Un testimonio panfletario. Las dimensiones lingüísticas de El instante

MTP14_5

Juan Evaristo Valls Boix
Universitat de Barcelona
Valls-boix.j.e@ub.edu

Un testimonio panfletario. Las dimensiones lingüísticas de El instante1

Resumen

El presente artículo problematiza la distinción entre comunicación directa e indirecta atendiendo a las dos definiciones que Kierkegaard ofrece en su Dialéctica de la comunicación ética y ético-existencial y en las publicaciones de El instante. A través de un análisis de los textos de estas últimas, se muestra cómo la concepción del lenguaje en ellos excede los intentos del Kierkegaard tardío por definir o controlar su obra para situarse en un espacio allende la dicotomía ética-estética para adquirir la riqueza y complejidad de una experiencia.

Kierkegaard, comunicación directa/indirecta, lenguaje, ética, estética

A Pamphletary Testimony. The Linguistic Dimensions of The Moment

Abstract

The paper problematizes the distinction between direct and indirect communication, attending the two different definitions Kierkegaard offers in his Dialectics of Ethical and Ethical-Religious Communication and in the publications of The Moment. Through an analyze of these texts, the essay shows the way in which the conception of language implied in them surpasses late Kierkegaard’s attempts to define or control his work. It is rather situated in a space beyond the dichotomy ethics-aesthetics, where it acquires the whole richness and complexity of an experience.

Keywords: Kierkegaard, direct/indirect communication, language, ethics, aesthetics

Recepción del original: 15/09/15
Aceptación definitiva: 24/11/15


Toda la astucia del hombre sólo busca una cosa: poder vivir sin responsabilidad. El significado del pastor para la sociedad debería consistir en hacer de todo para que el hombre se hiciera eternamente responsable de cada hora que vive, incluso de lo mínimo que hace, pues esto es cristianismo.

Kierkegaard, El instante, no. 102

Después de tres años de silencio, tras la publicación de Para la examinación de uno mismo, Kierkegaard empezó a componer una serie de artículos de prensa. De entre ellos destacan los diez números de su propia revista, El instante, que pretendían ser una crítica directa y manifiesta a lo que algunos han llamado el “esteticismo de la cristiandad”,3 es decir, ese proceso de degeneración que hacía del cristianismo algo teórico y abstracto, enseñado −que no predicado− por funcionarios del estado, cuya vida misma se contradecía con los evangelios por ser antes una existencia cómoda, remunerada y con vacaciones, que un testimonio de la verdad.

Kierkegaard tituló a esta serie de publicaciones El instante por una razón directamente relacionada con su propósito: ya han acabado sus días de escritor, ya ha acabado su tan gustosa producción en “la distancia del instante”.4 Ha pasado el momento de dejar en suspenso su juicio sobre la realidad, de ensayar, en el silencio y mediante una suerte de comunicación indirecta, toda serie de fantasías e ideas. La recreación en el silencio debe ser sustituida, por mucho que a Kierkegaard le pese, por la actuación en el instante, por la realización en el momento decisivo. Por una denuncia comprometida y directa a una sociedad acomodada en una religión disuelta, abstracta, mundana.

De este modo, las publicaciones de El instante tienen un estatuto textual muy particular. Según las indicaciones de Kierkegaard, no son un cuerpo de escritura, sino más bien un acto,5 una denuncia, un texto que habla y que en su hablar performa una posición existencial definida: la del individuo singular que se opone a la tendencia abstractiva y estetizante de la masa, o la del creyente enfrentado a una cristiandad que hace de la religión una cuestión meramente administrativa. Se trata pues de un texto de comunicación directa, un aspecto en que la crítica tiende a seguir la propia declaración de Kierkegaard,6 y que también es coherente con el carácter panfletario del mismo: la revista buscaba el escándalo y la provocación, y los consiguió hasta el punto de que ha sido entendida por muchos en discontinuidad con el resto de la obra de Kierkegaard.7

Ahora bien, ¿qué quiere decir “comunicación directa”? ¿En qué sentido los números de El instante son una denuncia directa, en el momento decisivo, y desprovista de la distancia propia del escritor? ¿Puede un texto escrito rebelarse por completo contra su forma? ¿Puede un autor hacer de la escritura lo contrario de sí misma? El término danés øieblik (“instante”) efectivamente hace referencia a ese momento fugaz y decisivo de la ejecución y la acción, pero cualquier traducción traiciona otras dimensiones de la palabra, que también puede entenderse como “un abrir y cerrar de ojos” o “un vistazo”.

Me gustaría discutir en estas líneas que, pese a que Kierkegaard quiere hacer de su texto una denuncia directa, es decir, pese a que pretendiera abrir los ojos ante la realidad y juzgarla −para abrírselos asimismo al lector−, un momento de distancia, silencio y, por ende, de ojos cerrados, es insalvable en toda producción escrita: que para abrir los ojos hay que cerrarlos y que la mirada es un acto de discontinuidad a través del que se observa precisamente gracias a que no se está viendo. Querría mostrar que, si hay una relación entre comunicación directa e indirecta, esta relación es precisamente dialéctica,8 y que a través de esta tensión el lenguaje desvela una dimensión allende pero inseparable a su mero carácter de signo: sus efectos pragmáticos. Los intentos del Kierkegaard tardío de controlar plenamente su producción se ven contradichos por la cualidad de la misma.

1. Comunicación directa: el autor con los ojos abiertos

Hay, al menos, dos maneras de entender la distinción entre comunicación directa e indirecta. Si bien estas dos distinciones a veces se solapan, en otras se contradicen. Tanto en Punto de vista sobre mi obra como autor como en El instante, la comunicación directa se puede entender sencillamente como comunicación autógrafa. Se trata de trabajos firmados con el nombre de Kierkegaard en los que éste aborda una temática más o menos edificante de carácter cristiano. Son textos comprometidos con un mensaje que buscan un impacto unívoco sobre la realidad: sea la censura de la cristiandad, sea la interpretación final y definitiva de su producción literaria. Siguiendo las afirmaciones del número uno de El instante:

debo decir acerca de todo mi trabajo anterior que su hora aún no ha llegado; he estado alejado del tiempo actual, incluso muy alejado, y sólo estuve cerca en cuanto la lejanía fue adrede y llena de propósito. Ahora, por el contrario, debo asegurarme por todos los medios la posibilidad de utilizar el instante.9

Esta concepción de comunicación directa se basa en la toma de responsabilidad del mensaje que se transmite, y por ello, la figura del autor juega un papel determinante: el autor no es alguien que escribe, sino alguien que actúa “en servicio de algo verdadero”,10 esto es −en el caso de Kierkegaard−, da testimonio del Nuevo Testamento. El autor busca transmitir un mensaje unívoco, explícito y sin doblez, por lo que es plenamente responsable de la interpretación y comprensión que el lector haga del mismo. Kierkegaard actúa en su propio nombre, y es ese nombre el que da unidad de sentido a todo el escrito: “Hablé entonces en mi propio nombre […]. Fue en mi propio nombre; así quedó claro que ya no podrían librarse de mí con la excusa de que soy un poeta y que son los otros quienes representan la verdad”.11

Esta comunicación directa puede del mismo modo comprenderse bajo la noción de expresividad, tal y como Derrida la esboza siguiendo el pensamiento de Husserl y la crítica.12 Si por expresividad se entiende la voz del sujeto que constituye su conciencia y cuyo sentido le es plenamente comprensible y presente, es decir, que no es indicativa o significativa, que no está degenerada por ningún significante, sino que es pura donación en la unidad indivisible, el espacio plenamente dominado por el sujeto, plenamente claro, del instante (instant para Derrida, Augenblick para Husserl, Øieblik para Kierkegaard), podrá asimilarse esta noción de comunicación directa con aquella de expresividad: ambas contraponen la distancia de la escritura –por tanto, de la significación, de la indicación, de la traducción en significantes– a la absoluta proximidad del instante –plena autorevelación del sujeto a sí mismo, que se define por tanto como autoafección, que constituye su consciencia con su voz, cuya voz, en fin, es su consciencia13–.

La comunicación directa es, pues, la única que permite una plena responsabilidad sobre lo que se dice, en tanto que su carácter expresivo le confiere al sujeto de habla un pleno dominio sobre la palabra, que es su voz, única e imposible de multiplicar o diseminar, y que por ello se liga a un nombre, el nombre del autor. Kierkegaard escribe con su nombre, escribe como posicionándose y adoptando un compromiso, y con la garantía de la no-ambigüedad de sus palabras. Se contrapone así la figura del escritor, el Kierkegaard de los pseudónimos, el poeta sin ninguna autoridad, ni un control pleno, ni responsabilidad sobre lo que dice,14 a la figura del autor como quien se expresa cuando dice, es decir, está plenamente presente y representado en un mensaje que domina y del que es autoridad. Cabe, no obstante, señalar, al menos señalar por el momento, que la traducción de “escritor” y “autor” es la misma en danés: Forfatter. Y también subrayar, como hacen tanto Kierkegaard como Derrida, que la posibilidad de la comunicación directa o expresividad está ligada a la validez del concepto de instante: “La punta del instante, la identidad de la vivencia presente a sí en el mismo instante, soporta, pues, toda la carga de esta demostración”.15

Esta comunicación directa se caracteriza, en resumen, por su carácter unívoco, comprometido, nominal, anti-poético y performativo. Es más un acto que un texto; una denuncia mediante la que un individuo, Kierkegaard, realiza su compromiso con la verdad cristiana. Se opone a la comunicación indirecta entendida como la escritura retórica, el trabajo del poeta en la distancia, el no-compromiso, la pseudominidad y la polisemia. Pero esta comunicación directa también es distinta de otra clase de comunicación directa, que Kierkegaard describe en su Dialéctica de la comunicación ética y ético religiosa,16 unos apuntes y borradores para una lectura pública escritos en 1847.17 En ellos se define la comunicación directa como una comunicación objetiva que pretende transmitir un conocimiento de carácter científico: “toda comunicación de conocimiento es comunicación directa”.18 Puesto que el propósito de tal comunicación es la transmisión estricta del conocimiento objetivo, tanto el comunicador como el receptor de la comunicación no están relacionados, sino más bien ocupan un segundo plano.19 Se trata de una ejercicio intelectual que se desarrolla en términos abstractos en el medio de la imaginación y de la idealidad, y que por tanto no precisa de una situación comunicativa, ni requiere ninguna implicación ni responsabilidad del emisor y el receptor, así como tampoco implica la realización de éste o la seriedad de aquel:

Toda comunicación de conocimiento es en el medio de la imaginación […]. Pero la comunicación en lo ético solo puede darse en la realidad [virkelighed], de tal manera que el comunicador o maestro exista él mismo en ella y en la situación de la realidad [virkelighed], sea él mismo en la situación de la realidad [virkelighed] que enseña.20

No es, en definitiva, una escritura del instante: se trata, antes bien, del frío, afilado y preciso lenguaje de la investigación científica, una comunicación rigurosamente teórica y objetiva cuyo éxito radica en su carácter aséptico, no contaminado por la subjetividad del comunicador o las condiciones comunicativas en que se enmarca. Su recepción no es una apropiación apasionada, sino una aceptación basada en la lógica de la estricta argumentación. No es por otro motivo por el que Kierkegaard diseña, inspirado en la mayéutica socrática,21 una comunicación alternativa capaz de vehicular lo ético. Puesto que “toda la ciencia moderna de la ética es, éticamente entendida, una evasión”,22 se concluye como sigue: “Hemos pensado ahora la dialéctica de la comunicación como conocimiento y hemos visto que se ha superado. Se sigue ahora una nueva concepción de la comunicación. […] La diferencia de comunicar algo como un arte y comunicarlo como una ciencia”.23

Es difícil ver en estas dos comunicaciones directas algo distinto de la contradicción. Mientras que la comunicación directa que suponen El punto de vista y El instante se centra en una declaración expresiva, firmada y comprometida con su contenido: “mi deber religioso: precisamente, una declaración directa de que el autor fue y es un autor religioso”;24 esta otra definición habla de una comunicación desapasionada, aséptica, objetiva e impersonal: la comunicación científica. Asimismo, carece de un carácter expresivo en tanto que el autor de una comunicación científica se reduce a un punto de emisión intelectual de un discurso, que podrá ser rebatido o refutado mediante la argumentación, y que por tanto está lejos de ser esa voz que constituía la conciencia, o al menos una prolongación de la misma, del autor: el emisor de la comunicación de un conocimiento objetivo puede equivocarse en lo que dice, pero no el autor de una comunicación directa expresiva –al menos no en el mismo sentido.

La comunicación directa descrita en El instante se identifica con los ojos abiertos de la mirada, el reconocimiento y el compromiso, mientras que la comunicación directa de los legajos del 1847 tiene los ojos impasibles de una lente robótica procesadora de datos. ¿Es esta disimetría la forma en que se relacionan los otros dos polos de estas distinciones distintas?

2. Comunicación indirecta: cerrar los ojos para abrirlos

También hay dos maneras de entender la comunicación indirecta si se presta atención a las obras verónimas de Kierkegaard. Tanto en El instante como en Mi punto de vista, la comunicación indirecta es la comunicación propia del escritor: se identifica con el engaño o ilusión estética, y se entiende como un trabajo poético desarrollado en la distancia de la fantasía, y por ende, alejado de cualquier compromiso ético: es, como ya se ha indicado, la escritura en la distancia como opuesta a la acción en el instante, o bien los ojos cerrados de la ensoñación. En Mi punto de vista, Kierkegaard justificaba su uso como un engaño necesario para llevar al lector más tarde a la verdad religiosa en su proceso de convertirse en cristiano:

desde el punto de vista total de toda mi obra como autor, los escritos estéticos son un engaño, y ése es un significado más profundo de la pseudonimidad. […] Si no empiezo engañando, empiezo con la comunicación directa. Pero la comunicación directa presupone que el recipiente de la habilidad de recibir está completamente en orden, y aquí simplemente no es el caso –ciertamente, aquí una ilusión es el obstáculo. Ello significa que en primer lugar debe usarse un corrosivo, mas este corrosivo es lo negativo, pero lo negativo en conexión con la comunicación es precisamente engañar […]. ¿Qué significa entonces “engañar”? Significa que uno no empieza directamente con lo que desea comunicar, sino que empieza tomando la ilusión del otro al pie de la letra. […] El engaño consiste en que uno habla de esta manera para llegar a lo religioso.25

La comunicación indirecta se trata en definitiva de un engaño estratégico para alcanzar el propósito que, según Kierkegaard, ha orientado todo su trabajo como autor: “llegar a ser cristiano”.26 En tanto que se trata de un engaño, el autor no está comprometido ni se identifica con lo que dice −tan sólo persuade y encandila al lector−, y por ello se sirve de pseudónimos y se mantiene a distancia: el lector caerá en la trampa y le seguirá, interesado, abandonado al placer literario, y sin darse cuenta –sin abrir los ojos– pasará de la recreación fantasiosa a la edificación religiosa para librarse de la manera estética y confortable en la que vive el cristianismo. Por ello en el primer número de El instante, Kierkegaard habla de la tarea del escritor como una producción casi jovial en el ámbito de la fantasía:

Ser escritor: eso sí que me agrada. Si tuviera que ser sincero, debería decir que he estado enamorado del producir, pero con una aclaración: a mi modo. Y lo que he amado es justo lo opuesto a actuar en el instante; lo que he amado es precisamente la distancia del instante, en la cual, como un enamorado, he podido colgarme de los pensamientos y, como artista enamorado de su instrumento, entretenerme con el idioma arrancándole las expresiones que el pensamiento reclamaba –¡Bendito pasatiempo! ¡En toda una eternidad no podría cansarme de esta ocupación!27

Este trabajo estético es una actividad que no compromete al escritor con la realidad, sino que le mantiene en un silencio opuesto a la palabra propia de la denuncia: “Disputar con los hombres: eso sí que me agrada […]. Pero con una condición: que se me permita despreciar calladamente”.28 De este modo, una actividad de carácter ético implica actuar en el instante, lo que supone renunciar a la indecisión de la posibilidad: consiste en comprometerse con la realidad concreta antes que dejarse llevar por la fantasía:

Como tengo que actuar en el instante, debo, ay, despedirme de ti, amable distancia en la que no había que correr detrás de nada, siempre con tiempo, donde podía esperar horas, días, semanas para encontrar la expresión exacta a la que quería llegar, mientras que ahora debo romper con todas estas mimosas consideraciones de enamorado.29

Esta concepción de la comunicación indirecta no es sino el polo opuesto de la expresividad, de esa plena presencia de la voz del autor en la palabra, es decir, su plena conciencia y dominio: se trata esta vez de una palabra conformada por el silencio, por la ausencia de un autor envuelta en un falso nombre que deja al texto a la deriva, a la merced de los envites de la significación. El autor de la obra sólo se relacionará con ella como un “lector” más,30 siendo extraño a ella, habiendo hecho de ella un divertimento, una tentativa para la reflexión que no encarna ni representa su voz, su parecer o su posición existencial, sino que, en todo caso, servirá para persuadir al lector a que continúe escuchando hasta que, del todo hechizado, asista al desenmascaramiento del autor por sí mismo y al principio de una comunicación edificante cristiana. Hasta entonces, es tan solo un gesto estético.

Así las cosas, la comunicación indirecta como escritura es distinta, al igual que su polo opuesto lo era, a la noción que se describe en el manuscrito de la Dialéctica entre la comunicación ética y ético-religiosa. Es cierto que también supone un engaño, pero en un sentido muy distinto al de esa suerte de trampa retórica estratégica para captar la atención del lector. Si esta otra comunicación indirecta supone un engaño es porque es una comunicación que no pretende transmitir ningún objeto: es una comunicación que no comunica, sino que más bien trata de cultivar en el lector una capacidad o una actitud moral: no se trata de transmitir un conocimiento objetivo, sino de provocar una “realización”,31 simplemente porque “un intento de comunicar lo ético directamente sería engañar”.32

De este modo, la comunicación indirecta se define como una comunicación de capacidad ética o ético-religiosa.33 Lo ético sólo puede tener lugar en la realidad concreta de quienes se implican en la comunicación, y tiene lugar en forma de un cambio personal, una edificación, la orientación de quien escucha o lee a la toma de un posicionamiento, a una decisión. La comunicación indirecta no busca conocimiento, sino más bien el desarrollo del lector como individuo, y por ello siempre se determina por la relación de los interlocutores en lugar de abstraerla.

En esta situación concreta, emisor y receptor tendrán que llegar a ser la “reduplicación existencial de lo que se dice”:34 la comunicación indirecta implica una coherencia y continuidad entre la palabra y la acción: uno dice lo que es, o uno dice en la manera en que uno es: el “cómo” de la comunicación es su parte relevante, y el objeto, el qué, o no existe o es superfluo, puesto que no hay nada que transmitir, sino algo que extraer, mayéuticamente, del lector: “Lo ético y lo ético-religioso deben ser comunicados existencialmente y en la dirección de lo existencial”.35

Kierkegaard expone en definitiva la diferencia de un modo muy claro en estos legajos de 1847. La comunicación directa supone lo siguiente: “hablo sobre ello”.36 La comunicación indirecta es, antes bien, lo siguiente: “soy existencialmente lo que se ha dicho”.37 Todo ello implica por tanto que el comunicador tiene “seriedad”, una verdadera implicación con la existencia.38 Esta seriedad supone la preocupación por que el otro, quien escucha o lee, alcance también esa seriedad,39 ese compromiso con la realidad que le lleve a autorrealizarse éticamente, a convertirse en un individuo singular a través de su toma de posición en el mundo. Lo que conlleva que la comunicación indirecta no persiga esa suerte de objetividad aséptica que buscaba la comunicación directa, pero que tampoco sea ese lenguaje jovial, ornamental y ocioso propio de aquella otra comunicación indirecta estetizante descrita en las obras tardías verónimas. Deberá ser, antes bien, una comunicación tal que el comunicador pueda expresar lo que él es a través de ella, un discurso tal que destaque por su dimensión ética, que sea de algún modo un acto, o que prime la dimensión pragmática del lenguaje por encima de su potencial conceptual: una comunicación que haga algo, antes que un discurso que diga algo.40 La pregunta se complica una vez más: Pese a ser El instante supuestamente un texto de comunicación directa −en un sentido−, ¿no es también eminentemente un texto de comunicación indirecta −en el otro sentido−?

3. Las dimensiones ético-religiosas de El instante

On s’aperçoit alors très vite que la présence du présent perçu ne peut apparaître comme telle que dans la mesure où elle compose continûment avec une non-présence et une non-perception […]. Ces non-perceptions ne s’ajoutent pas, n’accompagnent pas éventuellement le maintenant actuellement perçu, elles participent indispensablement et essentiellement à sa possibilité.

Derrida, La voix et le phénomène

Este artículo podría haberse titulado “Las dimensiones ético-religiosas de El instante” en lugar de las dimensiones “lingüísticas”. La conveniencia de ambos títulos no hace más que apuntar a la estrecha relación existente entre el lenguaje y la ética −una relación tensa, de una tensión irresoluble−, sin duda, una de las cuestiones centrales en la obra de Kierkegaard.

Las publicaciones de la revista El instante transgreden las dos distinciones que Kierkegaard establece entre comunicación directa e indirecta. De un lado, son una forma de comunicación directa: Kierkegaard no sólo firma con su nombre, sino que hace manifiesto el propósito de abandonar la distancia del escritor y actuar en el instante, hablar en lugar de escribir para denunciar desde el compromiso la degeneración del cristianismo:

¿Por qué quiero, pues, actuar en el instante? Porque me arrepentiría eternamente de no hacerlo, y eternamente me arrepentiría si me dejara amilanar por el hecho de que la generación actual, sin duda, encontrará a lo sumo interesante y rara una exposición verdadera de lo que es el cristianismo, pero después se quedará tranquila donde está, creyendo que es cristiana y que el cristianismo de cotillón de los pastores es cristianismo.41

Asimismo, es de algún modo el cumplimiento o la culminación de la obra de Kierkegaard, el testimonio más explícito de una crítica que se había gestado a lo largo de su obra:

Lo llamo El instante. Sin embargo, no quiero que sea efímero […]. No, fue y es algo eterno: del lado de los ideales contra las ilusiones. Pero, en un sentido, debo decir acerca de todo mi trabajo anterior que su hora aún no ha llegado; he estado alejado del tiempo actual […]. Ahora, por el contrario, debo asegurarme por todos los medios la posibilidad de utilizar el instante.42

En ese sentido, las críticas de El instante son el modo en que Kierkegaard en tanto que individuo se hace cargo de su situación: su compromiso con el cristianismo le obliga a emprender una crítica velada contra la cristiandad pese a las dificultades de la tarea. De ahí el carácter ejemplar del texto, que, al ser a la vez testimonio de la decadencia de la cristiandad y esfuerzo de su autor por realizarse como cristiano, supone un impacto tanto en el orden establecido como en los lectores, que pueden verse persuadidos para desarrollar una fe más sincera:

Es mi deber decir esto: seas quien fueras y sea tu vida la que fuere, al dejar de participar (si es que participas) en el culto divino oficial, tal como es ahora, tendrás para siempre una gran culpa menos. Tú mismo cargas entonces y has de cargar con la responsabilidad de tus actos, ¡pero has sido advertido!43

Pero de otro lado, y por ello precisamente, El instante es también un texto de comunicación indirecta −en el otro sentido de la distinción−: es un texto de comunicación ética o ético-religiosa en el que el autor no pretende transmitir un contenido positivo, sino despertar la seriedad del lector, y en ello radica su seriedad y su compromiso:

Parece que hay muchos a los que les han impresionado mis artículos en Fædrelandet. Quizá su situación sea más o menos la siguiente: por un lado, se han dado cuenta, o al menos se han puesto a pensar si acaso todo lo religioso no está en una situación extremadamente lastimosa; pero, por otro lado, hay muchas razones por las que prefieren no entregarse a esos pensamientos; aman el orden habitual de las cosas al que por nada quieren renunciar. […] De la misma manera digo yo: toma un vomitivo, sal de la mediocridad.44

Además, es un texto que critica justamente la falta de pasión y decisión, o sea, la falta de fe de una comunidad que se hace llamar cristiana mientras vive inmersa en categorías estéticas:

Toda religión tiene que ver con la pasión, con tener pasión. Por eso, especialmente en tiempos de razón, la situación de cualquier religión es tener pocos adeptos verdaderos. Por el contrario, viven miles que tienen un poquito de una religión, la diluyen, la embrollan y después de manera desapasionada (es decir, irreligiosamente; es decir, indiferentemente) tienen −esta religión, y por tener esta religión son totalmente indiferentes, están asegurados contra la acusación de no tener religión.45

No es sino una crítica contra una sociedad que ha sustituido la singularidad de una vida de fe por la mediocridad y la indiferencia de un estado confesional conformado por una masa en el que el número de cristianos es más importante que la singularidad de los mismos: “verdaderos cristianos: muchos cristianos”,46 cuando en realidad “espíritu significa precisamente no ser como los otros”.47 Los números de El instante insisten en que “un cristiano es lo extraordinario de la libertad, o, más precisamente, lo ordinario de la libertad, y aunque es extraordinariamente raro encontrar uno, es lo que cada uno de nosotros debería ser”,48 y en que “lo eterno, en realidad, no es una cosa sino el modo en que se obtiene”.49 ¿No es esta última afirmación otra versión de las que definían la comunicación indirecta en los esbozos del 1847?

En segundo lugar, una de las cosas que más llama la atención de El instante es que, pese a ser una actuación en el instante y no en la distancia de la fantasía, está escrito con abundantes figuras retóricas, ironía y sarcasmo. Ello es especialmente patente en los aforismos de los números 6 y 10, por ejemplo: “¿Es la misma enseñanza cuando Cristo dice al joven rico: Vende todo lo que tienes –y dáselo a los pobres–; que cuando el pastor dice: Vende todo lo que tienes –y dámelo a mí–?”.50 Asimismo, es relevante la inclusión de piezas de ficción, pequeños episodios narrativos como los de los personajes descritos en distintos cuadros para mostrar “lo que se suele llamar un cristiano”51 en el número siete; así como el cuento “Primero el reino de Dios”,52 protagonizado por el licenciado en teología Ludvig From: alguien que emprende una larga carrera académica repleta de sesudos tratados y hace del reino de Dios una materia de estudio, reducido a cierta cuestión intelectual incluso cuando, una vez convertido en pastor, hace de su sermón un discurso expositivo del asunto. Así, la escritura del instante de Kierkegaard, que debería ser tan clara y rotunda como su voz, tan unívoca como el nombre único con el que se firma, está consistentemente enraizada en los recursos habituales de la escritura de la distancia, de la lengua múltiple del poeta. La expresividad del autor se ve cuestionada por tener lugar en un instante que no es sino un fajo de panfletos cargados de tropos, alusiones, chanzas y mofas, de la rica ambigüedad de un texto literario. Pero es justamente en estos recursos –los recursos de la distancia poética, del silencio– donde la voz, ya escrita, halla su mayor sonoridad: donde el autor, aunque perdiendo el pleno dominio sobre su voz –si acaso alguna vez lo tuvo–, se granjea la atención y la escucha de quien le lee.

Por último, el marcado uso de la ironía hace de este texto, pese a ser una pieza de comunicación directa, una obra negativa: las críticas de Kierkegaard a la cristiandad únicamente apuntan a una vuelta al Nuevo Testamento y apelan a la pasión, a la eternidad y a la singularidad del creyente como cimiento del cristianismo, pero no ofrecen una construcción positiva de la comunidad cristiana. Más bien, la revista busca su culminación no en una solución teórica sino en el despertar de la responsabilidad del lector: una apelación, un revulsivo, pero no unas instrucciones. El instante busca un efecto o un impacto muy concreto: que el lector del mismo actúe en el instante y se responsabilice de sí mismo, tal y como el autor hace al actuar en el instante a través de esta suerte de testimonio panfletario. Es decir, el “soy existencialmente lo que se ha dicho”53 de la comunicación indirecta descrita en las lecciones de 1847. De esta manera, en el uso de la ironía la publicación encuentra su nexo con algunas de las obras pseudónimas más tempranas al tiempo que se afirma en el propósito de obras verónimas más tardías: el insistente “llegar a ser cristiano”: “Así toda mi obra de autor gira en torno a lo siguiente: llegar a ser cristiano en la cristiandad”.54 Por ello El instante es siempre una obra abierta que está por acabar: busca y sigue buscando su conclusión en la respuesta existencial de sus lectores. Es un texto que quiere concluirse con una acción, con una decisión, con un efecto, y por ello su propio estatuto textual se vuelve ambiguo.

4. Un abrir y cerrar de ojos

Pese a los intentos de Kierkegaard por definir sus propias obras y controlar su impacto en el lector, los números de El instante apuntan hacia un uso del lenguaje complejo que trasciende las divisiones entre comunicación directa o indirecta, pero también la dicotomía estética-ética, para alcanzar una relación especial con el lector en la que se implican el autor como individuo creyente y el texto como ejercicio ético-literario para combatir la indiferencia y despertar la fe. De un lado, son un acto y un compromiso personal; de otro, son un compromiso como autor cristiano; y de un tercero, son un ejercicio literario ácido y mordaz que no persigue tanto el divertimento y la fruición estéticos como una fijación mayor en la existencia del individuo, una instancia a tomarse en serio la realidad. Las dimensiones ética, religiosa y estética se relativizan y se mezclan para ofrecer un texto rico e impactante, difícilmente unívoco aunque directo. Pero, sobre todo, se trata de un texto asentado en un lenguaje que ya no es, tan solo, o bien un mero instrumento transmisor de información, o bien un ejercicio jovial de fantasía, sino él mismo una realización existencial. Su lectura cuenta con todos los matices de una experiencia, experiencia de alcance ético que sólo es posible por la configuración estética del texto: por su forma de no decir, de guardar el silencio, de instar a la acción al lector. Un texto cuyo lenguaje muestra que para ver y para mirar, para reconocer al otro, es preciso al tiempo abrir y cerrar los ojos: cerrarlos fuerte para abrirlos más.

Notas del Autor

1 Este trabajo ha sido posible gracias a una ayuda del Subprograma de Formación de Profesorado Unviersitario (FPU) del Programa Estatal de Promoción del Talento y su Empleabilidad. Agradezco las observaciones de Laura Llevadot, Jon Stewart y Elisabete M. de Sousa, que han contribuido a mejorar la versión final de este trabajo.

2SKS, 13, 414

3PERKINS, R. L., “Kierkegaard’s ‘Instant Writing’ on the Triumph of Aestheticism in Christendom”, en PERKINS, R. L., International Kierkegaard Commentary, v. 23, “The Moment and Late Writings” (pp. 283-319), Georgia: Mercer University Press, 2009, p. 289.

4KIERKEGAARD, S., El instante, Madrid: Trotta, 2012, p. 19; SKS 13, 129. En adelante, todas las referencias a la edición castellana de El instante se indicarán como “I”.

5EVANS, S., Søren Kierkegaard’s Ethics of Love, Oxford: Oxford University Press, 2004, p. 41.

6PERKINS, R. L., “Kierkegaard’s ‘Instant Writing’ on the Triumph of Aestheticism in Christendom”, p. 4.

7LAW, D. R., “Irony in the Moment and the Moment in Irony: the Coherence and Unity of Kierkegaard’s Authorship with Reference to The Concept of Irony, and the Attack Literature of 1854-1855”, en R. L. PERKINS, International Kierkegaard Commentary, p. 79.

8KIERKEGAARD, S., ”Den ethiske og den esthisk-religieuse Meddelelses Dialektik” [”La dialéctica de la comunicación ética y ético-religiosa”], 1847 (SKS 27, 389). Se trata de unos apuntes para una conferencia redactados en 1847 y sin traducción al castellano. Se puede recurrir a la edición inglesa: HONG, H. W. y HONG, E. H. (eds.), Søren Kierkegaard’s journals and papers, vol. 1, Bloomington, Ind.: Indiana University Press, 1967-78, pp. 267-307. Debido a su reordenación cronológica y al carácter de legajo de estas lecciones, todavía no han aparecido en la nueva edición inglesa: JØRGEN CAPPELØRN, N. et al. (eds.), Kierkegaard’s journals and notebooks, 8 vols., Princeton, NJ: Princeton University Press, 2007. En adelante, se aludirá a la obra como DC junto con la referencia a la edición crítica danesa.

9I, p. 27 / SKS 13, 41.

10I, p. 30 / SKS 13, 148.

11I, p. 47 / SKS 13, 153. En otro sentido, es cierto que Kierkegaard actúa “sin autoridad” (SKS 16, 22), pues la autoridad de su palabra radica en que es una extensión de la Palabra de Dios expresada en los evangelios: ”Pues cuando yo sé con Dios que he hablado verdaderamente y como debía hablar, y aun cuando lo que he dicho era verdadero y debía decirse, incluso si no hubiera ninguna palabra del mismo Cristo, la cuestión es que siempre es bueno que sepamos por el Nuevo Testamento cómo juzga Cristo al cristianismo oficial”. SKS 16, 22.

12Ver DERRIDA, J., La voix et le phénomène, París: PUF, 1993, p. 57 y ss. Pueden resultar esclarecedores los comentarios de Laporte en LAPORTE, R. “S’entendre-parler”, en Revue Philosophique de la France et de l’Étranger t. 180, núm. 2, p. 244.

13DERRIDA, J., La voix et le phénomène, p. 94. Para la versión castellana: Derrida J., La voz y el fenómeno traducción de P. Peñalver, Valencia: Pre-Textos, 1985, pp. 137-138.

14El propio Kierkegaard lo hace constar en su conocida “Una primera y última explicación” (SKS 7, 569 y ss.), colofón del Post-Scriptum, que firma con su nombre pese al carácter pseudónimo de la obra. Para la versión española, ver Kierkegaard, S., Post-Scriptum no científico y definitivo a las Migajas filosóficas, Madrid: Sígueme, 2010, pp. 603 y ss.p

15Derrida, J., La voix et le phénomène, p. 71; p. 113 en la edición española.

16DC / SKS 27, 389-439.

17Para un análisis algo más detallado de este texto, ver Saez Tajafuerce, B., “Realidad y racionalidad kierkegaardianas: la curvatura ética de la subjetividad”, en Daimon. Revista de filosofía, núm. 16, 1998, pp. 171-178; así como Llevadot, L., “Kierkegaard y la cuestión del lenguaje”, en Daimon. Revista de Filosofía, núm. 43, 2008, pp. 93-101.

18DC / Ver SKS 27, 394.

19DC / SKS 27, 404. Ver a este respecto Berthold,D., “A Question of Style: Hegel and Kierkegaard on Language, Communication, and the Ethics of Authorship”, en Clio, vol. 35, núm. 2, 2006, pp. 179-200.

20DC / SKS 27, 389.

21Llegará a escribir: “Mi servicio usando los pseudónimos consiste en haber descubierto, cristianamente, el método mayéutico”. (DC / SKS 27, 398). Como puede observarse, esta afirmación de 1847 supone un notable desacuerdo con la propuesta de 1855 de El instante.

22DC / SKS 27, 390.

23Ídem

24Kierkegaard, S. (1859) Synspunktet for min Forfatter-Virksomhed (SKS 16, 20). Existe traducción castellana: Kierkegaard, S. (1988), Mi punto de vista, trad. de J. M. Velloso, Madrid: Aguilar. Se recomienda recurrir a la traducción inglesa: Kierkegaard, S. (1988), The Point of View, ed. Por H. W. Hong y E. H. Hong, Princeton, NJ: Princeton University Press, p. 35. Ello se debe a que la versión española es indirecta según Perarnau Vidal y Parcero Oubiña: Perarnau Vidal, D.y Parcero Oubiña, Ó (2009), “Spain: The Old and New Kierkegaard. Reception in Spain,” en Stewart, J. (ed.) (2009), Kierkegaard’s International Reception, Tome II, Southern, Central and Eastern Europe, a su vez en Stewart, J. Kierkegaard Research: Sources, Reception and Resources, vol. 8, Aldershot: Ashgate, pp. 17-80. En adelante, nos referiremos a esta obra como “PV” junto con la cita de la edición crítica danesa.

25PV / SKS 16, 35.

26En Mi punto de vista (1859), esta afirmación se repite prolijamente. Ver, por ejemplo, PV / SKS 16, 49.

27I, pp. 19-20 / SKS 13, 129-130. Ver también la p. 111 / SKS 13, 281: “El poeta se rige sólo por la imaginación; produce lo bueno, lo elevado, lo desinteresado, lo magnánimo, etc., acorde con la distancia entre la imaginación y la realidad”.

28I, pp. 19-20 / SKS 13, 129-130.

29I, p. 19-20 / SKS 13, 129-130.

30Kierkegaard, S., Post Scriptum no científico y definitivo a las “Migajas filosóficas”, 2010, p. 604 / SKS 7, 570.

31DC / SKS 27, 397.

32DC / SKS 27, 397.

33DC / SKS 27, 404. Aunque es importante precisar que la comunicación ético-religiosa empieza siempre con una comunicación directa, es decir, la buena noticia del Evangelio, para dar luego paso a un proceso de comunicación indirecta: “La diferencia entre edificar en lo ético y edificar en lo ético religioso es sencillamente ésta −que lo ético es lo universalmente humano en sí, pero la edificación religiosa (cristiana) debe antes que nada comunicar un conocimiento. Éticamente, el hombre como tal sabe de lo ético, pero el hombre como tal no sabe de lo religioso en el sentido cristiano. Aquí debe tener lugar la comunicación de un pequeño conocimiento antes que nada −pero luego tiene lugar la misma relación que en lo ético”. DC / SKS 27, 401.

34DC / SKS 27, 409.

35DC / SKS 27, 427.

36DC / SKS 27, 426.

37DC / SKS 27, 426.

38Ver DC / SKS 27, 409.

39DC / SKS 27, 411.

40Ver Lübcke, P., “Kierkegaard and Indirect Communication”, en History of European Ideas, vol. 12, núm. 1, 1990. pp. 31-40.

41I, p. 20 / SKS 13, 130.

42I, p. 27 / SKS 13, 141.

43I, p. 120 / SKS 13, 293.

44I, p. 25 / SKS 13, 137.

45I, p. 100 / SKS 13, 263.

46I, p. 67 / SKS 13, 213.

47I, p. 192 / SKS 13, 408.

48I, p. 77 / SKS 13, 230.

49I, p. 33 / SKS 13, 152.

50I, p. 96 / SKS 13, 258.

51I, pp. 114 y ss / SKS 13, 286.

52I, pp. 117 y ss / SKS 13, 290.

53DC / SKS 27, 426.

54PV/ SKS 16, 69.