.: Ciencia, libertad y paz. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2ª ed., 1952 (1ª ed., 1947), p. 51.

89 Huxley, Aldous: Science…, cit., pp. 28-29; tr. cast., pp. 51-52. He retocado levemente la traducción.

90 Huxley, Aldous: Science…, cit., p. 29, tr. cast., p. 52.

91 «Das Wahre ist das Ganze». Hegel, Georg Wilhelm Friedrich: Phänomenologie des Geistes, hrsg. J. Hoffmeister, Hamburg, 1952, S. 21.

92 Me estoy refiriendo exclusivamente al intento de considerar cada realidad en el conjunto del que forma parte. Por el contrario, nadie negaría las muchas abstracciones a las que recurre expresa y formalmente Marx: por ejemplo, en su célebre inferencia del valor, de su modalidad fenoménica y del dinero.

93 Schumpeter, Joseph A., History…, cit., p. 384; tr. cast., pp. 438-439.

94 Schumpeter, Joseph A., Historia…, cit., p. 385; tr. cast., p. 439. Como se sabe, el propio Marx hace alarde del realismo de sus análisis económicos. Por ejemplo, en el epílogo a la segunda edición alemana de El Capital leemos: «El señor Block —Les Théoriciens du Socialisme en Allemagne. Extracto del Journal des Économistes, julio-agosto de 1872— descubre que mi método es analítico y dice, entre otras cosas: “Par cet ouvrage M. Marx se classe parmi les esprits analytiques les plus éminents“». Marx, Karl: Das Kapital. Traducción castellana: El Capital. Madrid: Alianza Editorial, 2007 (1ª ed., 1976), libro I, tomo I, p. 27.

95 A este respecto, la caracterización del análisis marxiano como “lógica”, no me parece la más adecuada, aunque sí el significado al que ese término apunta.

96 Canetti, Elías: Masse und Macht. Frankfurt am Main: Fisher Taschenbuch Verlag, 1980, S. 202. Traducción castellana: Masa y poder. Barcelona: Debolsillo, 3ª ed., 2011, p. 292.

97 Canetti, Elías: Masse…, cit., S. 205-206; tr. cast., p. 296.

98 Canetti, Elías: Masse…, cit., S. 206; tr. cast., p. 296.

99 Ferguson, Niall: The Ascent…, cit., p. 102; tr. cast., p. 117.

100 Ferguson, Niall: The Ascent…, cit., p. 105; tr. cast., p. 120.

101 Ferguson, Niall: The Ascent…, cit., p. 111-112; tr. cast., pp. 126-127.

102 No estimo necesario recordar que ya Russell se prometía y prometía a sus contemporáneos la elaboración de un modelo matemático capaz de predecir el obrar humano, de manera análoga a como puede anticiparse el de las realidades no libres. Cf. Russell, Bertrand: Our Knowledge of the External World, as a Field for Scientific Method in Philosophy. London: Routledge, 1995 [1st ed., 1914].

103 Morris, Charles R.: The Two Trillion Dollar Meltdown…, cit., p. xii; tr. cast., p. 14.

104 Zamagni, Stefano: Heterogeneidad motivacional…, cit., p. 66.

105 “The birth of the experience industry is the next stage of evolution of the capitalist system that began with the commodification of land (the enclosure movement) and led to the commodification of home and craft production and then family and community functions. Now the totality of our existence is being commodified: the foods we eat, the goods we produce, the services we perform for one another, and the cultural experiences we share.” Rifkin, Jeremy: The Age of Access: How the Shift from Ownership to Access is Transforming Modern Life. New York – London – Toronto: Penguin Books, 2000, pp. 145–46; tr. cast., pp. 196-197.

106 «Ma l’aspetto che colpisce è un altro ancora, e cioè l’attribuzione di ogni responsabilità del disastro non al sistema — alle pratiche che lo fanno funzionare, alle teorie che lo sorreggono —, bensì al più comodo capro espiatorio possibile, l’errore umano. Da questo punto di vista, l’Ottocento e il Positivismo non sono finiti. Se il reattore di Chernobyl supera il punto di fusione non è a causa di tecnologie obsolete, ma per la negligenza di un qualche addetto. Il Columbia non può essere esploso per un errore di fabbricazione — qualcuno a bordo deve avere interpretato male una procedura. La sars non si propaga per il sovraffollamento e le pessime condizioni sanitarie delle metropoli asiatiche, ma perché gli untori non si costituiscono alle autorità prima ancora che insorgano i sintomi del male. E per restare sul terreno epidemiologico — che rimarrà almeno metaforicamente il nostro — la malattia del capitalismo non è dovuta all’improvviso abbassarsi di difese immunitarie efficaci da secoli, ma al dilagare di una perversa pulsione individuale: la cupidigia». Rossi, Guido: Il conflitto epidemico. Milano: Adelphi, 2003, pp. 12-13.

107 «Nel suo attuale stato epidemico, il conflitto di interessi non può più essere contenuto all’interno di sistemi autopoietici, quali il diritto o l’economia, anche nel caso in cui l’uno o l’altra chiamino in soccorso l’etica, cercando di annettersene alcune componenti. L’analisi economica del diritto ha condannato definitivamente anche il tentativo di fusione dei due sistemi, per cui i valori dell’uno (il diritto) sono ridotti alle esigue verità e agli insegnamenti dell’altra (economia). Eppure l’intera civiltà occidentale, almeno dal 1600 in poi, ha affidato il proprio sviluppo a un processo di separatezza e di dissociazione, che ha via via rotto l’unità del sapere, delle scienze e della stessa società civile e politica». Rossi, Guido: Il conflitto epidemico, cit., p. 137.

108 «La vicenda della separatezza ha avuto protagonisti illustri, da Machiavelli a Galileo, ma ai nostri fini il più importante è stato senz’altro Adam Smith, che pur insegnando Economia come capitolo del suo corso di Filosofia Morale all’Università di Glasgow fu il primo a sostenere che l’attività economica andasse dissociata dai principi morali tradizionali». Rossi, Guido: Il conflitto epidemico, cit., pp. 137-138.

109 «Che le società moderne siano, secondo la nota tesi di Niklas Luhmann, un sistema “internamente spezzato in sistemi parziali” è un dato incontestabile; all’indipendenza di questi sottosistemi è senz’altro dovuto lo straordinario progresso tecnologico. Ma l’esempio di separatezza forse più perfetto è quello dei mercati finanziari, dove la dissociazione fra controllo delle ricchezze e proprietà è assoluta. E dal momento che i mercati rendono possibili rapporti “impersonali“, al loro interno qualsiasi valutazione morale è per forza di cose irrilevante». Rossi, Guido: Il conflitto epidemico, cit., p. 138.

110 «Eppure, la somma di impotenze che ha reso possibile l’esplosione del conflitto di interessi in forma epidemica sembra richiedere una sorta di passo indietro, e cioè di ritorno all’originaria unità dei saperi». Rossi, Guido: Il conflitto epidemico. Milano: Adelphi, 2003, p. 138.

111Soloviev, Vladímir: Chtenija o Bogochelovechestve, 1877-1881. Traducción castellana: Teohumanidad: Conferencias sobre filosofía de la religión. Salamanca: Sígueme, 2006, p. 18.