Hacia una idea de “universidad” a partir de algunos escritos de Benedicto XVI

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Jorge Medina Delgadillo
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla
Puebla (México)
jorge.medina@upaep.mx

Resumen

El objetivo del presente artículo es intentar una reconstrucción de la idea de “universidad” a partir de los diversos textos del pontificado de Benedicto XVI. Aunque se retoman algunos textos previos a su pontificado para complementar y observar la evolución de esta idea, en el presente trabajo de investigación nos hemos ceñido principalmente a sus discursos como Pontífice. Esta investigación parte de la unidad de intensión subyacente a toda su obra: la imagen cristiana de Dios y su consiguiente imagen del hombre, que da como fruto la concepción de una universidad como laboratorio de humanidad, donde el logos ensancha sus horizontes y busca en último término la sabiduría.

Palabras clave: Universidad, Persona, Identidad, Dios, Hombre, Antropología.

Towards an idea of “university” according to some writings of Benedict XVI

Abstract

The purpose of the present article is to try to reconstruct the “idea of the university” from the multiple texts of the pontificate of Benedict XVI. Even though it uses some texts prior to his pontificate to complement and observe the evolution of this idea, in this research paper we have primarily followed his speeches as Pontificate. The research’s point of departure is the unity of subjacent intensity in all his works: the Christian image of God and his consequent image of man, which results in a conception of university as a laboratory for humanity, where the logos expands its horizons and ultimately aims for wisdom.

Keywords: University, Person, Identity, God, Man, Anthropology.

Recepción del original: 29/09/12
Aceptación definitiva: 01/11/12


Introducción

El objetivo del presente ensayo es intentar una reconstrucción de la “idea de universidad” que pueda obtenerse de diversos textos del pontificado de Benedicto XVI. Las limitaciones que han de considerarse son fundamentalmente dos: que antes de ser nombrado Papa, Joseph Ratzinger trató el tema en distintas ocasiones y aunque estas fuentes se pueden considerar para completar más la noción o la evolución de la noción, por ahora nos hemos ceñido a sus discursos pronunciados como Sumo Pontífice; también, el hecho de reconstruir una noción a partir de textos diversos, donde cada uno obedece a un propósito distinto, puede declarar artificial la unidad de la reconstrucción, a menos que presupongamos la unidad en la persona misma del artífice, que se verifica en la unidad de intención subyacente a todos sus escritos: “la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino”.1

Declaradas estas limitaciones, y teniendo presente el gran texto de John H. Newman: The idea of university, hoy se nos vuelve de nuevo imperioso volver a reflexionar sobre el ser y quehacer de la universidad. Esta institución, dada a luz por el occidente cristiano, no es ajena al ambiente cultural en que se desenvuelve; al contrario, es construida por éste y, a la vez, lo construye permanentemente. Esta simbiosis la torna muy especial: la universidad es de las pocas instituciones donde la persona, en la madurez de la razón, puede tener, en diálogo con sus semejantes, “una introducción a la realidad, pues en esto consiste la educación”.2 Si la universidad quiere ser fiel a sí misma, debe introducirnos, entre otras cosas, a la aventura de reflexionar sobre su propia identidad. En este intento de autoexamen es donde la voz de Benedicto XVI, no menos académico que Pontífice, se presenta con una altura y densidad tales, que lo insertan al debate más actual, serio y comprometido de resignificación sobre la universidad, a la cual él mismo llamó su “patria espiritual” (A1). En efecto, como sugiere el rabino de Nueva York, “Lo que el mundo ha aprendido en estos cinco años respecto al Papa-estudioso es el precio que la academia paga por sostener la verdad y mantener la propia integridad. La infalibilidad tiene sus costos. La gente prefiere políticos capaces de mediar antes que personajes críticos y propensos a las controversias (…) La genuina integridad de este hombre y su capacidad de exponer la verdad a la humanidad entera, mueven intereses muy fuertes. Y por esto, también los musulmanes, los anglicanos y los judíos deben prepararse a un debate de alto perfil sobre la razón y la racionalidad compartida”.3

A este debate, sobre las bases de la razón y la racionalidad compartida, se suma este breve ensayo sobre la idea de universidad según algunos textos de SS Benedicto XVI. Son cuatro las partes en que he querido dividir el trabajo: la esencia y las bases en que se asienta la universidad; su finalidad o vocación; el modo de su concreción y, por último, algunos retos actuales que enfrenta la universidad.

1. La apertura del logos como fundamento de la universidad

El Papa Benedicto XVI se ha pronunciado en diversas ocasiones acerca de la base sobre la que se funda la Universidad: la apertura de la razón. Para él, “el verdadero e íntimo origen de la universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere la verdad” (Sap). En efecto, el deseo natural de conocer en todos los hombres, de acuerdo a la célebre sentencia de Aristóteles en su Metafísica, encontraría cabal cumplimiento, si la razón a sí misma no se limita a: 1) dar cuenta sólo de lo ya conocido; 2) imponerse un único método de acceso a lo real; 3) conocer fragmentariamente la realidad; y 4) no confrontarse y dialogar respetuosamente con otras posiciones razonables. Analicemos cada uno de estos puntos con más detalle.

Investigar es acceder a lo desconocido, acceder a lo real, que, en su enorme riqueza, siempre ofrece aspectos nuevos y asombrosos. Afirmar que una misión fundamental de la universidad es la investigación equivale adeclarar la perpetua valentía del hombre. Como lo comentaba el Papa a alumnos universitarios: “[…] vuestra valentía en la entrega a la verdad, vuestra valentía para buscar más allá de los límites de lo conocido, para no rendiros ante la debilidad de la razón” (Pav). Investigar es, tácitamente, reconocer que “la verdad misma siempre va más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y nos motiva” (Esc). La aventura universitaria se verifica en que, lejos de construirse sobre la base del círculo de sus propias argumentaciones, está en una permanente búsqueda de la verdad (Cf. Sap). El logos humano es estudio, paciencia investigadora, desarrollo científico continuo, que se hereda generosamente (traditio) a las siguientes generaciones, para aproximarnos cada vez más –como una asíntota que se aproxima continuamente pero indefinidamente– a la verdad.

Pero, ¿cómo abrir de par en par las puertas del logos a la verdad, si no se reconoce que cada aspecto de lo real exige un método de aproximación propio? El Pontífice critica que sólo aquel tipo de “certeza que deriva de la sinergia entre matemática y método empírico pueda considerarse científica” (Rat), no porque dicho método no sea propiamente un camino (ὅδος), incluso un camino válido, sino porque “la tendencia a considerar verdadero solamente lo que se puede experimentar constituye una limitación de la razón humana y produce una terrible esquizofrenia, ya declarada, por lo que conviven racionalismo y materialismo, hipertecnología e instintividad desenfrenada” (Ang 1). En efecto, asistimos a una era en la que la aparente reducción de todos los lenguajes científicos a una expresión binaria, y la reducción de toda comprobación a la experimentación en un laboratorio, se nos vuelve un fardo difícil de sacudir. Esto se puede palpar desde la obsolescencia de los métodos cualitativos frente a los cuantitativos en las ciencias sociales, hasta la declaratoria de no cientificidad de la literatura, la filosofía o la teología. Por el contrario, para el Pontífice, humanidades y ciencias son como las dos caras de una misma medalla (Cf. A4). El Papa invita, permanentemente, a volver a abrir el horizonte de la razón en toda su amplitud, lo cual implicaría “ampliar nuestro concepto de razón y de su uso” (Rat). Y he aquí otra de las tareas permanentes de la universidad: protegerse a sí misma de la cerrazón; la universidad es por esencia apertura, la apertura es exigida por la investigación y la investigación es suscitada por la verdad.

Y, sin embargo, la verdad, siendo rica en aristas, también es una. Ensanchar los espacios de la racionalidad también supone “volver a abrirla a las grandes cuestiones de la verdad y del bien, conjugar entre sí la teología, la filosofía y las ciencias, respetando plenamente sus métodos propios y su recíproca autonomía, pero siendo también conscientes de su unidad intrínseca” (Ver). El logos del hombre, podemos decir que es logos sobre el cosmos, y en ello estriba la ciencia; pero también es logos sobre lo divino, sobre lo que le trasciende, y este intento funda una teología natural que es ya apertura que se consuma con la recepción del don de la fe revelada; más aún, es también logos que reflexiona sobre el logos, y que nos manifiesta así, críticamente, sus alcances y límites, y nace así la filosofía. A fin de cuentas, conocer lo real, siguiendo el razonamiento de San Agustín,4 sólo se alcanzaría si yo lo conociese en sí (tal cual es), lo conociese en mí (tal cual lo concibo), pero también tal cual es en el Verbo (tal cual debiera ser según el plan eterno). A esta gran interdisciplinariedad nos invita el Papa: a la que considera ‘todo’ con el logos que está abierto, incluso, al Logos; vivencia que, desde luego, se verifica en el diálogo sincero y serio entre investigadores, pero también, y no menos importante, “en personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar” (Esc).

Si atendemos a estas dos interdisciplinariedades (inter pares e interior), descuella una cuarta y última característica del logos humano: la apertura a todo lo razonable. El que dialoga no puede dejar de confrontarse con quien expone algo razonable. Incluso así se expuso el cristianismo en medio del mundo pagano, como una verdad razonable –testimoniada por mártires, sin duda, pero razonable–. De hecho, si como telón de fondo tenemos que el corazón humano (toda nuestra persona) busca la Verdad, y ésta es el Sumo Bien, entonces “sólo una verdad que trascienda la medida humana, condicionada por limitaciones, da serenidad a las personas y reconcilia a las sociedades entre sí” (AM) y es por esto que la fe tiene cabida en la universidad, pues ella “amplía el horizonte de nuestro pensamiento, y es camino hacia la verdad plena, guía de auténtico desarrollo. Sin orientación a la verdad, sin una actitud de búsqueda humilde y osada, toda cultura se deteriora, cae en el relativismo y se pierde en lo efímero” (Sagr). Si consideramos lo anterior, podremos valorar más la expresión utilizada por el Papa al afirmar que la universidad está llamada a ser “un espacio donde toma forma de excelencia la apertura al saber” (Sagr), pues la meta propuesta no es una apertura fingida o limitada, sino una apertura total, y en su totalidad, que no es más que fidelidad a la riqueza de lo real, en la que la fe puede considerarse como aporte para un completo humanismo. El estudio sincero de cada alumno, por ejemplo, sigue la tridimensionalidad antes expuesta: ciencia-filosofía-fe:

El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia en nuestra comprensión del mundo. Necesitamos buenos historiadores, filósofos y economistas, pero si su aportación a la vida humana, dentro de su ámbito particular, se enfoca de manera demasiado reducida, pueden llevarnos por mal camino (Twick; Cf. Vísp).

Si la apertura del logos a la verdad supone una interdisciplinariedad interior, como se ha analizado, también supone una interdisciplinariedad de la “la confrontación, el diálogo franco y respetuoso entre las recíprocas posiciones” (Ang 2; Cf. Mad). Su Santidad reconoce que el diálogo, siempre, pero hoy con más acuidad, es indispensable en las universidades; y esto no sólo debido al ensanchamiento del campo científico y la vastedad de aportes que nos ofrece, es decir, debido a la complejidad del saber actual (Cf. Eur), sino también por el encuentro de culturas diversas que favorece este siglo global (Cf. ER1). Esta coyuntura histórica hace que la apertura del logos sea apertura al otro logos. La valoración de la alteridad y de la diferencia son una constante en los documentos del Papa; digamos que el binomio ‘adhesión a la verdad y diálogo’ son en el fondo la expresión de una posición consistente respecto a la verdad, pues si ésta es tan rica como para no poder asirla desde una sola óptica, y en esto se funda el diálogo, también es tan integral como para no poder asirla asépticamente, y por eso es llamado a entrar en ella la totalidad del hombre que la busca: intelecto, afectos, costumbres, cultura, lenguaje, relaciones sociales, voluntad, creencias, etc. El mismo Papa nos ofrece una gran síntesis al afirmar:

es verdad que sólo poniendo en el centro a la persona y valorando el diálogo y las relaciones interpersonales se puede superar la fragmentación de las disciplinas derivada de la especialización y recuperar la perspectiva unitaria del saber. Las disciplinas tienden naturalmente, y con razón, a la especialización, mientras que la persona necesita unidad y síntesis (Pav).

La base de la universidad es la apertura del logos, y sin embargo, a veces, la misma universidad combate contra esta apertura. El riesgo que supone un logos vuelto contra el mismo logos es tal vez una enseñanza que la prensa no aquilató suficientemente tras el discurso del Papa Benedicto en Ratisbona. Hay un llamado permanente del Papa a que la universidad no sólo viva de y en la apertura, sino que también la garantice (Cf. A4). Es una institución privilegiada y única en su género, que no sólo es –como quieren algunos intelectuales– la conciencia crítica de la sociedad, sino incluso la pervivencia del criterio mismo. En las aulas universitarias se puede formar el logos que “toda persona necesita para dar a su existencia un sólido fundamento y una finalidad válida” (Lat).

2. La sabiduría como vocación universitaria

Ahora bien, la apertura del logos es hacia la verdad; y por eso “emerge la vocación originaria de la Universidad, nacida de la búsqueda de la verdad, de toda la verdad, de toda la verdad de nuestro ser” (Sagr). Pero, ¿qué nos quiere decir el Papa cuando utiliza la expresión ‘de toda la verdad de nuestro ser’? Un recorrido por los textos donde el Pontífice aborda este punto nos hace ver que la respuesta no es simple: la riqueza de lo real también se verifica en nosotros mismos: somos un punto que explota a diferentes magnitudes pero en todas direcciones, y ante esta realidad la universidad no puede ser indiferente.

La Universidad se encuentra hoy en una encrucijada de acciones: la profesionalización del alumnado y la radicación del sentido de la vida en la verdad. El Papa no deslegitima la primera acción de la universidad, sino que la subsume a la segunda. Esta ‘jerarquía’ de quehaceres al interior de la universidad, refleja su vocación misma: fue creada para ‘impartir sabiduría’: “la tarea de un maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; la educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario. Se trata de la formación de la persona humana, preparándola para vivir en plenitud” (Twick). Este es el fundamento por el cual la universidad ensancha su misión de la sola investigación, a la docencia y el asesoramiento. Una universidad no es, repito, un instituto de investigación, sino una institución más ambiciosa, pues “la investigación tiende al conocimiento, mientras que la persona necesita también la sabiduría, es decir, la ciencia que se manifiesta en el saber vivir” (Pav).

La apertura del logos a lo real, incluso en medio de una interdisciplinariedad dialogante, se hace desde la autenticidad. A la par de la búsqueda de toda la verdad, está la búsqueda del bien, y esta obligación no sólo atañe al individuo en cuanto tal, sino también a las ciencias, que están llamadas “a defender siempre al hombre y promover su búsqueda del bien auténtico” (Lat). Por otra parte, la unidad a la que están llamadas las ciencias entre sí es la unidad o coherencia que buscan en su sujeto, y un hombre uno es un hombre sabio.

Una de las definiciones más bellas que el Papa nos ofrece de las universidades por su misión es cuando afirma que ellas “están llamadas a ser ‘laboratorios de humanidad’, ofreciendo programas y cursos que estimulen a los jóvenes estudiantes no sólo en la búsqueda de una cualificación profesional, sino también de la respuesta a la demanda de felicidad, de sentido y de plenitud, que anida en el corazón del hombre” (CM). La universidad es un lugar privilegiado para preguntarse por el sentido de la vida, para encontrar respuestas razonables en la etapa donde el joven empeña su existencia a los ideales más nobles. Sin duda detrás de estas líneas, como detrás de muchas otras, el Papa muestra su herencia agustiniana y hace eco de ella. Ciertamente el corazón está inquieto, y busca la plenitud, y la época universitaria –donde se razona maduramente sobre lo razonable, en una comunidad de profesores y alumnos– es la época de la inquietud. Si la docencia y el asesoramiento son mudos frente al interrogante existencial, y sólo cualifican técnicamente a los individuos, ahí no hay universidad, sino instituto tecnológico.

Sin embargo, el riesgo de infidelidad que afronta la universidad frente al problema anterior, no es sólo una falta de coherencia respecto a su fin de ‘formación integral’, como si esta falta repercutiese sólo en un aspecto que el joven pudiera suplir por otros medios, como los amigos o los grupos sociales intermedios. La cobardía de las universidades por una apuesta decidida a la educación integral engendra individuos ‘tristes’. En uno de los textos papales que me ha sido más significativo se lee lo siguiente: “El hombre quiere conocer, quiere encontrar la verdad. La verdad es ante todo algo del ver, del comprender, de la theoría, como la llama la tradición griega. Pero la verdad nunca es sólo teórica. Al establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña y los dones del Espíritu que se mencionan en Isaías 11, San Agustín habló de una reciprocidad entre “scientia” y “tristitia“: el simple saber —dice— produce tristeza. Y, en efecto, quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático: ¿Cuál es el bien que nos hace verdaderos? La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera” (Sap). El Papa, pues, nos invita seriamente a todos los agentes universitarios a sopesar el conocimiento sin sabiduría ante la sabiduría con conocimiento; entre el logos parcial y el total.

La idea anterior tiene una base antropológica importante: el ser humano entero transita a la verdad por un camino dual: la inteligencia y el amor, en donde no sólo no podemos conocer lo que previamente no hemos apetecido, y no podemos amar lo que previamente no hemos conocido, sino que radicalmente nuestro intelecto se muestra rico en amor, y el amor es inteligente (Cf. Esc). Estas ideas, más desarrolladas en su tercera encíclica, hilvanan la tesis de la sabiduría como meta del universitario. El Papa ve en la universidad el lugar donde el sujeto que ha roto consigo mismo y que ha roto en sus relaciones interpersonales puede recuperarse, pues la universidad, “por su misma naturaleza vive precisamente del equilibrio virtuoso entre el momento individual y el comunitario, entre la investigación y la reflexión de cada uno y la participación y la confrontación abierta a los demás, en un horizonte tendencialmente universal” (Par). Sólo un ambiente que fomenta tanto la reflexión (recuperación de la subjetividad madura) como el diálogo (recuperación de la intersubjetividad madura), puede ser un camino de sabiduría.

Por último, reste decir que para el Papa la sabiduría, al ser un ‘saber vivir’ –y por tanto ‘saber’ o logos–, no prescinde de la referencia última a Dios. Su búsqueda de Dios (quaerere Deum) y su disposición a escucharlo (Cf. Cass; Eur), son indispensables, pues “al hombre no se lo puede entender plenamente, tanto en su interioridad como en su exterioridad, si no se lo reconoce abierto a la trascendencia” (Greg). Esto abre un diálogo muy interesante con los no creyentes, y aunque a primera vista parece que el Papa propone una sabiduría maximalista, por llamarla de algún modo, sin embargo simplemente nos hace notar que los hombres verdaderamente sabios han buscado lo absoluto e incluso muestran una disposición frente a él. Se comprende más fácilmente esto cuando vemos que la universitas medieval nació al interior de la Iglesia y, por tanto, constituye un esfuerzo por abrir el logos al don de fe, y es en esa Iglesia donde se ha distinguido entre una sabiduría del mundo, y una sabiduría de Dios. El Papa, no obstante, llama a la apertura, invita a introducirnos todos, creyentes y no creyentes, en el ‘atrio de los gentiles’, donde la búsqueda sincera de toda la verdad y el diálogo respetuoso, harán surgir frutos para todos: a los creyentes les invitará a dar mayor testimonio y a rechazar cualquier práctica religiosa desviada; a los no creyentes, el examen reflexivo sobre la propuesta de un saber vivir que es, en último término, cara Dios.

3. La universitas de profesores y alumnos como camino de sabiduría

Recapitulemos y demos un paso adelante en la reconstrucción que estamos haciendo: la apertura del logos a toda verdad responde a un deseo natural del hombre por saber; esta apertura busca la sabiduría, es decir, un saber vital pleno. Pero ¿cuáles son las condiciones donde esta intención puede consumarse?, ¿qué nos muestra la razón y la historia respecto a esta pretensión?, ¿cuáles son las modalidades de su concreción?

La razón que dialoga con otra razón, buscando la sabiduría de vida por el camino de la rica verdad, es universitas. Una en su fin, diversa en sus dialogantes; una la sabiduría, diversas las ciencias; una la verdad, diversas las aproximaciones. El suelo fértil donde se cultiva la sabiduría es la universidad.

El Papa hace suyas las palabras de Alfonso X, cuando expone en qué consiste la empresa universitaria: “el trato con colegas de las diversas disciplinas y el deseo de responder a las inquietudes últimas y fundamentales de los alumnos. Esta universitas que entonces viví, de profesores y estudiantes que buscan juntos la verdad en todos los saberes, o como diría Alfonso X el Sabio, ese “ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes”, clarifica el sentido y hasta la definición de la Universidad” (Esc).

El trato entre profesores y alumnos tiene una meta: alcanzar la sabiduría, como ya se ha dicho. Este afán cristalizó en la historia en tres intenciones culturales: la paideia griega, la humanitas latina y la universitas cristiana. Cada intención traía consigo lo mejor de la anterior y añadía algún aspecto de novedad. Así, ya “desde la época de Platón, la instrucción no consiste en una mera acumulación de conocimientos o habilidades, sino en unapaideia, una formación humana en las riquezas de una tradición intelectual orientada a una vida virtuosa” (Prag). La tradición occidental, en sus raíces paganas, no es ajena a una concepción de la sabiduría como un saber orientado a la virtud, y sobre este suelo germinó la idea, más romana que griega, donde la humanitas era además una disposición del sujeto para entablar un diálogo con quien no es de su comunidad. El derecho de gentes romano da cuenta de la consideración que este pueblo tuvo para con el otro, e instauró una concepción más amplia de hombre: la humanidad que subyace a todos nos hermana; nadie está excluido del logos que se plasma en lex, incluso por eso, todos –en distinta medida, pero todos– debemos responder ante la ley. Este doble aporte, el de la paideia que considera al individuo virtuoso y el de la humanitas que busca la armonía social, es recuperado en la universitas al buscar la verdad en los saberes, pues, por una parte la verdad exige coherencia y sabiduría, y por otra, la verdad es una búsqueda comunitaria.

La síntesis entre individuo y comunidad que realiza la universitas es expuesta de esta manera por Su Santidad:

toda universidad tiene por naturaleza una vocación comunitaria, pues es precisamente una universitas, una comunidad de profesores y alumnos comprometidos en la búsqueda de la verdad y en la adquisición de competencias culturales y profesionales superiores. La centralidad de la persona y la dimensión comunitaria son dos polos igualmente esenciales para un enfoque correcto de la universitas studiorum. Toda universidad debería conservar siempre la fisonomía de un centro de estudios ‘a medida del hombre’, en el que la persona del alumno salga del anonimato y pueda cultivar un diálogo fecundo con los profesores, que los estimule a crecer desde el punto de vista cultural y humano (Pav).

Este texto es muy significativo, porque subraya la adquisición de personalidad social, es decir, el reconocimiento racional que de alguien hacen otros. El diálogo fecundo entre un profesor y un alumno, es decir, el asesoramiento o tutoría, tiene como efecto colateral el que el alumno, al ser interpelado directamente, responda también desde sí, y así fragüe su propia identidad intelectual. Si en los apartados anteriores se habló de los roles de investigación y docencia en la universidad, ahora salta claramente el rol de la tutoría. Sin ésta, el alumno no llegaría a ser un uno en la diversidad que compone la universitas. Y así, el proyecto de madurez personal es sintónico al proyecto de intervención social: “construir la propia existencia, construir la sociedad, no es una obra que puedan realizar mentes y corazones distraídos y superficiales” (Vísp; cf. ER1).

Persona y sociedad, esta es otra de las síntesis que da a luz la universidad. Por su propia constitución, más aún, gracias a su peculiar constitución, la universidad ha hecho consciente y razonable al individuo la hipótesis de perfeccionarse dentro de una sociedad, y de perfeccionar una sociedad a través de su intervención personal, y “lo mismo sucede hoy: los jóvenes, cuando se despierta en ellos la comprensión de la plenitud y unidad de la verdad, experimentan el placer de descubrir que la cuestión sobre lo que pueden conocer les abre el horizonte de la gran aventura de cómo deben ser y qué deben hacer” (Prag); o como afirma en otro texto el Papa, aclarando la misma idea: “la vocación de la Universidad es la formación científica y cultural de las personas con vistas al desarrollo de toda la comunidad social y civil” (Par).

Ahora bien, la experiencia de universitas que tiene el alumno a través del diálogo con profesores y con otros alumnos, ¿termina allí, en las aulas? Lo más interesante es que esta experiencia marca la vida del universitario, digamos que lo reviste de un ethos peculiar que motiva futuras acciones: en lo laboral, académico o político será un agente de universitas, de unidad en la diversidad, de sociedad, y habrá aprendido que “la libertad no es la facultad paradesentenderse de;es la facultad decomprometerse con” (Wash). Aún más: el Papa apunta hacia “una experiencia deUniversitas[…], la experiencia de que, no obstante todas las especializaciones que a veces nos impiden comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diferentes dimensiones, colaborando así también en la común responsabilidad respecto al recto uso de la razón” (Rat); y, así, nos hace ver que, gracias a la experiencia de universitas, al ser colaboradores de la verdad –como reza su lema episcopal–, todos cooperamos en la consolidación de una globalización razonable, y que así como se dio la revolución de terciopelo, o algunos movimientos recientes en medio oriente o protestas juveniles en contra del capitalismo férreo, así también el siglo presente sea transformado desde su interior por los universitarios: “se trata de una tarea que tenemos por delante, una aventura fascinante en la que vale la pena embarcarse, para dar nuevo impulso a la cultura de nuestro tiempo” (Ver).

Por último, la experiencia universitaria es una escuela de generosidad. Apunta el Papa:

la Universidad […] existe para vosotros, para los estudiantes. Todas las energías gastadas por vuestros profesores y docentes en la enseñanza y en la investigación son por vosotros. Por vosotros son las preocupaciones y los esfuerzos diarios del rector magnífico, de los vicerrectores, de los decanos y de los directores. Vosotros sois conscientes de ello y estoy seguro de que también os sentís agradecidos (Greg).

El agradecimiento a la generosidad es asimismo generosidad. El cultivo de las ciencias, la búsqueda de la sabiduría, el diálogo abierto y fecundo, son la mejor vía para formar “una nueva clase de intelectuales capaces de interpretar las dinámicas sociales y culturales, ofreciendo soluciones no abstractas, sino concretas y realistas” (Vísp). Esta visión de la universidad como institución que transforma la sociedad, de ninguna manera es un idealismo ingenuo, es un realismo optimista si es que se enraíza en el agradecimiento, y que deberá verse ya antes de terminar los estudios universitarios tanto en labores de servicio social como de voluntariado y prácticas profesionales; más aún si esa institución es de creyentes, pues “las universidades de inspiración cristiana han de ser lugares de testimonio y de irradiación de la nueva evangelización, seriamente comprometidas a contribuir en el ambiente académico al progreso social, cultural y humano, además de promover el diálogo entre las culturas” (ER2).

4. El desafío del utilitarismo en el seno de las universidades

Aunque varios puntos merecerían una atención final, a modo de breve corolario, en tanto desafíos o retos de la universidad actual, nos centraremos sólo en uno que destaca por su frecuencia en los discursos del Papa frente a universitarios: el utilitarismo.

Benedicto XVI ve un ambiente generalizado donde es fácil que el logos claudique frente a lo útil: “Hoy, el peligro del mundo occidental —por hablar sólo de éste— es que el hombre, precisamente teniendo en cuenta la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad. Y eso significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad, y se ve forzada a reconocerla como criterio último” (Sap). Este ambiente general decimos que ha influenciado a la universidad porque en cierta medida la reducción de toda la misión universitaria a capacitación técnica obedece a una respuesta efectiva y momentánea a los requerimientos del presente. Esto no significa que se esté en contra de actualizar los planes de estudio o los acervos bibliográficos, sino contra una relación de subordinación que la academia ha establecido con el mercado, y de esto muchas instituciones de educación superior continuamente dan prueba.

La libertad que caracterizaba a la universitas medieval era mucho más importante de lo que tal vez nos imaginamos; su autonomía era, simultáneamente, la condición de posibilidad para mejorar el mismo contexto social al que la universidad se debía. Por el contrario, la identificación paulatina entre mercado y universidad, minan la capacidad de autodistanciarse –tanto para la universidad como para la sociedad en su conjunto– y ni la universidad sirve de referente de verdadero desarrollo y creatividad a la sociedad, en especial, al mercado, ni éste ofrece verdaderas problemáticas (de justicia en la distribución de bienes o de generación de riqueza) a la universidad. Es muy sugerente la insistencia del Papa en este punto: “una reforma de la Universidad no puede menos de tener como resultado su libertad: libertad de enseñanza, libertad de investigación, libertad de la institución académica frente a los poderes económicos y políticos” (Par). Después de todas las conquistas de autonomía que han hecho las universidades, tal vez nos quede la conquista de la libertad frente al poder económico (especialmente las universidades privadas) y al poder político (especialmente las universidades públicas).

Si la universidad claudica a su vocación, la investigación misma se vuelve contra el hombre (Cf. A2); la docencia se reduce a capacitación técnica; el asesoramiento a clientelismo y la difusión social de la cultura a propaganda o publicidad. Cuando el Papa nos dice: “no tengáis miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad” (A3), nos invita a no temer el ir contracorriente, a que cada agente universitario asuma el reto de la formación humana integral enraizada en la verdad. El utilitarismo se presenta como un riesgo mucho más peligroso que otros porque pasa inadvertido, porque carcome desde dentro: porque nos acostumbramos, adormecidos, a él. Es un juego donde todos pierden: el mercado perderá progreso; la universidad, libertad, que eran, ambos, los ideales del positivismo que engendró al mismo utilitarismo.

Curiosamente, una de las soluciones que el Papa propone ante el reduccionismo utilitarista de las universidades vuelve a ser la unificación de los saberes en el sujeto, que es también la base para la interdisciplinariedad. Refiriéndose a Newman, afirma que él, “contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso” (Bir). Es, de nuevo, la apertura del logos a toda la verdad sobre todo el hombre, la que está de telón de fondo; sin dicha apertura se cae fácilmente en una concepción mecanicista de las relaciones sociales, incluidas las de producción, cuyo único aliciente es sobre estimular la conducta de cualquier cliente o incluso descifrar los resortes anímicos que hacen de cualquier humano un potencial cliente. Una advertencia aún mayor del Papa estriba en que

sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder. En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano (Esc).

Abreviaturas y fuentes

A1 Audiencia general (20 sep 2006)

A2 Audiencia general (27 jun 2007)

A3 Audiencia general (19 mar 2008)

A4 Audiencia general (30 sep 2009)

AM Exhortación Apostólica Postsinodal Africae Munus (19 nov 2011)

Ang1 Angelus (28 ene 2007)

Ang2 Angelus (20 ene 2008)

Bir Homilía en la misa de Beatificación del Card. John Henry Newman, Birmingham (19 sep 2010)

Cass Homilía en Cassino (24 may 2009)

CM Discurso a los participantes en el congreso mundial de pastoral para los estudiantes internacionales (2 dic 2011)

ER1 Mensaje parala Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2011

ER2 Mensaje parala Jornada mundial del emigrante y del refugiado 2012

Esc Discurso con los jóvenes profesores universitarios, San Lorenzo de El Escorial (19 ago 2011)

Eur Discurso a los participantes en el primer encuentro europeo de estudiantes universitarios (11 jul 2009)

Greg Discurso en la visita a la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (2 nov 2006)

Lat Discurso en la visita a la Pontificia Universidad Lateranense (21 Oct 2006)

Mad Discurso en la Universidad de Madaba (9 may 2009)

Par Discurso a los profesores y alumnos de la Universidad de Parma (1 dic 2008)

Pav Discurso en la Universidad de Pavía (22 abr 2007)

Prag Discurso en el Castillo de Praga (27 sep 2009)

Rat Discurso en la Universidad de Ratisbona (12 sep 2006)

Sagr Discurso a la comunidad de la Universidad Católica del Sagrado Corazón (21 may 2011)

Sap Discurso preparado para el encuentro con la Universidad de Roma “La Sapienza” (15 ene 2008 – cancelado)

Twick Discurso en la celebración de la educación católica, Colegio de Santa María de Twickenham. London Borough of Richmond (17 sep 2010)

Ver Discurso en la visita pastoral a Verona (19 Oct 2006)

Vísp Celebración de las vísperas con los universitarios romanos en preparación de la Navidad (16 dic 2010)

Wash Discurso en la Universidad Católica de América en Washington (17 abr 2008)

Notas del Autor

1 Deus caritas est, 1.

2Jungmann, J. A., “Christus als Mittelpunkt religiöser Erziehung”, p. 20, apud: Giussani, L., Educar es un riesgo, Madrid: Ediciones Encuentro, 19912, p. 37.

3Neusner, J., “La forza della ragione nel confronto con le altre religioni”, Corriere della sera, (18 Abr 2010), p. 25.

4 Cf. In Evangelium Ioannis, tract. 1, 16, véase también el comentario de Santo Tomás donde sigue fielmente a San Agustín en el mismo pasaje evangélico: Super Ioannem, cap. 1, lect. 2.