Relativismo cognitivo y axiológico

brueghel06

Abelardo Pithod
Catedrático de Filosofía
Universidad Nacional de Cuyo
abelardo.pithod@speedy.com.ar

Resumen

Haré a continuación una breve exposición de la postura del sociólogo francés Raymond Boudon sobre el relativismo contemporáneo, agregando consideraciones mías. Me referiré al relativismo cognitivo, especialmente al científico, con algunas alusiones al ético y estético. Para lograr esto, estudiaré las diferencias entre la sociología de la ciencia clásica y la posmoderna. La expresión sociología de la ciencia alude a todo lo que hoy se considera conocimiento científico. Es fácil advertir que involucra al conocimiento en general y que presupone una epistemología, una teoría del conocimiento y, de últimas, una ontología.

Palabras clave: Relativismo contemporáneo, Cognitivo, Raymond Boudon, Ciencia.

Cognitive and axiological relativism

Abstract

Here I will do a brief exposition of the French sociologist Raymond Boudon’s posture about contemporary relativism, adding my thoughts. I will refer to the cognitive relativism, specially the scientifically one, with some allusions to ethic and esthetic. To achieve this, I will study the differences between sociology of classic science and postmodern science. The expression sociology of the science makes reference to everything that today is considered scientific knowledge. Is easy to warn that involves knowledge in general and that presupposes an epistemology, a theory of knowledge and, ultimately, ontology.

Keywords: Contemporary Relativism, Cognitive, Raymond Boudon, Science.

Recepción del original: 05/07/13
Aceptación definitiva: 25/07/13


Haré a continuación una breve exposición de la postura del sociólogo francés Raymond Boudon sobre el relativismo contemporáneo, agregando consideraciones mías. Me referiré al relativismo cognitivo, especialmente al científico, con algunas alusiones al ético y estético.

Partiré de un hecho bruto –dice Boudon–, que me contento con enunciar secamente, a saber, que existen dos tipos enfrentados de sociología del conocimiento científico: el programa “clásico” y el programa “moderno” o, mejor, puesto que es así como se lo designa a menudo: “posmoderno”. Siguiendo a Bunge (1991-1992), hablaré también de la “nueva” sociología de la ciencia”.

Boudon habla de la posición clásica en sociología del conocimiento científico, entendiendo por tal la que se desarrolla en la época moderna, concretamente en los siglos XIX y XX. La llama también “racionalista” porque no descree de la razón, como lo hace la sociología posmoderna. El llamarla racionalista (Popper llama su propia posición también racionalismo) se presta a equívoco, porque el término, al menos entre nosotros, alude a una exageración en el uso de la razón y él no quiere decir eso, sino simplemente sostener la validez de su uso. Boudon lo hace porque quiere diferenciarla claramente de la sociología posmodernista que, como dijimos, descree de la razón y adopta una posición escéptica respecto de la ciencia y el conocimiento en general. Debemos notar asimismo que el análisis de Boudon no se inscribe en nuestra línea epistemológica “realista”, de raigambre aristotélica, lo que no obsta para que nos aprovechemos de él.

La expresión sociología de la ciencia alude a todo lo que hoy se considera conocimiento científico. Es fácil advertir que involucra al conocimiento en general y que presupone una epistemología, una teoría del conocimiento y, de últimas, una ontología.

¿En qué se diferencia la sociología moderna de la ciencia (o clásica de Boudon) y la posmoderna? Ambas coinciden en señalar que hay conceptos asumidos por la ciencia que provienen de fuentes extra-científicas, es decir que provienen de fuentes socio-culturales externas a la ciencia misma. Pero para el posmodernismo toda la ciencia se explica de esa manera, con lo que, en realidad, no existen en el conocimiento científico conclusiones propiamente científicas. En cambio, tanto para nuestra concepción tradicional aristotélica como para la moderna del racionalismo crítico (como lo llamaremos), las conclusiones de la verdadera ciencia son independientes del contexto social. Se adhiere a ellas porque son verdaderas, no porque ellas sean resultado de “convenciones” sociales implícitas o explícitas. Los condicionamientos sociales de la índole que sean no se pueden negar, pero aceptar esto no implica una actitud escéptica o relativista radical. Reconocer que existen influencias socio-culturales sobre nuestros conocimientos, también sobre los científicos, no es aceptar, como hace el posmodernismo, un determinismo incompatible con la cientificidad, es decir, con la objetividad y la verdad científica.

Veamos algunos ejemplos que parecen avalar la posición relativista. Empecemos por el caso de la demografía. El influjo que sobre ella ejerció la idea malthusiana de que la creciente población mundial terminaría por producir una catástrofe planetaria por la imposibilidad de alimentar a tantos seres humanos, resultó ser un prejuicio de la época, y nos referimos a una época muy reciente, la del Club de Roma (a partir de la década de los 70). El error provino de dos equívocos: Uno, el supuesto de que el ritmo de crecimiento de la población seguiría siendo exponencial; cuando, en la realidad, el crecimiento se “ralentó” notablemente; dos, la desestimación del efecto de las nuevas tecnologías de producción alimentaria. La China y la India son casos muy relevantes, pues disminuyeron el crecimiento poblacional y lograron alimentar a sus enormes poblaciones sin depender significativamente del exterior. En estos últimos años la dependencia del exterior ha aumentado nuevamente, porque esos países han crecido y sus habitantes –no todos– comen más y mejor. En conclusión, ahora sabemos, gracias justamente a la demografía, que los fenómenos poblacionales no pueden predecirse sin grandes recaudos. El temor del hombre blanco a que la hambrienta población de color invadiera su privilegiado mundo desarrollado y acabara con su bienestar, fue adquiriendo forma pseudo-científica a través de la demografía. Pero tal error no nos autoriza a negar la posibilidad de un conocimiento demográfico que, en lenguaje actual, podemos llamar científico, es decir, metódico y validado, aunque, en nuestra opinión, casi exclusivamente probable.

Hoy el miedo vuelve a la carga, a causa de la creciente miseria de África, y de nuevo habrá que ser muy cautelosos, porque el miedo es mal consejero. He leído hace unos días que la población de inmigrantes indocumentados en España llega ya a los 300.000, con gran mayoría de africanos; en Italia, el panorama es similar, y ya sabemos lo que está pasando en EE.UU. Los temores ante estos desplazamientos migratorios incontrolados –y no sabemos si incontrolables–, se agudizarán y el tema se irá seguramente ideologizando, es decir, se irá recurriendo a explicaciones aparentemente científicas para justificar posiciones políticas o religiosas, como el temor al hecho de que esos africanos son mahometanos. Este temor, que me manifestaba un amigo católico residente en España, es análogo al de Oriana Falacci, que se declaraba atea cristiana, y se había constituido en acérrima defensora del cristianismo por razones de civilización y cultura.

Recurramos a ejemplos tomados de la ciencia física. Que la astronomía tolemaica estuviera equivocada en cuanto a la inmovilidad de la tierra, no descalifica muchas de sus otras conclusiones. Si fuera descalificable in toto, los desplazamientos marinos y terrestres que se realizaban gracias a ella, al menos con su ayuda, no se hubieran podido realizar con la alta perfección técnica con la que se hicieron. Asimismo, la nueva concepción del tiempo y el movimiento en la teoría de la relatividad de Einstein, no invalida toda la física newtoniana, ni nos obliga a tirar por la borda como no científicas todas las ideas galileanas. Personalmente, lamentamos que Einstein llamara a su teoría “de la relatividad”, porque, desde el punto de vista ontológico, él fue un realista, como señalaba Popper, tan poco relativista que en un momento dado se volvió en contra de la teoría de los cuantas y se negó a aceptar el “principio de incertidumbre” de Heinsenberg. “Tú crees en un Dios que juega a los dados –le recriminó a Heinsenberg– y yo en las leyes perfectas del mundo de los objetos reales…”. Recientemente, un físico argentino afirmaba: “la teoría de la relatividad tiene muy poco de relativo: sostiene que las leyes físicas son absolutas […] La teoría de la relatividad sostiene que hay una sola realidad, aunque múltiples formas de verla; no que hay múltiples verdades”.1

Que hay un influjo sobre la ciencia de las creencias de moda o prevalentes parece innegable y esto ha sido causa de tropiezos y malentendidos. El biologismo de Aristóteles causó un gran daño a la física escolástica. No es mi opinión, sino la de Gilson, en su excepcional obrita El realismo metódico. A la recíproca, el anti-aristotelismo renacentista se encandiló con aquello de que la naturaleza estaba escrita en caracteres matemáticos, y redujo la física a física-matemática, descreyendo de la cientificidad de lo cualitativo. Fue un error, como señaló en su momento Sofía Vanni Rovighi en su Introducción al estudio de Kant.

Este sesgo fue introducido por Galileo con un acompañamiento de aseveraciones que lo enfrentó a la Iglesia. Al cabo de varios siglos, un epistemólogo posmodernista hace, paradójicamente, justicia a la Iglesia. Feyerabend ha dicho que en la polémica de Galileo con la Iglesia la que tenía razón era ella, y que ella fue mucho más razonable que el italiano en el pleito que mantuvieron. Estas palabras fueron repetidas por el Papa Benedicto XVI y, como le ha pasado otras veces, ha levantado críticas acerbas. Algunos racionalistas residuales de la Universidad romana de La Sapienza, no pudieron tolerar que desde la Iglesia, símbolo del oscurantismo, se ofendiera a Galileo, padre italiano de las modernas luces de la ciencia. Se pusieron furiosos contra el Papa, más de lo que lo están habitualmente, y lograron impedir que visitara esa Universidad, la cual, irónicamente, fue fundada por la Iglesia, la irredimible enemiga de la ciencia. Probablemente los protestarios no estaban al tanto de quién es Feyerabend, no precisamente un monseñor de la curia vaticana ni un Herr Professor alemán de teología, como Benedicto. En fin, echemos un manto de piadoso olvido a este mínimo caso de anticatolicismo, tan pueril como el protagonizado por Umberto Eco al intentar demostrar que son la religiones la verdadera causa de las guerras (lo exacerbó la Encíclica Spe Salvi, de Benedicto XVI, cf. La Nación).

Retomemos nuestro tema central: Boudon señala que reconocer el influjo del entorno socio-cultural en la ciencia no es algo que recién se conozca, no es algo propuesto por primera vez por el actual posmodernismo relativista. Lo propio de éste es su error –absolutamente nuevo en la historia del pensamiento humano–: deducir de la existencia de ese influjo la imposibilidad de la objetividad científica.

¿Por qué la sociología posmoderna del conocimiento ha franqueado ese límite? Es enigmático, pero Boudon propondrá explicaciones interesantes. Para declarar al relativismo científico actual fuera de combate no basta con señalarle que, como todo relativismo, comete una petición fundamental de principio. En efecto, si todo es relativo, al menos algo no lo es: “Que todo es relativo”, la cual es una proposición absoluta. Paradójicamente, este relativismo científico pretende haber realizado un análisis metódico y objetivo, y que sus conclusiones son verdaderas y demostrables, es decir científicas.

La “nueva” sociología del conocimiento

Es sugestivo que la nueva sociología del conocimiento, que implica una epistemología, tenga un apoyo intelectual muy débil, y que, sin embargo, se haya extendido tanto. Sus grandes expositores (cualesquiera sean sus diferencias) coinciden en el relativismo y el escepticismo respecto del saber. Boudon menciona, entre otros, a Kuhn,2 Feyerabend,3 Barnes4 y Bloor,5 entre quienes tal coincidencia es patente. Su éxito es innegable, a pesar de sus endebles argumentos. Boudon acierta al expresar que la obra de esta corriente de pensamiento, que levanta la bandera de un “adiós a la Razón”, pasa por ser para muchos una suerte de “evidencia”. En muchos círculos intelectuales se acepta como “definitivamente establecido” que la ciencia no puede lograr la “objetividad” que se autoatribuye. Tan grande es la fuerza persuasiva de la tesis relativista que es aceptada resignadamente incluso por los propios científicos. Una aceptación verdaderamente vergonzante. Merece la pena repetir lo paradójico del relativismo posmodernista, que se presenta como objetivamente evidente, es decir, con los caracteres científicos que le niega a la ciencia. Extraordinaria contradictio in terminis de todo sistema –o antisistema– relativista-escéptico.

La pregunta es: siendo conceptualmente débil, ¿cómo se ha impuesto de manera tan generalizada?, ¿cómo se explica semejante poder de convicción?

Las razones del éxito del programa posmoderno

¿Cómo se puede pretender, como hace el posmodernismo, que los mitos wagnerianos son explicaciones del mundo tan válidas como las teorías científicas y, lo que es más asombroso aún, cómo es posible que tal boutade sea rápidamente aceptada por el mundo intelectual? Boudon propone tres tipos de mecanismos explicativos: sociocognitivos, axiológicos y comunicacionales.

a) Efectos socio-cognitivos

Primero, Boudon pone límites precisos a lo que una conclusión científica cualquiera, en cualquier ciencia, tiene de inspiración coyuntural, proveniente del medio socio-cultural, y qué de auténtica argumentación racional. Ambas pueden co-existir, sin que se invaliden mutuamente.

Aunque no es el ejemplo que utiliza Boudon, podemos ver los derroteros que ha tomado la ciencia médica como un constante ir y venir de posiciones deterministas y positivistas, es decir, predominantemente analíticas, a posiciones más holísticas y sintéticas, más intuitivas, que comienzan a abrirse paso. El caso de las enfermedades psicosomáticas es ilustrativo. Un mal cualquiera, aun tan específico como el cáncer, puede ser visto como psicosomático o como un desarreglo de la máquina corporal, atribuible a determinismos físico-químicos, poco o nada influidos por las emociones o estados de ánimo, por la psicología o personalidad de los pacientes.

Ninguna de las dos hipótesis o teorías son excluyentes y sin duda su relativa prevalencia proviene de los efectos socio-culturales y las modas. Y la razón es sencilla: los sobreentendidos de cada época nos presionan en un sentido o en otro, sin que lo advirtamos claramente, lo que se agudiza por el hecho de que en todo objeto de estudio muy complejo es difícil su captación total así como establecer verdades apodícticas o altas probabilidades. Por eso en materia económica o política los gobiernos oscilan entre el liberalismo y el estatismo, porque el cúmulo de variables intervinientes es tal que no se puede establecer de manera definitiva qué es mejor de manera universal y necesaria, además de la cambiante realidad de su contexto. El péndulo oscilará de un extremo al otro. ¿Quién diría que la economía alemana durante el estatismo nazi no se desarrolló en pocos años de una manera asombrosa, o, por el otro lado, quién podría negar el asombroso dinamismo económico del liberalismo norteamericano, pese a las crisis y los ciclos? Estamos en el terreno de las opiniones (la doxa, los tópica), es decir, de lo probable, porque estamos en el ámbito de la praxis, sobre la que no se puede argumentar sino “por esquemas”, como decía Aristóteles.

Por supuesto, los juicios de probabilidad de ninguna manera son azarosos o infundados. Aristóteles reconoció su cientificidad, y las matemáticas actuales han desarrollado la disciplina correspondiente, la estadística, en uso también en física.

b) Efectos axiológicos

En materia estética, el caso de la música es interesante. Se puede gustar de los genios de la música más o menos según las épocas; hasta hay casos en que se los olvida por un lapso (pasó con Bach y con Vivaldi). Pero ¿quién se atrevería a decir de cualquiera de ellos que fue un inepto, un compositor menor o, peor, un descartable de la historia de la música? La “nueva” sociología parte de un programa también radical en materia estética, es decir, de una visión convencionalista de los valores artísticos. Para los nuevos relativistas, la apreciación estética no tiene ningún correlato objetivo. Los argumentos son de esta índole: en EE.UU., después de la última Guerra Mundial, Mozart fue tenido como un compositor menos importante que Beethoven durante bastante tiempo. Hoy ya no es así. ¿Por qué? ¿Cómo son posibles estas oscilaciones? Dicen los posmodernos: por razones de moda, de influjo del mercado, de “creencias”, es decir, de irracionalidades, porque para ellos las creencias son sencillamente irracionales. Boudon se ha encargado de mostrar que la calificación de irracionales aplicada a las creencias es gratuita. El mago de la tribu, al creer en que alguna cosa o acción hace llover, no se comporta de este modo porque sí. Lo hace porque no tiene razones para descreer.

Añadamos que, análogamente, nada es totalmente irracional en el ser humano, tampoco la locura, aunque de los que la padecen digamos que han perdido la razón. Los comportamientos de los locos no son absolutamente irracionales, sino que tienen un sentido, como ha mostrado la psicopatología. En materia de valoración estética, el juicio sobre lo que es más o menos bello, y los sentimientos de agrado o desagrado que esto provoca, es un fenómeno social oscilante, pero no todo lo es en esta materia. Basta para comprobarlo el hecho de que El Quijote sigue siendo un clásico (y lo fue, digamos, casi desde que apareció), Shakespeare un genio reverenciado como tal universalmente, aun por gente totalmente ajena a la cultura occidental; los clásicos del Siglo de Oro español siguen tan admirables como entonces. No hay pintor cuya obra se remate a precios comparables a los que logran los van Gogh, los Vermeer, los Goya. Y el mercado no es proclive a equivocarse en materia de avalúos.

Por cierto que todo tiene una vertiente subjetiva, pero no todo lo es absolutamente. Hay objetividades que solo a riesgo de renunciar al pensamiento y a la comunicación pueden negarse. Hoy en día se ha producido un fenómeno extraordinario: hoy uno puede parecer más original y vender más si escribe que “todo” es relativo, y si, además, lo hace con estilo y erudición (¿cómo?, ¿el buen estilo y la erudición son indefinibles o arbitrarios?). La pose escéptica pega en una cultura como la actual. La pregunta es: ¿por qué hoy es tan generalizadamente así?

Responder a esto es hoy imprescindible, porque el escepticismo se va tornando muy peligroso, de incalculables consecuencias, pues se ha trasladado al mundo moral. La viabilidad de la vida civilizada y el futuro de las nuevas generaciones están en juego, y, según puede percibirlo cualquiera, el relativismo moral no está conduciendo a nada bueno.

A mis alumnos propensos al subjetivismo (ya saben, eso de “es mi verdad”, “yo lo veo así”, etc.) yo solía preguntarles que, si todo es relativo al sujeto y su circunstancia (aquello de Ortega: “yo soy yo y mi circunstancia”, deformado, creo, o espero), ¿cómo se explicaban ellos que haya tantas cosas que se siguen considerando verdaderas en nuestra milenaria civilización, y en tantas otras, también milenarias? ¿Cómo es que hay tantos genios que siguen siendo considerados tales, por más objeciones, rechazos o correcciones que sus genialidades hayan recibido a lo largo de los siglos? ¿Por qué un concurso de matemática no lo gana cualquiera, aunque quepan dudas sobre si el primero no debió ser tercero y éste primero? ¿Cómo es que hay gente que tiene lo que en música se llama un “oído absoluto” y otros que no son capaces, por más que se ejerciten, de distinguir una nota de otra, o que von Karajan dirigiera sin partitura las más de 400 obras que retenía en su increíble memoria, y así al infinito? La lista de los más excelsos pensadores o filósofos de todos los tiempos no ha variado grandemente en cientos o miles de años. Allí aparecen obstinadamente Platón y Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, Kant y Hegel.

Un joven aficionado a la literatura, de mucho talento, me decía hace poco: El más grande poema épico que se ha escrito es el Éxodo. ¿Y no podríamos agregar acaso: la Biblia es el más grande monumento literario de todos los tiempos?

c) Relativismo y democratismo

Hay algo, debe haberlo, en la cultura actual que favorece el inusitado éxito del escepticismo radical respecto de la ciencia, el arte o la moral. Para explicarse el fenómeno, Boudon recurre a un modelo interpretativo debido a Tocqueville. Las explicaciones de este sociólogo clásico son a menudo luminosas. El sujeto social se adhiere a ciertas creencias porque ellas le permiten hacer coherentes proposiciones irrecusables (por ejemplo, proposiciones de hecho) con su adhesión a valores que percibe como fundamentales.

Sabemos que las teorías tienden a ser más aceptadas cuanto más avalan las “pasiones dominantes y generalizadas” de la gente, según la expresión de Tocqueville. Así, en una sociedad democrática, la igualdad es un valor fundamental. En consecuencia, las teorías que conducen a la conclusión de que todas las opiniones deben ser respetadas y tratadas igualitariamente, incluso ser consideradas como equivalentes, tienden a ser objeto de una atención selectiva y a ser retenidas en prioridad.

Este modelo, concluye Boudon, explica en gran medida por qué las teorías escépticas son hoy tan fácilmente acogidas. Si todo tipo de discriminación social está mal visto, es decir, si las discriminaciones son espontáneamente vividas como algo “injusto”, pronto llegan a resultar subconscientemente desagradables hasta las más obvias distinciones, por ejemplo, que haya ideas verdaderas e ideas falsas, obras bellas y obras feas, actos moralmente aceptables y otros no, y que se los pueda objetivamente distinguir. La tolerancia, la convivencia, la igualdad exigen que nos inclinemos a pensar, como dice el tango argentino, que “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor, Don Chichio (el mafioso) y Napoleón, Don Bosco y la Mignon (una madama)”. Cada uno, cada grupo, cada cultura o sub-cultura con “su” verdad, sin odiosas jerarquías que perturben la sagrada igualdad, sin desagradables juicios de valor.

Así las cosas, es lógico que no interese que el educador enseñe lo verdadero, lo bueno, lo bello. Interesa a lo sumo cómo lo hace, cómo enseña a respetar lo que cada cual quiera decir, creer o pensar. No se debe establecer división entre el que sabe y enseña y el que no sabe y aprende. Ese es el verdadero trasfondo del pedagogismo contemporáneo, que ha contribuido a que los adolescentes y jóvenes parezcan bárbaros maleducados.

Así, el distingo espontáneo entre hombre y mujer es denunciado como una funesta discriminación al servicio, consciente o subconsciente, de la dominación masculina. En los años 60 la crisis de género causó serios problemas de identidad femenina. Hoy –según se refleja en los consultorios psicológicos– hay una creciente inseguridad masculina, atribuible a una pérdida de identidad del varón debida a la indistinción de los roles de género, como dicen.

El igualitarismo contemporáneo va haciendo antipáticas e injustas las diferencias individuales, sociales, grupales y culturales. “Toda teoría que tiende a legitimar la igualdad de las culturas y sub-culturas tiende a ser tratada favorablemente”, dice Boudon (p. 38). Las diferencias éticas, estéticas y científicas tienden a ser consideradas como ilusiones. Negar valor al saber relativizándolo, aplanando las diferencias con el principio “todo es bueno”, puede resultar funcional para los sistemas de enseñanza en boga. Resultan más fáciles, menos conflictivos –pero, claro, por eso mismo, realmente aburridos.

Es difícil que el fenómeno no tenga algo que ver con la indiferencia juvenil ante este tipo de saber desvalorizado. Y aquí Boudon tiene juicios muy duros: si el saber está desvalorizado, si todo conocimiento se reduce a una interpretación provisoria siempre pasible de contestación, es mucho más fácil hacer de las calidades didácticas o metodológicas el criterio principal de evaluación del docente. Poco importa que él enseñe cualquier cosa o que no enseñe. Lo que interesa sobre todo es que “la cosa pase”. La pereza e indiferencia de los educandos es muy agradecida. Es un pedagogismo cómodo, sin duda. No interesa exigir que el docente sepa su materia, que se perfeccione en ese conocimiento y se actualice, sino importa más que sea “buen docente”, es decir, más que un enseñante, un compañero igualitario del juego pedagógico. Ni enseña, ni exige, ni evalúa. Todos deben pasar. “Ud. enseña demasiado”, criticaba un inspector a una docente después de observarle una clase. ¿Acaso no sintonizan estas opiniones con la suspicacia frente a la razón científica y técnica que se aprecia en el “ecologismo profundo”? No queda más que volver a la naturaleza y reptar (crawl back) como un buen salvaje. Estos sentimientos se instalan en el subconsciente colectivo y viene muy bien tranquilizar la conciencia con alguna teoría que ponga en duda la capacidad que tienen la ciencia, la ética, la estética, de alcanzar alguna objetividad, más allá de nuestras ganas y desganos, del esfuerzo, la disciplina, es decir, de aquellas odiadas “represiones” que –se acusa– causaron la infelicidad de las anteriores generaciones. Oí a un monseñor en París decir: A cuántos ha impedido la felicidad el cristianismo, dicho desde el púlpito.

Pero uno comprueba, a medida que esta ideología avanza, que las nuevas generaciones están más aburridas, más apáticas, más desgraciadas. Algunos sacuden su sopor volcándose a situaciones-límite de esfuerzo o de peligro, que es, al fin, un modo de desesperación suicida.

d) El rol de los comunicadores de masa

Y, por último, está el influjo de los “comunicadores” de masas. Ellos se inclinan por lo que perciben como el “viento de la historia”. Eligen la última novedad, porque la ley del periodismo es la eterna novedad, incapaz y desinteresado por tranzar entre la novedad (siempre sintonizada como mejor que lo anterior) y la verdad “objetiva” que, lo sabemos todos, no existe.

Conclusión

Repitámoslo: el relativismo escéptico se muerde la cola. Vendrá el momento en que él también sea visto como inseguro, subjetivo, e inservible. Por ahora sirve a muchos: demagogos políticos, sofistas pedagógicos, periodistas à la page haciendo carrera, mercaderes de variadas ilusiones, traficantes de abalorios y cuentas de colores. Sirve a los insaciables adictos de la figuración mediática, y, en fin, para mayor desgracia, tranquiliza la conciencia de los padres y docentes que no están dispuestos a sobrellevar el esfuerzo de educar. Hay un libro muy útil de la psicoterapeuta alemana Christa Meves que se titula, precisamente, La valentía de educar.6

En síntesis, la denuncia de Raymond Boudon es la de un hombre de bien que se resistió al vedetismo posmodernista y, me temo, sacrificó así la fama a la que su talento lo llamaba en aras de verdades fundamentales. No se piense que la obra de Boudon se inscribe en el pensamiento tradicional. Es un liberal inscripto en un racionalismo crítico, de fuerte base empírica. Su obra ha sido traducida al chino, al japonés, al árabe, obviamente al inglés, y a decenas de otros idiomas, pero la España actual (y la Argentina) se han abstenido de darla a conocer en español, salvo en mínima parte.

Notas del Autor

1 Reboredo, F. A., “De la relatividad al calentamiento global”, en La Nación, 31/01/08.

2 Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, México: Fondo de Cultura Económica, 1971.

3 Feyerabend, Contra el método, Barcelona: Ariel, 1981.

4 Barnes, Interest and the Growth of Knowledge, London: Routledge & Kegan Paul, 1977.

5 Bloor, Knowledge and Social Imagery, London: Routledge & Kegan Paul, 1980.

6 Meves, Ch., La valentía de educar, Santiago de Chile: Andrés Bello, 1995.