Las instrumentalidades del dinero: Ventajas y riesgos

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Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Universidad de Málaga
tmelendo@uma.es

Resumen

Supuesto el ser meramente instrumental del dinero, tratado en artículos precedentes, en este se analizan los diversos tipos de instrumentalidad que le corresponden. No tanto por un afán clasificatorio o tipológico, sino con la intención de captar con más hondura su índole de instrumento puro o de puro instrumento, es decir, su naturaleza cada vez más plena y exclusivamente instrumental. Un modo de ser que hace que, al margen de ese su valor como instrumento, se acerque enormemente a la nada: justo porque el bien de lo útil se sitúa “fuera de sí”. El dinero que es plenamente dinero, deja de ser cualquier otra realidad: no es nada más que dinero.

Palabras clave: Instrumento, Dinero, Igualación, Homogeneización, “Nada”.

The instrumentalities of money. Advantages and risks.

Abstract

Given the merely instrumental being of money, as is stated in previous articles, now we analyze the diverse kinds of instrumentality that corresponds to money. Not so much with a classificatory or typological desire, but with the intention to grasp more deeply the nature of being a pure instrument, that is, the fullest and exclusively instrumental nature of money. One way of being, regardless of its value as a tool, that makes it relatively close to nothing, just because the good its usefulness is situated “outside of itself”. The money that is fully money ceases to be any other reality: it is nothing more than money.

Keywords: Instrument, Money, Evening, Homogenization, “Nothing”.

Recepción del original: 16/03/13
Aceptación definitiva: 10/04/13


1. Dos aproximaciones complementarias

1.1. La cara externa: herramienta universal de trueque

Concluía el artículo precedente1 mostrando que el dinero goza de un ser instrumental, plena y exclusivamente instrumental. Interesa estudiar ahora la naturaleza o naturalezas de ese su ser como instrumento. Para ello conviene advertir que las que cabría calificar como “instrumentalidades” del dinero van surgiendo ante nuestra vista –y en la historia del dinero– en la medida en que este se torna más puramente instrumental.

Pero ¿cuál sería el sentido de esta última frase? Para comenzar a entenderlo, volvamos sobre lo visto en artículos anteriores y recordemos el que suele plantearse como el origen del dinero:2 facilitar el canje entre los distintos bienes que alguien necesita o desea, pero no puede o quiere conseguir por sí mismo.

1.1.1. Mercancía, dinero y moneda

Con independencia de que las cosas hayan sucedido exactamente de tal modo,3 la narración plástica o novelada de ese origen arroja luces sobre la naturaleza del dinero y, por analogía, de cualquier otro instrumento.

Que difícilmente un ser humano se basta a sí mismo, no requiere demostración. Que el modo de lograr lo que le falta haya acabado –o empezado– siendo el intercambio entre lo que le sobra, aunque lo haya producido para cambiarlo, y lo que otros tienen y él necesita, parece también universalmente admitido, al menos como hipótesis explicativa.4 Y existe asimismo un acuerdo general sobre los pasos que llevaron a inventar el dinero.

A modo de historieta, cercana a lo ilustrado por distintos autores: si en un momento dado los hombres trocaban una determinada cantidad de trigo o de hortalizas por gallinas o vacas, con las dificultades que implicaba el envío de las mercancías desde un destino a otro, más tarde advirtieron que algo menos voluminoso y pesado, utilizado en distintas proporciones, podía hacer las veces de todos y cada uno de esos bienes materiales, con lo que, al menos quien de momento estaba en posesión de ese algo, se ahorraba el esfuerzo y las incomodidades derivadas del transporte.5

Además, la mercancía que sobraba a uno de los que buscaban su canje coincidía muy pocas veces con el valor de lo que el otro estaba dispuesto o podía proporcionarle. Una vaca, por seguir con el ejemplo, podía equivaler a muchos más sacos de trigo que los que su dueño requería; y, si la intercambiabas por ellos, te quedabas sin nada que ofrecer a quien estaba en disposición de trocarla por la sal o el aceite, también necesarios. Parecía muy conveniente utilizar como medio para facilitar los cambios un tipo de mercancías fácilmente divisibles o troceables, sin que esa fragmentación supusiera una pérdida de valor en lo que había que re-partir. Con lo que esta nueva característica se sumó a la mercancía empleada como herramienta de trueque.6

Como la cosa parecía funcionar, el algo al que vengo aludiendo y que hoy llamamos dinero acabó por convertirse en instrumento de canje de prácticamente todas las mercancías sujetas a compraventa y de los servicios o acciones que otras personas decidían prestar también a cambio de dinero.

En ciertas épocas y/o lugares, ese instrumento tenía además un valor real no instrumental, cuyo paradigma ha sido representado durante siglos por el oro o, más todavía, por la plata,7 y de ahí que en algunos países exista una estrecha relación entre el nombre de esos u otros metales preciosos y la manera castiza de referirse al dinero: la plata de los argentinos, pongo por caso, el vil metal de diversos países de habla hispana o el parné de los gitanos, emparentado también con el color de la plata.8

En otros períodos de la historia y a partir de cierto momento de manera casi universal, el dinero no gozaba de valor intrínseco, sino que era más bien un mero signo del equivalente de ciertas mercancías, sustentado de ordinario por la posesión de riquezas no solo simbólicas: potencial bélico, trigo, oro, petróleo, energía de los distintos tipos y un gran etcétera. Se transforma entonces en el mediante simbólico9 de posesiones reales y, simultáneamente, en un símbolo de riqueza y de poder.10

Aquí podría encontrar ya lugar la clásica y certera distinción entre dinero y moneda, que Ramos Arévalo compendia con claridad y acribia: “El dinero es la medida universal de comparación del valor de cambio, y la moneda –el euro, el dólar, la libra…– es aquello que se intercambia. El dinero es la abstracción que permite medir la utilidad, y la moneda, su cuantificación”.11

La moneda, por tanto, además de poder no gozar de otro valor que el monetario, y precisamente por ello, requiere normalmente del aval de alguna institución con peso suficiente para garantizar el valor (dinerario) que posee.

1.1.2. La institucionalización del dinero

Pintorescamente lo expone Kant, señalando los momentos de esta mutación.

a) En primer término, con fingido asombro, narra la conversión de una determinada mercancía en dinero:

Pero ¿cómo es posible que lo que inicialmente era mercancía se convierta al final en dinero? Esto sucede cuando un poderoso y gran derrochador de una materia, que al comienzo la utilizaba para adorno y brillantez de sus siervos (de la corte) (por ejemplo, oro, plata, cobre, o una clase de conchas preciosas, cauris, o también como en el Congo una clase de estera llamada “macute”, o como en el Senegal barras de hierro y en la costa de Guinea incluso esclavos negros), es decir, cuando un soberano exige que la contribución de sus súbditos se haga en esta materia (como mercancía) y paga de nuevo con la misma materia a aquellos cuyo trabajo para procurarla ha de incitarse de este modo, si­guiendo las disposiciones del comercio entre ellos y con ellos (en un mercado o en una bolsa). —Solo así (a mi modo de ver) ha podido una mercancía convertirse en medio legal de intercambio del trabajo de los súbditos entre sí y, con ello, de la riqueza estatal, es decir, en dinero.12

b) Concepto de dinero, muy a la manera kantiana:

Por tanto, el concepto intelectual de dinero […] es el concepto de una cosa que, comprendida en la circulación de la posesión (permutatio publica), determina el precio de todas las demás cosas (mercancías) […]. Porque el precio (pretium) es el juicio público sobre el valor (valor) de una cosa en relación con la cantidad proporcional de aquello que es el medio universal, representativo, del intercambio…13

c) Finalmente, transformación del dinero en moneda:

—De ahí que, allí donde el comercio es grande, ni el oro ni el cobre se consideren propiamente como dinero, sino solo como mercancía: porque hay demasiado poco del primero y demasiado del otro para ponerlo fácilmente en circulación y tenerlo, no obstante, en partes tan pequeñas como es necesario para negociar con la mercancía, o con una cantidad de la misma, en una compra al por menor. De ahí que en el gran comercio mundial se tome la plata (más o menos mezclada con cobre) como el auténtico material del dinero y como patrón para calcular todos los precios; los restantes metales (y, por tanto, aún más las materias no metálicas) solo pueden encontrarse en un pueblo de comercio reducido. Los dos primeros, cuando han sido, no solo pesados, sino también sellados, es decir, provistos de un signo que indica por cuánto han de valer, son dinero legal, es decir, moneda.14

Smith presenta casi idéntica evolución, con otros detalles y matices. Vale la pena conocerlos, porque agregan alguna ilustración curiosa y sugerente.

a) Sobre el empleo de metales como medio de intercambio ya hemos adelantado los puntos capitales. Smith especifica cuáles eran inicialmente los metales comúnmente más usados:

Para este propósito se han utilizado diferentes metales en las distintas naciones. Entre los antiguos espartanos el medio común de comercio era el hierro; el cobre entre los antiguos romanos; y el oro y la plata entre las naciones mercantiles ricas.15

b) Explica luego con detalle la necesidad de que las monedas fueran “selladas” o acuñadas:

Al principio esos metales fueron empleados para esta finalidad en barras toscas, sin sello ni cuño alguno […]. Estas barras en bruto desempeñaron entonces la función del dinero.

El empleo de los metales en ese estado tan bruto adolecía de dos inconvenientes muy notables; primero, el problema de pesarlos, y segundo, el de contrastarlos.16

c) El cuño testifica la calidad del metal utilizado, y su uso en todas las partes externas de la moneda certifica su peso y, al acotarlo, las convierte en plenamente fiables:

Los primeros sellos públicos de este tipo estampados en los metales atestiguaban en muchos casos lo que era al mismo tiempo lo más difícil y lo más importante, la bon­dad y finura del metal, y se parecían a la marca esterlina que actualmente se graba en vajillas y barras de plata, o la marca española que en ocasiones se estampa en los lingo­tes de oro y que, al estar fijada en un solo lado de la pieza y no cubrir toda su superficie, certifica la finura pero no el peso del metal […].

Los inconvenientes y dificultades de pesar estos metales con precisión dieron lugar a la institución de las monedas; se suponía que su sello, que cubría por completo ambas caras y a veces también los bordes, garantizaba no solo la finura sino también el peso del metal. Esas monedas, como ahora, fueron recibidas por cuenta, sin tomarse la molestia de pesarlas.17

Como ocurre a menudo, Aristóteles había anticipado, con suma concisión, los momentos esenciales de este proceso:

Cuando se dependió más del exterior para importar lo necesario y exportar lo que se tenía en abundancia, la necesidad hizo que se ideara la utilización del dinero por no ser fáciles de transportar todos los productos naturalmente necesarios. Por eso convinieron en dar y recibir recíprocamente en sus cambios algo que, siendo útil en sí mismo, fuera además de fácil manejo para la vida, como el hierro, la plata o algo semejante. Al principio determinaron su valor simplemente por su tamaño y peso, y por último le imprimieron un cuño para ahorrarse el trabajo de medirlo, ya que el cuño se puso para significar el valor.18

1.1.3. La mediación generalizada

Ahora bien, en la proporción en que lo susceptible de intercambio va aumen­tando –en que crecen las mercancías sujetas a compraventa, también porque mejoran los medios y la capacidad y el afán de producirlas y transportarlas–, el dinero adquiere el valor de instrumento universal de inter-cambio: prácticamente todo puede obtenerse a cambio de dinero.

Veámoslo de nuevo con palabras de Kant, que permiten confirmar rasgos constitutivos del dinero no considerados hasta el momento; entre otros que, justo en cuanto dinero, no compone propiamente una mercancía:

El dinero es una cosa, que solo es posible usar enajenándola. Ésta es una buena definición nominal (según Achenwall), es decir, una definición suficiente para distinguir esta clase de objetos del arbitrio de todos los demás; pero no nos aclara nada sobre la posibilidad de una cosa semejante. Sin embargo, vemos a partir de ahí, en primer lugar, que esta enajenación, en el intercambio, no se proyecta como donación, sino como adquisición recíproca (mediante un pactum onerosum); en segundo lugar, que, puesto que lo concebimos como un simple medio de comercio universalmente aceptado (en un pueblo), carente en sí de valor, por contraposición a una cosa como mercancía (es decir, a aquello que tiene un valor y se refiere a la particular necesidad de uno u otro en el pueblo), representa todas las mercancías.19

La misma idea, llevada hasta el paroxismo, al que aludiré en otro artículo, y con las connotaciones ideológicas que podrían esperarse, ha sido magníficamente expuesta por Marx:

El dinero, en cuanto posee la propiedad de comprarlo todo, en cuanto posee la propiedad de apropiarse todos los objetos es, pues, el objeto por excelencia. La universalidad de su cualidad es la omnipotencia de su esencia; vale, pues, como ser omnipotente…, el dinero es el alcahuete entre la necesidad y el objeto, entre la vida y los medios de vida del hombre. Pero lo que me sirve de mediador para mi vida, me sirve de mediador también para la existencia de los otros hombres para mí. Eso es para mí el otro hombre.20

Afirmaciones que resultan extrema y artísticamente amplificadas y reforzadas con la cita del Fausto que Marx introduce a continuación:

¡Qué diablo! ¡Claro que manos y pies,
y cabeza y trasero son tuyos!
Pero todo esto que yo tranquilamente gozo,
¿es por eso menos mío?
Si puedo pagar seis potros,
¿No son sus fuerzas mías?
Los conduzco y soy todo un señor.
Como si tuviese veinticuatro patas.21

Más adelante volveré sobre este punto. Prosigo mientras tanto mi propia exposición.

1.1.4. Descubridor de nuevas virtualidades

Manteniéndolos en retaguardia, prescindo de momento de los límites éticos inherentes a la compraventa, que los seres humanos han siempre entrevisto con mayor o menor claridad, e intento señalar un aspecto de la universalidad del instrumento-dinero.

Afirmaba en un artículo previo que el dinero equivale a muchos instrumentos –virtualmente, a todos–, porque gracias a él puedo lograr lo que conseguiría si poseyera y supiera usar las herramientas en cuestión. Añado ahora un nuevo matiz, que no carece de relevancia: el último valor que resta a un instrumento,22 cuando ya no le queda ningún otro, es justo la posibilidad de permutarlo por una realidad distinta, su valor de cambio, según la terminología establecida.23

Solo a modo de ejemplo: si me mudo de una casa de campo toscamente pavimentada al quinto piso de un edifico en el centro de la ciudad, mi cortacésped recién estrenado pierde todo el valor instrumental que para mí tenía, pero conserva aún el que le otorga la capacidad de cambiarlo por una enceradora, inútil en la antigua vivienda, pero imprescindible en la nueva, cuestión que hoy se ve enormemente facilitada por los centros de compraventa y multiplicada a través de Internet. Y esto es válido asimismo –al menos en bastantes casos– cuando se trate de una herramienta que ya nadie emplea, pero que quizá haga las delicias de un coleccionista de ese tipo de aparatos o de quienes reciclan la chatarra o negocian con ella.

Con lo que el dinero no solo se manifiesta como instrumento poderoso, sino que ayuda a descubrir la instrumentalidad o utilidad virtual de objetos que parecían ya del todo inaprovechables: todavía sirven para lograr otros distintos, que sí resultan útiles (y más cuando el “paso” entre ellos se encuentra mediado por el dinero, que permitiría trocarlo por cualquier otra realidad a la que se ponga un precio).

1.2. Su condición de posibilidad: abstracto e igualador

Una nueva característica del dinero, a la vez positiva y no exenta de riesgo,24 se advierte al sustituir la palabra universal por el término intelectual o, mejor, acudiendo a la propiedad que lo conocido adquiere en nuestro entendimiento en cuanto está siendo conocido o re-conocido, por el vocablo abstracto, que dista mucho de ser estricto equivalente de los anteriores y que incluso llega o no tener mucho que ver con ellos cuando se concibe, como suele hacerse en la actualidad, no tanto como modo superior de conocer, sino en una acepción impropia y claramente peyorativa: en resumen, frente al mejor sentido clásico del término –para el que la abstracción suponía una ganancia cognoscitiva, mediante una elevación del objeto y de la correspondiente facultad–, hoy hablamos de abstraer de algo para afirmar que no lo tomamos en consideración, que prescindimos de ello.

1.2.1. Una visión de conjunto

También yo, al utilizar la última voz –abstracto–, siguiendo el uso al que acabo de aludir, quiero subrayar, por ejemplo, que el dinero deja a un lado muchísimos factores que sí poseen los objetos particulares que con él pueden adquirirse, sean o no instrumentos en sentido estricto. Y, además, que ese carácter inconcreto e incompleto aumenta conforme el dinero acentúa su índole meramente simbólica y elimina el valor real-no-simbólico que poseían o poseen los materiales que, a lo largo de tiempo, han servido como soporte del dinero: por ejemplo, la antigua sal,25 las posteriores baratijas, las monedas o incluso los simples billetes.26 Es decir, se incrementa en la precisa proporción en que también él mismo va tornándose menos real o, si se prefiere, pues es más exacto, menos material y más puramente ideal o conceptual.

El dinero, por consiguiente, carece en acto de las propiedades o particularidades –de las posibilidades de acción– que poseen los restantes instrumentos, pero las engloba a todas en potencia.

Aunque no sería necesario, me explico, comenzando por lo más sencillo y menos significativo: mientras con un ordenador puedo realizar un conjunto inmenso pero limitado de operaciones, con el dinero que me costaría, mientras no lo invierta en algo particular, podría llegar a adquirir muchos otros utensilios, susceptibles de uso muy distinto, o pagar a quienes los poseen para que realicen lo que yo quiero. Eventualidad que se multiplica, como es obvio, conforme aumenta la cantidad de dinero en mi haber y que es una de las razones del atractivo del dinero; también utilizado legítimamente, su posesión me hace experimentar la sensación de poder: de poder realizar multitud de acciones o, más bien –y es asimismo positivo y arriesgado–, de lograr que personas muy distintas se pongan a mi servicio para llevar a término esas operaciones y otras muchas. Volveré sobre este aspecto.

1.2.2. Sin marca de origen

La condición abstracta del dinero se manifiesta, además, al advertir que no lleva inscrita la marca de origen –non olit, según suele decirse–, que añade o quita valor-bondad a otras realidades.

Un ejemplo paradigmático y de todos conocido se encuentra en el Evangelio. Cuando Jesús sostiene que el óbolo de la viuda vale mucho más que lo que han depositado todos aquellos a quienes les sobra el dinero, sin duda está realizando una valoración no-económica, sino muchísimo más honda y enaltecedora: antropológica, por emplear la terminología al uso, o, más aún, espiritual. Pero para los administradores del templo, a la hora de hacer frente a los gastos que este lleva consigo, el valor añadido derivado de la generosidad de la persona que dio la pequeña limosna se esfuma por completo. Ni siquiera cabe distinguir si quien hizo la ofrenda fue alguien con muchos medios o con pocos: por desgracia, algunas personas pudientes no destacan por la cuantía de sus ofrendas; y, gracias a Dios y a su correspondencia, bastantes con pocos recursos son sumamente espléndidas, por lo que la cuantía entregada no sirve como factor de discernimiento o juicio.

Desde semejante perspectiva, y estimo que con razón, ha podido afirmarse que el dinero, e incluso el trabajo al que habitualmente se encuentra ligado, más que revelar el talento y el esfuerzo de sus artífices, o al mismo tiempo que lo hace, también disimula cuanto existe “detrás” de él y, con frecuencia, en esferas más amplias –justo por su carácter homogéneo e igualador–, “enmascara las relaciones de fuerza características de una sociedad en un momento dado”.27

Pero como ni remotamente querría ofender a los lectores extrapolando semejante juicio a las distintas situaciones de la vida cotidiana, volveré a expresarme en primera persona. Cuando realicé los primeros presupuestos en mi Universidad y comencé a disponer del dinero recibido, tuve que preguntar en Gerencia si era imprescindible que la cantidad gastada coincidiera exactamente con la partida a que la había asignado; la respuesta, obvia y muy favorable para mí, fue, más o menos: “¡No hombre!, con tal de que al final los números cuadren…”28

1.2.3. Desrealizador

Pienso que no tengo que explicar que, al menos ese dinero, es claramente abstracto. Y tampoco los peligros que esto lleva consigo, que cabría resumir con un término, cuyo alcance, según veremos, es difícil exagerar: des-realización. Pues, en cuanto relativas al dinero –y más en la medida en que más se refieren preponderante o exclusivamente a él, que es lo que ocurre conforme crece la importancia del dinero en cuanto tal–, las diversas realidades resultan des-realizadas: su naturaleza y su bondad intrínsecas y configuradoras son sustituidas por su mero valor económico, por lo que devienen objeto de compraventa.

Para intuirlo, basta una sugerencia de Aristóteles, expuesta como de pasada, precisamente al distinguir entre el valor de uso –al que califica de natural o propio– y el de cambio, que parecería entonces artificial e impropio:

Todo objeto que se posee puede utilizarse como tal de dos maneras, pero no en el mismo sentido; una utilización es adecuada al objeto, y la otra no, por ejemplo, la utilización de una sandalia como calzado y como objeto de cambio. Las dos son, en efecto, utilizaciones de la sandalia, y el que cambia una sandalia al que la necesita por dinero o por alimentos utiliza la sandalia en cuanto sandalia, pero no con la utilización que le es propia, pues la sandalia no se ha hecho para cambiarla.29

También lo afirma Marx, expresa y radicalmente: “Como valores de uso, las mercancías son sobre todo de calidad diferente, como valores de cambio solo pueden ser de cantidad diferente, esto es, no contienen ni un átomo de valor de uso”.30

“Ni un átomo de valor de uso”, es decir –en virtud de la abstracción que se lleva a cabo–, ninguna cualidad particular y concreta que diferencie del resto a esa “mercancía”. Es lo que sugieren estas otras palabras, referidas al valor de cambio, que Marx denomina a menudo, simplemente, valor:

Esta cosa común no puede ser una propiedad geométrica, física, química o cualquier otra propiedad natural de las mercancías. Sus cualidades corporales solo entran en consideración, generalmente, en cuanto las hacen útiles, esto es, en cuanto las convierten en valores de uso. Mas, por otra parte, es precisamente la abstracción de sus valores de uso lo que caracteriza evidentemente la relación de cambio de las mercancías. Dentro de ella, un valor de cambio vale tanto como cualquier otro solo si existe en la proporción suficiente. O, como dice Barbon: “Una clase de mercancías es tan buena como la otra, si su valor de cambio es igual. No hay ninguna diferencia o distinción entre cosas de igual valor”.31

La cita con que concluye Marx es suficientemente explícita y sugerente respecto al efecto desrealizador del dinero que intento poner de manifiesto. De manera aún más formal, lo expone Millán-Puelles:

Pero ya ese “algo uno que conmensura” implica, en cualquier caso, una abs­tracción. Su manera de ser conmensurante estriba en constituirse como cierta “medida universal”. A estos efectos, es bien significativo que una tal abstracción deba inicialmente señalarse en la necesidad de prescindir de la jerarquía objetiva de las cosas [de su ser] a la hora de valorarlas económicamente. De lo contrario, habría que decir, con un clásico ejemplo, que un ratón, por ser un animal, debe tener más precio que una perla, que es tan solo un simple ser inanimado.32

Más drásticas, aunque menos precisas, son las palabras de Mathieu que califican al dinero de estrictamente ideal o, todavía, de meta-físico, entendido justo como lo que, de por sí,33 carece de cualquier referente físico y, por lo mismo, resulta arduo nombrar.34

En resumen, y se trata de una de las ideas centrales de todo el estudio, en la medida en que una civilización incremente la importancia concedida al dinero, lo que se irá haciendo fuerte en ella –desplazando la riqueza multiforme del resto de los existentes, incluida la persona humana– es algo que, de por sí, incluye el mínimo y más indeterminado valor ontológico o real, hasta el punto que puede equipararse a la nada.

Aunque no acabe de comprenderla, pido al lector que procure conservar en su memoria la verdad que acabo de enunciar, pues irá mostrando su alcance conforme avancemos en nuestro análisis.

2. Ambigüedades constitutivas

2.1. Por su propia naturaleza

Junto a sus innegables beneficios, hay, por tanto, dos factores sumamente delicados en el dinero, sobre todo cuando se considera desde una perspectiva metafísica, que atiende a la bondad real de cada componente del universo:

a) El que, para transformarlo en mensurante y adquisitivo general-genéri­co, sea necesario prescindir del valor ontológico-real de lo que con él se relaciona.

A ello se refiere, eludiendo toda valoración positiva o negativa,35 Ramos Arévalo. En primer término, lo describe genéricamente:

El mercado basado en el trueque genera muchos problemas. La solución que se inventa el ser humano para resolver el problema del trueque ha mostrado tener gran efectividad. El recurso para facilitar el intercambio de mercancías no homogéneas es utilizar un tercero que haga de intermediario. La mejor forma de poner de acuerdo a dos que no se entienden por hablar distintos idiomas, es disponer de un tercero que haga de traductor. En el caso del intercambio, el dinero es el concepto –el traductor–, la mediación en la comparación entre mercancías, y la moneda es lo que se utiliza para realizar la mediación, el intermediario. El dinero facilita que todas las mercancías, los bienes y los servicios tengan una medida común que permita su comparación para el intercambio, que hablen el mismo idioma. Y ese algo común es el dinero.36

De inmediato, especifica:

Para ser ese algo común, lo que se consigue con el dinero es prescindir de todas las características que hacen que los diversos bienes sean distintos. El dinero tiene su origen en la capacidad de abstracción que posee el hombre por su forma de conocer. La misma capacidad de abstracción que permite inventar el lenguaje, permite que inventemos el dinero. Y esa capacidad se da en los hombres de distintos lugares y culturas.37

b) El segundo peligro inscrito en el dinero consiste en que su universalidad virtual se extienda a realidades no “mercantiles” o intercambiables: las que no tienen precio, sino dignidad.38

En un clásico sobre nuestro tema, ya citado, Maeztu expone con finura y carácter universal el riesgo que lleva consigo la abstracción del dinero, el hecho de separarlo, conceptual y vitalmente, de los restantes elementos y relaciones que componen la vida humana.

Maeztu expone, en primer término, las dos maneras en que cabe considerar el dinero, en función del modo como se utiliza:

Frente al sentido que tiene del dinero el hombre sensual medio, que dicen los franceses, y que es el que yo llamo natural, ha de alzarse el que tenga el hombre espiritual, que es también el reverencial o reverente, el cual ha de percibir también, y preferentemente, en el dinero el bien que con él puede hacerse, la libertad que con él pueda conquistarse, el poderío que permite alcanzar, a condición de que no se malgaste en satisfacciones puramente sensuales.39

Y agrega de inmediato el juicio al que antes aludí:

En suma, lo que significa el sentido reverencial del dinero es que nuestra actividad económica no debe separarse del resto de la vida, que es lo que hizo precisamente Adam Smith (por lo cual me parece hasta providencial que se llamase Adam), cuando dijo aquello de que no debemos esperar nuestra comida de la benevolencia del panadero, el carnicero o el lechero, sino de su egoísmo.40

2.2. Por el contexto cultural

Las cursivas de la cita son mías y revelan, como ya he medio expuesto y todavía consideraremos, una de las claves más hondas y cotidianas de la crisis actual: la des-vinculación, fragmentación o pérdida de unidad de lo real y, muy especialmente, de la persona y de sus actitudes y actividades.

En semejante sentido, según vengo repitiendo, la referencia universal y persistente al dinero revela y, al mismo tiempo, propicia o alimenta un rasgo que, como también he dicho, resulta común al comportamiento humano en las últimas centurias, en sus más variados aspectos.

Así lo expone Cardona, haciéndolo depender, al menos parcialmente, de la naturaleza de la educación que hoy se imparte:

La consecuencia más lamentable de esa situación es la desintegración de la humanidad de la persona: sus conocimientos teoréticos y prácticos –tanto los recibidos como los adquiridos– permanecían de esta manera, y siguen permaneciendo en mi opinión, en compartimientos estancos, incomunicados entre sí e incapaces de dirigir y regular de modo inteligente la totalidad de la conducta.41

Weil, por su parte, lo expresa en términos de desarraigo, una característica especificadora de los tiempos más cercanos, según acabo de sugerir:

El segundo factor de desarraigo es la instrucción tal como se la concibe hoy. El Renacimiento provocó en todas partes una escisión entre las gentes cultivadas y la masa; pero, aunque separó cultura y tradición nacional, al menos sumergió a la cultura en la tradición griega. Más tarde, sin haberse renovado los lazos con las respectivas tradiciones nacionales, también Grecia fue olvidada. De ello resultó una cultura desarrollada en un ámbito muy restringido, separado del mundo, en una atmósfera cerrada; una cultura considerablemente orientada a la técnica e influida por ella, muy teñida de pragmatismo, extremadamente fragmentada por la especialización y del todo privada de contacto con este universo de aquí abajo y de apertura al otro mundo.42

Poco después, manifiesta sus “frutos” en el momento propiamente actual:

Lo que hoy llamamos instrucción de masas consiste en tomar esta cultura moderna elaborada en un ámbito así de cerrado, de viciado, de indiferente a la verdad, quitarle cuanto aún pueda contener de oro puro, operación denominada vulgarización, y hornear el residuo tal cual en la memoria de los desgraciados que desean aprender, a la manera que se da alpiste a los pájaros.

De otro lado, el deseo de aprender por aprender se ha vuelto muy raro.43

Guénon lo dibuja de manera más movida, pero dotada de hondura, cuando sostiene que la novedad por excelencia de los últimos tiempos es la agitación y la velocidad, a las que liga coherentemente el predominio de lo físico, fácilmente fragmentable y tendente a la dispersión:

En efecto, ese es el carácter más visible de la época moderna: necesidad de agitación incesante, de cambio continuo, de velocidad siempre creciente como la que preside el desarrollo de los acontecimientos. Es la dispersión en la multiplicidad, y en una multiplicidad que no está ya unificada por la conciencia de un principio superior; es, en la vida corriente como en las concepciones científicas, llevando el análisis al extremo, la fragmentación indefinida, una verdadera disgregación de la actividad humana en los órdenes en que todavía se puede ejercer. […]. Esas son las consecuencias naturales e inevitables de una materialización cada vez más acentuada, pues la materia es esencialmente multiplicidad y división […]. Cuanto más se ahonda en la materia, más se acentúan y amplifican los elementos de división y oposición. A la inversa, cuanto más nos elevamos hacia la espiritualidad pura, más nos aproximamos a la unidad, que no puede realizarse plenamente más que por la conciencia de los principios universales.44

Y agrega, dando de nuevo en el clavo:

Lo más extraño es que se buscan el movimiento y el cambio por sí mismos, y no por algún objetivo al que puedan conducir; este hecho es la consecuencia directa de la absorción de todas las facultades humanas por la acción exterior, cuyo carácter momentáneo señalamos anteriormente. Es la dispersión considerada bajo otro aspecto y en una fase más acentuada: es, por decirlo así, como una tendencia a la instantaneidad que tiene por límite un estado de desequilibrio puro…45

A lo que conviene añadir que semejante segmentación tampoco es del todo ajena al dinero, como estoy advirtiendo, sino que la absolutización de este inclina poderosamente, de manera análoga a como el dinero prescinde de las cualidades de los restantes instrumento, a aislar del resto de nuestra biografía aquello que realizamos puramente por dinero: “los negocios son los negocios” –nada más, por tanto–, y existe una tendencia generalizada a convertirlo todo en negocio estricto y puro, desvinculado legítimamente –así se opina– del resto de nuestras actividades… incluso de las demás realizadas por dinero.

Antes de seguir adelante, quisiera dejar claro que esta verdad es hoy tan cierta que ha servido a Bruckner para definir el capitalismo como tal:

El capitalismo es ante todo la promoción de la economía como ciencia autónoma, disociada de toda referencia religiosa, ética, política, contemporánea de la emergencia y triunfo del individualismo (Louis Dumont) […]. A partir de la Ilustración, la lógica económica conquista poco a poco un derecho de soberanía sobre las demás actividades, con la esperanza, propia de algunas corrientes doctrinales del siglo xviii, de reconciliar la moral y el interés, el progreso técnico y el espiritual, el comercio y la virtud: reunión de todos los órdenes humanos en una única esfera convertida en valor supremo.46

Algo muy similar sostiene Gorz, desde su propia perspectiva y con los armónicos que por fuerza la acompañan: “La organización científica del trabajo industrial ha sido el esfuerzo constante por separar el trabajo, en tanto que categoría económica cuantificable, de la persona viviente del trabajador”.47

Y, con suma eficacia, Grimaldi otorga a esta afirmación carácter casi universal, extendiéndola significativamente desde Smith hasta Weil:

Desde Adam Smith hasta Simone Weil, todos los observadores han descrito como “inseparable de la división del trabajo, esta pérdida de facultades del cuerpo y del espíritu” que Marx había denunciado, y del que había buscado las causas. Por distintos que sean, todas son reductibles a alguna separación.48

Moviéndome de nuevo en un ámbito cercano, lo muestro una vez más en primera persona. Hace no demasiados días pedí a uno de mis proveedores varios elementos necesarios para el grupo de investigación que coordino; algunos de ellos eran inventariables, lo que implicaba que en la Universidad debía dejar constancia de dónde y quién utilizaba esos instrumentos; sin que yo mencionara ni de lejos la posibilidad a que ahora me referiré y sin nunca haber sentado un precedente en tal sentido, uno de los empleados me llamó a los pocos minutos para preguntarme si no prefería que, en lugar de esos elementos inventariables, en la factura hiciera constar otros, de carácter consumible, por lo que ya no tendría que dar cuenta a nadie de nada: al ser medida solo por su precio –que es lo que ocurría a efectos de contabilidad o financieros–, cualquier realidad equivale a otra, ninguna tiene un ser propio al que no pueda-deba renunciar.

2.3. Por su grado de “instrumentización”

Como sugerí, cuanto vengo sosteniendo sobre el dinero como instrumento, y sobre las ventajas y peligros que lleva consigo, se acrecienta en la medida en que se va haciendo más puramente instrumental.

Y así, cuando el dinero no era todavía dinero en sentido estricto (menos aún, moneda), sino mercancías intercambiables, esas realidades poseían una naturaleza propia y un valor en sí –uno siempre puede seguir comiendo gallinas y sus derivados, aunque esté harto de unas y otros, si no encuentra nadie que se los cambie por trigo o centeno–, mientras que su valor o amplitud como instrumento de trueque estaba reducido:49 por poner un ejemplo simplón, para cambiar las gallinas por algo distinto es preciso hallar a alguien interesado por las gallinas –que, en el supuesto que nos ocupa, no dejan de ser gallinas–, mientras que prácticamente todo el mundo está dispuesto a aceptar dinero a cambio de cualquier cosa, pues con él también puede comprarse casi todo.

Pero ese valer en sí, que le restaba poder como instrumento, implica además otras dificultades desde el punto de vista de la eficacia económica y, sobre todo, financiera o, más aún, de especulación, también en el sentido negativo de este vocablo: como ya dije, mientras el dinero no era tal, sino una mercancía determinada, resultaba muy difícil transportarlo, pero también ocultarlo, blanquearlo, hacerlo desaparecer por un tiempo, enviarlo al otro extremo de la tierra apretando simplemente una tecla del ordenador…

El dinero que se reduce a la mera anotación en una cuenta bancaria, que puede incluso jamás convertirse en billetes, cheques, valores, bonos… o en otra cosa que una nueva anotación en un lugar diverso,50 resulta fácil de blanquear. Piénsese, por el contrario, cómo podrían “blanquear” los cuatreros las 300 o 400 reses que acababan de robar o el cacique de determinado país las posesiones en tierra y edificios de los que se ha adueñado.

De manera análoga, la moneda metálica y el billete conservan todavía algún valor utilitario, e incluso económico, además del que le es propio como dinero: algunas monedas, con el paso del tiempo, valen más en virtud del metal que las compone que lo asignado por el órgano competente; además, pueden servir de adorno o de pisapapeles y apasionar a ciertos coleccionistas, dispuestos a desembolsar por ellas grandes sumas. Y ¿quién no ha anotado en un billete, cuando no tenía otro papel, un nombre, una dirección o un número de teléfono imprescindibles? No obstante, puesto que su carácter de instrumento universal resulta mayor que el de la mercancía pura y dura, es más fácil transportarlo, enviarlo rápidamente de un lugar a otro, hacerlo desaparecer, ocultarlo ante los agentes de la ley o los amigos necesitados, siempre a la caza de quien tiene posibles, etc.

Y esa movilidad, según sugerí, aumenta de manera extraordinaria cuando el dinero se reviste de una de las modalidades más meramente instrumental-ideal que ha adoptado hasta el momento: la de simple anotación en una cuenta bancaria, en la bolsa, etc. Allí se esfuma casi del todo su marca de origen (de lugar, de procedimiento de obtención, de itinerarios por los que llegó hasta mí…), con lo que facilita tanto la rapidez de los negocios e intercambios como los fraudes que puedan llevarse a cabo con él.

¿Por qué? En última instancia –estimo conveniente subrayarlo– porque contamina, con su carácter abstracto y desrealizador, a cuanto se relaciona con él, incluidas las personas, que así quedan sumidas en el anonimato.

Como es sabido, estamos ante uno de los factores que más facilitaron el escándalo de los títulos relativos a las hipotecas subprime. Lo explica Ferguson:

Estos valores subprime, reempaquetados ahora como obligaciones de deuda colateralizada (cdo, por sus siglas en inglés), se transformaban, pasando de ser créditos de alto riesgo concedidos a prestatarios poco fiables a convertirse en valores de primera calidad calificados como triple A. Lo único que hacía falta era la certificación de una de las dos entidades de calificación dominantes, Moody’s o Standard & Poor’s, de que al menos la capa superior de aquellos títulos era improbable que afrontara un impago. Se aceptaba que las capas inferiores “entresuelo” y “neto” tenían un riesgo más elevado, pero también devengaban intereses más altos.51

Y subraya, con fuerza:

La clave de esta alquimia financiera era que podía haber miles de kilómetros entre los prestatarios hipotecarios en Detroit y la gente que acababa recibiendo el dinero de sus pagos de intereses.52

En resumen: el dinero se va tornando más propiamente dinero, mostrando con mayor vigor su naturaleza y acentuando sus propiedades directa y estrictamente dinerarias, en la exacta proporción en que acentúa su índole exclusiva y excluyentemente instrumental-ideal o instrumental-universal, en detrimento de su soporte físico: cuando, por ejemplo –remontándonos en la historia–, comienzan a cobrar vida “a) las transacciones intrabancarias e interbancarias que no requieren efectivo, b) la reserva parcial bancaria, y c) los monopolios de la emisión de billetes por parte de los bancos centrales”. A partir de ese instante, el dinero debe dejar de concebirse como “un metal precioso que había sido desenterrado, fundido y acuñado en forma de monedas”, y comienza a ser representado por “la suma total de unos pasivos u obligaciones concretas (depósitos y reservas) contraídas por los bancos”,53 que conservarán parte de él como oro hasta que, muy avanzado el siglo xx, también desaparezca ese último y ya anacrónico residuo.54

Supresión tremendamente reveladora, por cuanto la esencia del dinero se cumple por completo –es dinero puro– cuando desaparece el soporte en que viaja o al que se asocia, convirtiéndose, con palabras de Ferguson, que encierran sin duda un deje de imprecisión o de metáfora, en nada:

El carácter intangible de la mayor parte del dinero actual es probablemente la mejor evidencia de su verdadera naturaleza. Lo que los conquistadores hispanos no supieron entender es que el dinero es una cuestión de creencia, incluso de fe: de creencia en la persona que nos paga, de creencia en la persona que ha emitido el dinero que emplea para hacerlo o en la institución que respalda sus cheques o transferencias. El dinero no es metal. Es confianza inscrita. Y no parece que importe demasiado dónde se haya inscrito: en plata, en arcilla, en papel o en una pantalla de cristal líquido. Todo puede servir como dinero, desde las conchas de cauri de las Maldivas hasta los enormes discos de piedra utilizados en el atolón de Yap, en el Pacífico Y también parece que ahora, en esta era electrónica, a la vez nada pueda servir como dinero.55

En un contexto más teorético, menos historiográfico y ya del todo preciso, lo señala también Mathieu, especificando el sentido de esa “nada”; se trata, como he sugerido, de nada determinado o de nada existente en este momento, pero realizable en el futuro:

Está claro que, por lo que respecta al dinero, lo esencial es el no referirse a nada (determinado); o bien, si esta referencia existe, lo esencial es que la pierda […]. Pues el dinero ha de ser el signo de una cosa que no existe todavía, pero que existirá: de una prestación todavía indeterminada, por parte de un proveedor todavía indeterminado. De otra forma, no sería dinero.56

La indiferenciación tiende a crecer, entonces, a medida que el dinero va siendo “más propiamente dinero” y, por consiguiente, aumenta su importancia en el engranaje social.

2.4. Por su formidable virtualidad

Contra lo que pudiera recelarse, ninguno de los factores aducidos transforma el dinero en algo malo. Ya he repetido lo contrario y volveré a hacerlo. Ahora quisiera añadir, con un toque de ironía, que el dinero es bueno, incluso, desde el punto de vista económico-financiero.

¿Motivos? Entre otros, y en la misma proporción en que se constituye más formalmente como dinero, engloba y condensa en sí una dimensión temporal, que facilita enormemente su uso y multiplica de manera exponencial su eficacia.57 En semejante sentido, cabe sostener que “el dinero es una de las formas de trascender el tiempo, de superarlo, de recoger el pasado y trabajar con el futuro”.58 O, si se prefiere, de rebasar humanamente –y, por tanto, de manera parcial– la temporalidad propia del ser humano.59

Y tal cosa sucede, como sugería, en la proporción en que el dinero lo es más formalmente, esto es, en que se convierte en medio de pago –función esencial y constitutiva del dinero-dinero–60 y, por consiguiente, en depósito de valor o riqueza,61 que es lo que, en sentido estricto, caracteriza al capitalismo:

El capitalismo es prácticamente un sinónimo de la existencia de dinero-capital en forma de deuda bancaria que financia la producción, el consumo y la especulación. En una economía capitalista hay dos partes relativamente autónomas –la monetaria y la material– que están entretejidas en una relación de interdependencia delicada. La innovación tecnológica solo puede ser dinámica si se asume el riesgo de financiarla para un futuro incierto. Es esta arriesgada proyección en el tiempo, basada en la premisa de que las deudas se cobrarán, lo que dota al capitalismo de su inextricable naturaleza de dinamismo y fragilidad.62

A esa indudable bondad apela Ferguson, en el libro varias veces referido:

Pese a nuestros arraigados prejuicios contra el “vil metal”, el dinero es la raíz de la mayor parte del progreso. Recordando a Jacob Bronowski (cuya maravillosa serie televisiva sobre la historia del progreso científico seguí ávidamente cuando era estudiante), podríamos decir que el triunfo del dinero ha sido esencial para el triunfo del hombre. Lejos de ser obra de meras sanguijuelas deseosas de chupar la sangre a las familias endeudadas o de jugar con los ahorros de las viudas y los huérfanos, la innovación financiera ha representado un factor indispensable en el desarrollo del hombre desde una miserable subsistencia hasta las vertiginosas cotas de prosperidad material que tantas personas conocen hoy.63

Y ejemplifica:

La evolución del crédito y la deuda ha sido tan importante como cualquier innovación tecnológica en el auge de la civilización, desde la antigua Babilonia hasta la actual Hong Kong. Los bancos y el mercado de bonos proporcionaron la base material de los esplendores del Renacimiento italiano. La financiación empresarial constituyó el fundamento indispensable tanto del Imperio holandés como del británico, del mismo modo que no se puede desvincular el triunfo de Estados Unidos en el siglo xx de los avances realizados en los seguros, la financiación hipotecaria y los créditos al consumo.64

A lo que añade de inmediato, en parte como contrapunto: “Y quizá también sea una crisis financiera la que señale el ocaso de la primacía global estadounidense”.65

Para concluir, triunfante: “Detrás de todo gran fenómeno histórico hay un secreto financiero”.66

Con independencia de lo que puede haber de enfático o hiperbólico en las palabras anteriores, además de la grandeza del dinero y a caballo de ella, también ponen de relieve el peligro que siempre lo acompaña y que obliga a que la categoría personal de quien lo utiliza vaya aumentando en proporción a la cantidad de que dispone: sería otra manera de aludir al carácter reverencial del que hablaba Maeztu y de insinuar –pero solo eso: apuntar– la dirección que conviene seguir para superar la crisis.

3. A modo de conclusión… y nuevo punto de partida

3.1. El “retroceso” propio de cualquier instrumento

Utilizo adrede el término “retroceso”, aprovechando dos de sus significados más comunes. Por una parte, el obvio y, en principio, negativo, que se opone a adelanto o avance; por otra, el efecto que acompaña –o acompañaba– a ciertas armas de fuego, que, al disparar, se movían con más o menos violencia en el sentido opuesto al que lanzaban el proyectil, provocando a veces daño de más o menos envergadura en quienes las accionaban: así ocurría con los antiguos cañones, las escopetas o fusiles, bastantes pistolas…

Tomado en este segundo sentido, el retroceso solo afecta a un relativamente pequeño número de herramientas: las que he mencionado y otras del mismo estilo (las que incluyen el principio físico de acción-reacción). Sin embargo, todas o casi todas provocan una pérdida –primera acepción del “retroceso”–, que conviene tener en cuenta también al hablar del dinero y de su función en la economía y en la vida humana.

Ese retroceso constituye un efecto colateral no deseado ni muchas veces previsto y no es, por consiguiente, lo que se observa de entrada ni lo que se persigue con los instrumentos. Más bien al contrario: estos, al menos los que efectivamente cumplen su misión, amplían las capacidades naturales del ser humano, y justo con ese fin han sido ideados y construidos: el martillo permite golpear con una precisión y, sobre todo, con una fuerza y rotundidad de la que carece la mano; la lanza prolonga enormemente la distancia a la que llega el poder humano de incidir sobre una realidad material y, en concreto, sobre otro ser vivo; el microscopio multiplica, a veces hasta dimensiones insospechadas, la capacidad de ver de quien lo utiliza…

No obstante, en la medida en que empleo un instrumento, restrinjo o limito otras posibilidades de acción del miembro o del órgano que se sirve de él (en definitiva, de mi persona). Y esto, de múltiples modos, entre los que señalo los dos más relevantes para nuestro propósito.

3.2. Especialización artificial

En primer término, mientras mi mano empuña el tal socorrido destornillador al que me he venido refiriendo en estos escritos, no puedo utilizarla para los otros casi innumerables usos de los que es susceptible por sí misma o con la ayuda de medios o utensilios diversos al que estoy manejando: sin soltar el destornillador, no puedo acariciar a mi hijo o a mi mujer, no puedo coger una pluma para escribir, no puedo teclear en el ordenador, etc. De manera similar, y el ejemplo es en cierto modo más significativo, mientras miro por el microscopio, dejo de ver todo aquello que no estoy enfocando con él. Y cuando me traslado de un lugar a otro en coche, no puedo simultáneamente caminar o correr…

Desde este punto de vista, cada uno de los instrumentos disminuye drásticamente la multiplicidad de funciones que podría llevar a cabo sin él (o con otros instrumentos), primando, de manera más o menos absoluta, una sola o un tipo más o menos amplio de tareas. Por decirlo así, junto al crecimiento innegable en la línea en que son útiles, las herramientas provocan artificial y deliberadamente una “especialización” funcional análoga a la que la naturaleza lleva a cabo, de manera bastante definitiva, en cada especie de animales. Y, en esa misma medida y proporción, en cuanto el instrumento está siendo manejado, se produce la potenciación de determinada capacidad y, de manera simultánea y concomitante, una drástica disminución de la universalidad que, de diversas maneras, caracteriza a la persona humana.

La referencia a la mano es clásica en este contexto: mientras la de cualquier varón o mujer normales, en conexión con la inteligencia y como más adelante veremos, está abierta a una amplitud de usos casi universal, en la mayoría de los vertebrados “se ha especializado” para cumplir con una concreta misión de supervivencia, adquiriendo la forma de garra, de casco, de pezuña, etc.: esa nueva y exclusiva forma le permite realizar con gran eficacia un tipo de acciones –defenderse o atacar, proveerse de alimento o prepararlo para ingerirlo, desplazarse por los terrenos comunes en su hábitat…–, pero casi ninguna otra. Y algo semejante sucede con la movilidad –los animales que vuelan no suelen andar con excesiva soltura y rapidez, los que corren e incluso muy velozmente no pueden trepar, etc.– y con las restantes funciones comunes al hombre y a los animales.

Cabría, entonces, resumir el “retroceso” diciendo que el instrumento monopoliza el órgano o miembro que lo usa, suprimiendo la posibilidad de otras acciones que las que se efectúan a través de él.

En un interesante libro sobre las nuevas tecnologías, Nicholas Carr liga cuanto estoy afirmando a la plasticidad del cerebro, descubierta y desarrollada científicamente en época relativamente cercana (entre 20 y 25 años):67

Cuando un carpintero coge un martillo, el martillo se convierte, por lo que a su cerebro se refiere, en parte de su mano. Cuando un soldado se lleva unos prismáticos a la vista, su cerebro ve a través de un nuevo par de ojos, adaptándose instantáneamente a un campo visual muy diferente.68

A continuación, expone la ley general y la ilustra mediante dos testimonios históricos curiosos e interesantes. He aquí el principio:

Los estrechos lazos que establecemos con nuestras herramientas se tienden en ambas direcciones. Así como nuestras tecnologías se convierten en extensión de nosotros mismos, también nosotros nos convertimos en extensiones de nuestras tecnologías. Cuando el carpintero toma en su mano un martillo, solo puede usar esa mano para hacer lo que puede hacer un martillo. La mano se convierte en una herramienta de me­ter y sacar clavos. Cuando el soldado se lleva los binoculares a los ojos, puede ver solo aquello que los lentes le permitan ver. Su campo de visión se alarga, pero él se vuelve ciego a lo que tiene más cerca.69

Y los dos casos anunciados:

La experiencia de Nietzsche con su máquina de escribir [cuando se vio obligado a utilizarla porque la pérdida de visión le hacía difícil redactar a mano] constituye un ejemplo particularmente bueno de la manera en que las tecnologías ejercen su influencia sobre nosotros: el filósofo no solo había llegado a imaginar que su máquina de escribir era algo “como yo”; también sentía estar convirtiéndose él en una cosa como ella, que su máquina de escribir estaba conformando sus pensamientos. T. S. Eliot tuvo una experiencia similar cuando pasó de manuscribir sus poemas y ensayos a mecanografiarlos. “Al componer [mis poemas] en la máquina de escribir –escribió en una carta de 1916 a Conrad Aiken–, me da la sensación de estar mudando todas las frases largas en que solía recrearme a un staccato tan cortante como la prosa francesa moderna. La máquina de escribir fomentará la lucidez, pero no estoy seguro de que haga lo mismo con la sutileza”.70

3.3. Habituación y atrofia

Sobre la base de la que acabo de apuntar, y centrándome de nuevo en el hombre, existe una segunda restricción o “retroceso” —conocida a veces como “implosión—, que goza de mayor importancia. En términos generales, el uso habitual de un instrumento suele atrofiar la capacidad de realizar tales acciones u otras similares cuando no se dispone de ese utensilio o de otros que hagan sus veces:71 bastantes de nosotros hemos perdido soltura en la escritura a mano desde que prácticamente todo lo plasmamos en distintos soportes a través del ordenador; nuestros hijos pueden ser incapaces de realizar mentalmente o con papel y pluma operaciones que eran “coser y cantar” cuando el uso de calculadoras no estaba aún difundido…

La pérdida a la que acabo de referirme presenta dos modalidades básicas.

a) En algunas ocasiones, el empleo muy generalizado de una herramienta lleva consigo una conformación del órgano que impide o dificulta su uso para otros menesteres, en cierto modo contrarios: quien trabaja muchas horas al día ejerciendo gran fuerza con las manos suele aumentar su tamaño y el de los dedos, de modo que muy difícilmente podrá utilizarlos en labores manuales de precisión, como el montaje de mecanismos de relojería, de miniaturas, etc.; y quien se acostumbra a utilizar la inteligencia en términos cuantitativos puede adquirir mucha pericia en ese tipo de operaciones, pero con frecuencia disminuye la capacidad de advertir las dimensiones cualitativas de la realidad.

Como antes sugerí, lo que cualquier persona con capacidad de observación advierte sin dificultad, se ha visto hoy confirmado por los avances de la neurología: no solo los distintos órganos resultan modificados por el continuo uso de ciertas herramientas, sino también la estructura y el funcionamiento del propio cerebro.

Y esto, en casos hasta cierto punto extremos,72 como también en situaciones que en la actualidad son “lo normal” para la mayor parte de los occidentales. Lo resume Doidge:

La televisión, los vídeos musicales y los videojuegos, todos los cuales emplean técnicas televisivas, suceden a un ritmo mucho más rápido que la vida real y cada vez son más veloces, lo que produce en quienes los usan un apetito cada vez mayor de transmisiones de alta velocidad en los medios de comunicación. Es la forma del medio televisivo –los cortes, los zooms y los ruidos repentinos– lo que altera el cerebro, y activa lo que Pavlov llamó la “respuesta orientadora”, que se produce cada vez que percibimos un cambio inesperado en nuestro entorno, en especial si es un movimiento.73

Explica a continuación lo que es una “respuesta orientadora”, a saber:

… una respuesta fisiológica, en la que el ritmo cardiaco se decelera durante cuatro o cinco segundos. La televisión genera este tipo de respuestas con mayor velocidad que cualquier situación real, por eso nos resulta tan difícil apartar la vista de la pantalla incluso si estamos en mitad de una conversación íntima, y por eso la gente ve la televisión más de lo que tienen intención de hacer. Porque los vídeos musicales, las secuencias de acción y los anuncios televisivos desencadenan respuestas orientadoras a razón de una por minuto, y verlos nos coloca en una situación de respuesta orientadora continua, sin tiempo para recuperarnos. Por eso no es de extrañar que mucha gente afirme sentirse agotada después de ver la televisión. Y sin embargo nos adaptamos a ella y cuando el ritmo es más lento nos aburrimos. Y el resultado es que actividades como leer, mantener conversaciones complejas o escuchar conferencias o clases nos resultan más difíciles.74

b) Pero eso no es todo. La facilidad que aporta en la realización de determinadas actividades, sobre todo cuando el instrumento es muy sofisticado y los resultados deslumbradores, inclina psicológicamente, en primer lugar, a servirse de él siempre que tengamos que llevarlas a término; y, como efecto concomitante, a no ejecutarlas cuando el instrumento en cuestión no está disponible.

¿Consecuencia?: el uso de tales instrumentos tiende a multiplicarse de manera proporcional a su eficacia y a la amplitud de acciones que favorece, hasta el punto de que, cuando su poder es muy grande y vistoso, llegamos a utilizarlo por el simple placer de hacerlo (lo que cabría considerar como “culminación” del efecto recién mencionado o como un nuevo “resultado”). El ordenador es un ejemplo manifiesto, entre muchos similares.

¿Tiene todo esto algo que ver con el dinero?

Juzgue el lector.

Según estamos considerando, el dinero es un instrumento universal, que permite, con un esfuerzo mínimo y a veces casi nulo, llevar a cabo una infinidad de tareas, incluso complejísimas y totalmente fuera del alcance directo de quien, sin embargo, dispone de la cantidad requerida para que otros las hagan por él. ¿No propiciará, entonces, por un lado, en la medida en que aumenta la riqueza de una persona, que esas actividades dejen de ponerse por obra directamente?; y, por otro, ¿no intensificará con enorme vigor la tendencia a recurrir más y más al dinero, en ocasiones por el mero gusto de utilizarlo? ¿No cabría hablar, por consiguiente, de una inclinación intrínseca del dinero a convertirse en fin, en algo cuyo uso resulta justificado por sí mismo –y por la sensación tan particular de “poder” que provoca–, más que por el objetivo que pretendo conseguir a través de él?

Personalmente, estimo que la cuestión no es tan sencilla como acabo de plantearla. Y, no obstante, la considero crucial para los resultados de mi estudio. De ahí la necesidad de nuevas reflexiones, antes de aventurar una respuesta relativamente definitiva.

Notas del Autor

1 Melendo, T., “Aproximación inicial a la esencia del dinero”, en Metafísica y Persona, núm. 9.

2 Como es sabido, en la actualidad dos escuelas contrapuestas intentan explicar, de maneras también distintas, el nacimiento del dinero: “Básicamente, existen dos teorías distintas e incompatibles sobre los orígenes, el desarrollo y la naturaleza del dinero […]. Por un lado, se sostiene que el dinero apareció espontáneamente en el curso del trueque y se identifica con el dinero como medio o ‘cosas’ […]. La otra escuela contempla el dinero como una pretensión abstracta, o crédito, medida por el dinero de cuenta. Aquí la naturaleza del dinero es doble: mide y sirve de depósito de valor abstracto del poder adquisitivo general y lo transporta o transmite a través del espacio y del tiempo”. Ingham, G., Capitalism, Cambridge – Malden: Polity Press, 2008 and 2011, p. 68; tr. cast.: Capitalismo, Madrid: Alianza Editorial, 2010, pp. 84-85.

Es fácil intuir que las dos posturas responden a dos interpretaciones diversas de la naturaleza del propio dinero. Lo estudiaremos más adelante.

3 Parece innecesario afirmar, entonces, que lo que expongo no aspira a reproducir los hechos desde el punto de vista histórico, sino que tiene un carácter meramente explicativo respecto a los objetivos de esta parte del escrito: ayudar a entender por qué el dinero tiende a convertirse en fin absoluto.

4 “Una vez que la división del trabajo se ha establecido y afianzado, el producto del trabajo de un hombre apenas puede satisfacer una fracción insignificante de sus necesidades. Él satisface la mayor parte de ellas mediante el intercambio del excedente del producto de su trabajo, por encima de su propio consumo, por aquellas partes del producto del trabajo de otros hombres que él necesita. Cada hombre vive así gracias al intercambio, o se transforma en alguna medida en un comerciante, y la sociedad misma llega a ser una verdadera sociedad mercantil”. Smith, A., An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Indianapolis – Cambridge: Hackett Publishing Company, 1993, p. 68; tr. cast.: La riqueza de las naciones, Madrid: Alianza editorial, 3ª ed., 2011, p. 55.

5 “Es probable que numerosas mercancías diferentes se hayan concebido y utilizado sucesivamente a tal fin. Se dice que en las épocas rudas de la sociedad el instrumento común del comercio era el ganado; y aunque debió haber sido extremadamente incómodo, sabemos que en la antigüedad las cosas eran a menudo valoradas según el número de cabezas de ganado que habían sido entregadas a cambio de ellas. Homero refiere que la armadura de Diomedes costó solo nueve bueyes, mientras que la de Glauco costó cien. Se cuenta también que en Abisinia el medio de cambio y comercio más común es la sal; en algunas partes de la costa de la India es una clase de conchas; el bacalao seco en Terranova; el tabaco en Virginia; el azúcar en algunas de nuestras colonias en las Indias Occidentales; y me han dicho que hoy mismo en un pueblo de Escocia no es extraño que un trabajador lleve clavos en lugar de monedas a la panadería o la taberna”. Smith, A., An Inquiry…, p. 18; tr. cast., p. 56.

6 “En todos los países, sin embargo, los hombres parecen haber sido impulsados por razones irresistibles a preferir para este objetivo a los metales por encima de cualquier otra mercancía. Los metales pueden ser no solo conservados con menor pérdida que cualquier otra cosa, puesto que casi no hay nada menos perecedero que ellos, sino que además pueden ser, y sin pérdida, divididos en un número indeterminado de partes, unas partes que también pueden fundirse de nuevo en una sola pieza; ninguna otra mercancía igualmente durable posee esta cualidad, que más que ninguna otra vuelve a los metales particularmente adecuados para ser instrumentos del comercio y la circulación. La persona que deseaba comprar sal, por ejemplo, pero solo poseía ganado para dar a cambio de ella, debía comprar sal por el valor de todo un buey o toda una oveja a la vez. En pocas ocasiones podía comprar menos, porque aquello que iba a dar a cambio en pocas ocasiones podía ser dividido sin pérdida; y si deseaba comprar más, se habrá visto forzado, por las mismas razones, a comprar el doble o el triple de esa cantidad, es decir, el valor de dos o tres bueyes, o de dos o tres ovejas. Por el contrario, si en lugar de ovejas o bueyes podía dar metales a cambio, con facilidad podía adecuar la cantidad de metal a la cantidad precisa de la mercancía que necesitaba”. Smith, A., An Inquiry…, p. 18; tr. cast., p. 57.

7 Ferguson recuerda las tres funciones habitualmente más citadas del dinero: “Según la argumentación convencional, el dinero es un medio de intercambio que tiene la ventaja de eliminar las ineficiencias del trueque; una unidad de cuenta que facilita la evaluación y el cálculo; y una reserva de valor que permite que las transacciones económicas realicen a lo largo de períodos de tiempo prolongados y a través de distancias geográficas”. Ferguson, N., The Ascent of Money, New York – London – Toronto: Penguin Books, 2008, p. 24; tr. cast.: El triunfo del dinero, Barcelona: Debate, 2009, p. 41.

Y añade que estas son las razones del uso de ciertos metales como soporte del dinero: “Para realizar todas estas funciones de manera óptima, el dinero tiene que ser disponible, asequible, duradero, fungible, transportable y fiable. Dado que cumplen la mayoría de estos criterios, los metales como el oro, la plata y el bronce se han considerado durante milenios la materia prima monetaria ideal”. Ferguson, N., The Ascent…, pp. 24-25; tr. cast., p. 41.

De acuerdo. No obstante, repito que tales funciones son casi infinitamente trascendidas por la esencia última y radical del dinero, que es la de mover según el propio arbitrio las voluntades… que se dejen mover por el dinero.

8 Explica María Moliner: «parné. (Palabra gitana, procedente del sánscrito «pandu», pálido, por el color de la plata. Inf. y achulado.) *Dinero». Moliner, M., Diccionario de uso del español, Madrid: Gredos, 1982, tomo II, p. 644.

9 “Una mercancía se transforma en dinero en la medida en que su valor de cambio se separa de su valor de uso”. Mathieu, V., Filosofia del denaro, Roma: Armando, 1985, p. 47; tr. cast.: Filosofía del dinero, Madrid: Rialp, 1990, p. 56.

10 Cf. Grimaldi, N., Le travail: Communion et excommunication, Paris: PUF, 1998, pp. 106-107; tr. cast.: El trabajo: Comunión y excomunicación, Pamplona: Eunsa, 2000, pp. 97 ss.

11 Ramos Arévalo, J. Mª., ¿Qué es el dinero?, Pamplona: Eunsa, 2010, p. 104.

12 Kant, I., Metaphysik der Sitten, S. 139; tr. cast.: La Metafísica de las costumbres, Madrid: Tecnos, 4ª ed., 2005, pp. 112-113.

13 Kant, I., Metaphysik…, S. 139-140; tr. cast., pp. 112-113.

14 Kant, I., Metaphysik…, S. 140; tr. cast., pp. 112-113.

15 Smith, A., An Inquiry…, pp. 18-19; tr. cast., p. 57.

16 Smith, A., An Inquiry…, p. 19; tr. cast., p. 57.

17 Smith, A., An Inquiry…, pp. 19-20; tr. cast., p. 59.

18 Aristóteles,Política, I, 9, 1257 b.

19 Kant, I., Metaphysik…, § 31, S. 137; tr. cast., pp. 110-111.

20Marx-Engels, Ökonomisch-philosophische Manuskripte (1844), Ergänzungsband Schriften bis 1844, Erster Teil. Berlin: Dietz, 1981, S. 563; tr. cast.: Manuscritos: economía y filosofía, Madrid: Alianza Editorial, 2009 (1ª ed., 1968), p. 174.

21 Marx-Engels, Ökonomisch-philosophische Manuskripte (1844), S. 563; tr. cast., p. 174.

22 No solo al dinero, por tanto, aunque paradigmáticamente a él, para el que, como resulta obvio, no sería el último, sino todo su valor en cuanto dinero.

23 La diferencia entre valor de uso y valor de cambio es una de las más comunes en cualquier teoría económica. Parece remontarse, al menos, hasta Aristóteles. Cf. Kraus, O., Die Aristotelische Werttheorie in ihren Beziehungen zu den Leeren der modernen Psychologenschule“, in Zeitschrift für die gesamte Staatswissenschaft, Tübingen: Lauppsche Buchhandlung, Band 61, 1905, S. 573 ff.

24 Apunto tan solo la raíz de las amenazas, porque de momento no aspiro a más.

a) En primer término, una observación: la persona, cada persona, es absolutamente singular, única e irrepetible; es decir, se sitúa justo en las antípodas del dinero, de por sí indefinido y principio de homogeneización y, por eso, de intercambio entre equi-valentes.

b) Después, una cita significativa: “Todo lo que es abstracto, fuerza y esclaviza. La abstracción esclaviza, aliena la persona y la personalidad (Die Abstraktion versklavt, ist menschenfremd, ist persönlichkeitsfremd)”. Goritchéva, T., Die Kraft der Ohnmächtigen: Weisheit aus dem Leiden,Düsseldorf: Brockhaus Verlag Wuppertal, 3. Aufl. 1988, S. 89; tr. cast.: La fuerza de los débiles, Madrid: Encuentro, 1988, p. 138.

25 De la que, como es sabido, deriva el término “salario”.

26 El primer precedente conocido del billete surgió en Mesopotamia y, curiosa y significativamente, mucho antes de que las monedas más normales (las compuestas por metales nobles) dieran paso a otro tipo de soporte dinerario: “En la antigua Mesopotamia, hace unos cinco mil años, la gente utilizaba una especie de fichas de arcilla para registrar las transacciones relacionadas con productos agrícolas como la cebada o la madera, o con metales como la plata. Ciertamente, también se utilizaban anillos, tacos o láminas de plata como dinero en efectivo (al igual que el grano); pero las tablillas de arcilla eran igual de importantes, y probablemente incluso más”. Ferguson, N., The Ascent…, p. 28; tr. cast., p. 44.

En realidad, si afinamos el análisis, las tablas de arcilla, más que a la moneda, y sobre todo cuando no circulaban, sino que permanecían siempre en las manos del acreedor, “sustituían” a las simples anotaciones en una cuenta bancaria o en Internet, hoy tan comunes. Lo que confirmaría, de manera bastante sugerente, que el dinero como realidad “ideal” ha sido, también históricamente, anterior a la moneda o soporte “físico”.

27 Grimaldi, N., Le travail…, pp. 228-229; tr. cast., pp. 204-205.

28 Como es más que obvio, estas afirmaciones, en los términos aquí recogidos, formaban parte de la exposición oral que ha dado origen a la presente investigación.

29 Aristóteles, Política I, 9, 1257 a. Edición bilingüe y traducción de Julián Marías y María Araujo. Introducción y notas por Julián Marías, 6ª ed, Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2005. Un texto casi paralelo de Marx, aunque con matices particulares: “Las mercancías vienen al mundo en forma de valores de uso o cuerpos de mercancías, como hierro, tela, trigo, etcétera. Esta es su prosaica forma natural. Mas solo son mercancías porque son algo doble, objetos de uso y al mismo tiempo portadoras de valor. Por eso solo se presentan como mercancías o poseen solamente la forma de mercancías en tanto poseen una forma doble, la natural y la de valor”. Marx, K., El Capital, Madrid: Alianza Editorial, 2007 (1ª ed., 1976), libro I, tomo I, p. 71.

30 Marx, K., El Capital, p. 58.

31 Marx, K., El Capital, p. 58.

32 Millán-Puelles, A., Economía y libertad, Madrid: Confederación española de Cajas de Ahorro, 1974, p. 82.

33 En este preciso contexto, el “de por sí” indica que a la naturaleza del dinero no le corresponde necesariamente tener un soporte material, por lo que, de hecho, hay ocasiones en que no lo tiene. Y, además, que es precisamente en esos casos, donde lo más propio del dinero adquiere mayor vigor y eficacia. Tal como lo estimo, el no poseer ningún soporte se presenta fundamentalmente en dos casos: a) el menos propio, al que aludiré unas cuantas veces más, cuando cumple su función mediante una mera anotación informática (pero, por sutil que sea, en estas circunstancias sí existe una base física); b) el absolutamente propio, en los casos, tal vez hoy menos frecuentes, en que dos personas llegan a un acuerdo verbal, confirmado a veces con un simple apretón de manos, por la que una de ellas se convierte en deudora de una cantidad precisa respecto a la otra.

34 Cf. Mathieu, V., Filosofia del denaro, p. 84; tr. cast., p. 97.

35 Más bien, desde el punto de vista meramente “técnico”, por llamarlo así, su valoración no puede sino ser muy positiva. Pero ahora nos movemos más bien en el ámbito antropológico.

36 Ramos Arévalo, J. Mª, ¿Qué es el dinero?, p. 148.

37 Ramos Arévalo, J. Mª, ¿Qué es el dinero?, p. 148.

38 En realidad, b) constituye la exasperación extrema de a).

39 Maeztu, R. de, El sentido reverencial del dinero, Madrid: Editora Nacional, 1957, pp. 12-13.

40 Maeztu, R. de, El sentido…, pp. 12-13.

41 Cardona, C., Ética del quehacer educativo, Madrid: Rialp, 1990, p. 12.

42 Weil, S., L’enracinement, Paris: Gallimard, 1949, pp. 63-64; tr. cast.: Echar raíces, Madrid: Trotta, 1996, pp. 52-53.

43 Weil, S., L’enracinement, pp. 64-65; tr. cast., p. 53.

44 Guénon, R., La crise du monde moderne, Paris: Gallimard, 1946, pp. 71-72; tr. cast.: La crisis del mundo moderno, Barcelona: Paidós Ibérica, 2001, pp. 50-51.

45 Guénon, R., La crise…, p. 72; tr. cast., p. 51.

46 Bruckner, P., Misère de la prospérité: La religion marchande et ses ennemis,Paris: Éditions Grasset & Fasquelle, 2002, p. 110; tr. cast.: Miseria de la prosperidad: La religión del mercado y sus enemigos, Barcelona: Tusquets, 2003, p. 94. Las cursivas son mías.

47 Gorz, A., Métamorphoses du travail: Quête du sens: Critique de la raison économique, Mayenne: Galilée, 1988, p. 35; tr. cast.: Metamorfosis del trabajo: Búsqueda del sentido: Crítica de la razón económica, Madrid: Sistema, 1995, p. 35. También ahora las cursivas son mías.

48 Grimaldi, N., Le travail…, pp. 135-136; tr. cast., pp. 166-167.

49 Estamos también ante una ley clásica, reiterada por todos los tratadistas: el valor de cambio es de ordinario inversamente proporcional al de uso.

50 Es lo que ocurre, en buena medida, con parte de las cifras astronómicas que se barajan en la compra-venta de los futbolistas en la cumbre. Los números se desorbitan con cantidades de dinero que realmente no se mueven, pero que es bueno traer a colación con fines, entre otros, de marketing.

51 Ferguson, N., The Ascent…, pp. 269-270; tr. cast., p. 289.

52 Ferguson, N., The Ascent…, p. 270; tr. cast., p. 289.

53 Cf. Ferguson, N., The Ascent…, pp. 52-53; tr. cast., pp. 68-69.

54 “El patrón oro estuvo moribundo durante largo tiempo, pero fueron muy pocos los que le lloraron cuando finalmente, el 15 de agosto de 1971, se eliminó el último vestigio significativo que quedaba de él: ese día, el presidente Richard Nixon cerró la denominada ‘ventana oro’ a través de la cual, en determinadas circunstancias restringidas, todavía podían cambiarse dólares por oro. Desde ese momento quedó rota la secular vinculación entre el dinero y el metal precioso”. Ferguson, N., The Ascent…, p. 59; tr. cast., p. 76.

55 Ferguson, N., The Ascent…, pp. 30-31; tr. cast., pp. 46-47. La cursiva de nada es mía.

56 Mathieu, V., Filosofia del denaro, p. 70; tr. cast., p. 80.

57 A los efectos, es revelador lo que documenta Fergurson: “Hace cinco años, los miembros de la tribu nukak-makú salieron inesperadamente de la selva amazónica en San José del Guaviare, Colombia. Hasta aquella súbita aparición, los nukak habían sido una tribu olvidada por el tiempo y aislada del resto de la humanidad. Subsistían únicamente de los monos que cazaban y de la fruta que recolectaban, y desconocían la noción del dinero; de manera harto reveladora, tampoco tenían noción del futuro”. Ferguson, N., The Ascent…, p. 19; tr. cast., p. 36.

58 Ramos Arévalo, J. Mª, ¿Qué es el dinero?, p. 127.

59 En estricto rigor, el dinero primaria y formalmente anticipa el futuro, solo con la condición a la que me he referido: que alguien esté dispuesto a actuar por dinero. En caso contrario, y también cuando una moneda pierde todo o parte de su valor, y en esa misma proporción, el valor económico del futuro resulta comprometido o incluso se esfuma. Cuestión que, como es obvio, resulta también aplicable al pasado: por más que el dinero que ahora poseo haya supuesto muchas horas de trabajo y una gran inversión de capital, ese pasado pierde su valor económico –no el antropológico, al que me referiré más tarde– en la hipótesis antes mencionada: devaluación, falta de disponibilidad para obrar movidos por ese dinero, etc. Con lo que aparece aún más claro que la relación más definitoria del dinero es la que, trascendiendo el presente, lo vincula al futuro.

60Medio de pago. Esta función es la que de verdad define al dinero, diferenciándolo de otros bienes y activos. Pero ¿qué es ser medio de pago? El medio de pago es aquello que empleamos para cancelar una deuda, es aquello que el comprador da al vendedor a cambio del producto o servicio objeto de la transacción y que el vendedor no tiene ningún reparo en aceptar”. Ramos Arévalo, J. Mª, ¿Qué es el dinero?, p. 40.

61Depósito de valor o de riqueza. Un depósito de riqueza es todo aquello cuya posesión permite diferir el gasto de la renta recibida. Como depósito de valor, el dinero hace posible transferir el poder adquisitivo desde el presente al futuro. La capacidad que tiene el dinero de ser medio de pago permite que el valor atraviese el tiempo, pudiéndose posponer su uso y, por tanto, acumular la potencialidad de servir de medio de pago. De esta forma se emplea como depósito de valor o riqueza”. Ramos Arévalo, J. Mª, ¿Qué es el dinero?, p. 40.

62 Ingham, G., Capitalism…, p. 91; tr. cast., p. 112. Más adelante examinaré la relación bidireccional que liga la técnica al dinero y sus respectivas evoluciones.

63 Ferguson, N., The Ascent…, pp. 3-4; tr. cast., p. 20.

64 Ferguson, N., The Ascent…, p. 4; tr. cast., p. 20.

65 Ferguson, N., The Ascent…, p. 4; tr. cast., p. 20.

66 Ferguson, N., The Ascent…, p. 4; tr. cast., p. 20.

67 Un buen resumen de la situación, aunque tal vez ya un poco anticuado, es el de Norman, D., The Brain That Changes Itself: Stories of Personal Triumph from the Frontiers of Brain Science, New York: Penguin Books, 2007;tr. cast.: El cerebro se cambia a sí mismo, Madrid: Aguilar, 2008.

68 El texto prosigue: “Los experimentos con monos a los que se enseñaba a usar unos alicates revelaron la facilidad con que el moldeable cerebro de los primates incorporaba herramientas a sus mapas sensoriales, haciendo que lo artificial pareciese natural. En el cerebro humano esa capacidad ha avanzado mucho más allá, incluso, de lo que se ve en nuestros primos más cercanos. Nuestra habilidad para combinar todo tipo de herramientas es una de las cualidades que más nos distinguen como especie”. Carr, N., The Shallows: How the internet is changing the way we read, think and remember, London: Atlantic Books, 2010, pp. 108-109; tr. cast.: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales, Madrid: Taurus, 2011, p. 250.

69 Carr, N., The Shallows…, p. 109; tr. cast., p. 251.

70 Carr, N., The Shallows…, p. 109; tr. cast., p. 251.

71 Volveré a tratar este tema más adelante, en buena medida de la mano de McLuhan.

72 Doidge da cuenta de uno de ellos. “Los videojuegos, como la pornografía por Internet, reúnen todas las condiciones necesarias para que se produzcan cambios en los mapas cerebrales. Un equipo del hospital Hammersmith, en Londres, diseñó un videojuego en el que un tanque dispara al adversario y esquiva el fuego enemigo. El experimento demostró que estos juegos favorecen la segregación de dopamina, el neurotransmisor que también se libera cuando se consumen drogas. Las personas adictas a los videojuegos muestran todos los síntomas propios de las adicciones: euforia cuando están frente al ordenador y una tendencia a negar o minimizar su grado de adicción.” Doidge, N., The Brain That Changes Itself: Stories of Personal Triumph from the Frontiers of Brain Science, New York: Penguin Books, 2007,p. 309; tr. cast.: El cerebro se cambia a sí mismo, Madrid: Aguilar, 2008, p. 306.

73 Doidge, N., The Brain That Changes Itself…, p. 309; tr. cast., p. 306.

74 Doidge, N., The Brain That Changes Itself…, p. 310; tr. cast., p. 307.