El universo personal de Emmanuel Mounier

universo personal

Carlos Ramos Rosete1
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla
carlos.ramos@upaep.mx

Resumen

El personalismo de Emmanuel Mounier, fenómeno histórico surgido en Francia hacia 1930, fue el protagonista del movimiento de la revista Esprit, surgido como una réplica a la crisis política y espiritual que estallaba entonces en Europa. Mounier dio al personalismo el estatus de filosofía, no solamente de actitud; de filosofía y no de sistema.

Su pensamiento tiene un aspecto práctico, que busca proyectarse hacia un movimiento social, la llamada Revolución personalista, en donde la persona sea la piedra angular del todo comunitario, como una respuesta ante dos sistemas que han ahogado y alienado a la misma persona: el totalitarismo en su versión soviético y fascista, y el individualismo de tipo capitalista. Ambos sistemas buscan ser superados por el Personalismo Comunitario de E. Mounier.

Palabras clave: personalismo, individualismo, revolución personalista, totalitarismo

The Personal Universe of Emmanuel Mounier

Abstract

Emmanuel Mounier’s personalism can be contextualized as the historical phenomenon originated in France close to 1930, carried out by the movement of the Esprit magazine and as an answer of the political and spiritual crisis that was breaking out then in Europe. Mounier stands out that personalism is a philosophy not only an attitude; is a philosophy and not a system.

His thought has a practical side that seeks projection into a social movement, that is the Personalist Revolution, in which person is the cornerstone of any community as a response to two systems that have drowned and alienated the same person: totalitarianism in its Soviet and fascist version, and capitalistic individualism. Both systems aim to be overcome by the Community personalism of E. Mounier.

Keywords: personalism, individualism, personalist revolution, totalitarianism

Recepción del original: 02/09/14
Aceptación definitiva: 21/11/14


El mejor destino que puede tener el personalismo es que, habiendo despertado en bastantes hombres el sentido total del hombre, desaparezca sin dejar rastro, por haberse confundido completamente con lo cotidiano en el transcurso de los días”.
Prólogo de E. Mounier a ¿Qué es el Personalismo?

El objetivo fundamental del presente trabajo es exponer las líneas generales del pensamiento filosófico de Emmanuel Mounier, conocido como Personalismo Social o Comunitario, siguiendo las obras principales del autor: Revolución personalista y comunitaria (1935), Manifiesto al servicio del personalismo (1936), Persona y cristianismo (1939), ¿Qué es el personalismo? (1947), y El Personalismo (1949).

I. El punto de partida del personalismo de Mounier

Durante los 45 años de su vida, a Emmanuel Mounier (1905-1950) le tocó padecer la grave depresión económica del Crack de Wall Street (1929), las dos grandes Guerras Mundiales, la invasión de Francia por la maquinaria de guerra nazi y el avance sistemático del marxismo comunista. En tal contexto, E. Mounier llegó a la conclusión de que los sistemas ideados por la Modernidad habían terminado por ahogar a su autor, o sea, al hombre mismo.

Mounier piensa que el ser humano se ha vuelto contra sí mismo porque ha perdido el sentido de su preeminencia como persona ante las cosas. De ahí que su pensamiento se proyecte como una defensa activa de la persona, pues sólo de ese modo el ser humano se podrá recuperar de la crisis del siglo XX.

Lo anterior conduce al punto de partida del personalismo de Mounier: el trastrocamiento del desorden establecido para volver a un orden humano personal bajo la premisa de una acción comprometida. Mounier señalará que es necesario un optimismo práctico y una acción profética, pues una denuncia que no vaya acompañada de una propuesta superadora es una denuncia estéril; sólo la denuncia acompañada de una propuesta superadora puede transformar aquello que se está denunciando. Es así que una acción profética asegura la unidad entre lo contemplativo y la práctica, e igualmente, en la acción política entre la ética y la economía, es decir, entre la teoría y práxis. Para ello, deberá apuntalarse por la actitud de un optimismo práctico, esto es, orientar el obrar humano más allá del mero éxito, porque la acción del personalismo que promueve Mounier está dirigida esencialmente, más que al éxito, al testimonio.

De esta manera, Mounier establece dos condiciones para que una acción a favor de la persona sea válida y eficaz: “la acción ha de conducirse tomando la medida de la verdad que le da su sentido y de la situación histórica que le da su escala al mismo tiempo que sus condiciones de realización”.2 Tales medidas son: la primacía de la persona humana como fundamento de la verdad, por una parte, y por la otra, la realidad cambiante del hombre como fundamento de la situación histórica del hombre.

II. El personalismo como filosofía del compromiso

Mounier subrayó que el personalismo que él promueve es una filosofía, no solamente una actitud. Es una filosofía y no un sistema,3 ni una máquina o ideología política que pase por ser novedosa.4

El pensamiento de E. Mounier no se expone mediante una sistematización de ideas seguidas deductivamente, porque Mounier considera al hombre como una persona libre y cambiante, irreductible a un sistema cerrado. Su filosofía personalista puede expresarse en dos ideas generales:

—Como un estudio objetivo del universo, mostrando con ello que el modo personal de existir es la más alta forma de la existencia, y que las demás realidades de la naturaleza convergen hacia la realidad personal.

—Y, principalmente, como una forma de vida, como “la llamada del héroe o del santo”, es decir, vivir públicamente la experiencia de la vida auténticamente personal, y a la vez animando a los demás hombres a asumirla como propia; pero lo anterior no será real si no se hace con humildad.5

Asimismo, Mounier también caracteriza al personalismo como una filosofía del compromiso ante una civilización burguesa e individualista, que tiene su origen en una rebelión del individuo contra una estructura social, la cual se hizo demasiado pesada por ser profundamente materialista. El individualismo, aunado al materialismo, se ha vuelto la decadencia del hombre como persona. E. Mounier aboga por una filosofía personalista de compromiso que se oponga no sólo a los frutos de una ideología burguesa, sino también a las tiranías totalizadoras del comunismo y del fascismo.

Deja verse así que el personalismo de Mounier no podía optar tan sólo por la especulación, sino que el llamado de su tiempo era el de la acción a favor de la persona. El momento histórico exige una acción responsable:

No podemos existir sin asumir y no existimos sin esperar y querer. […] Esta doble condición, donde la alegría existencial está mezclada con la tensión trágica, hace de nosotros seres de respuesta, responsables. […] Parece a veces que el hombre contemporáneo no sabe más que oscilar de acá a allá, del soliloquio egocéntrico al conformismo animal, de un falso ángel a una vieja bestia.6

Estas son palabras de Mounier que reflejan su sentir y describen la necesidad de una actitud de compromiso.

El compromiso sin puerto de llegada es un compromiso estéril. Si el hombre buscara el compromiso por el compromiso mismo, no sería más que un esclavo. De esta manera, en la búsqueda de lo humano como persona, Mounier señala que es imprescindible dirigir el pensamiento filosófico hacia la historia, y reconocer en ella la realización del espíritu humano. Sin embargo, el mismo Mounier advierte el peligro de diluir al ser humano en la dinámica histórica, por ello el personalismo de Mounier resalta que esta filosofía debe ser inseparable del Absoluto o de la trascendencia, pues el hombre que en su compromiso no cae en la cuenta de esta trascendencia, se hace esclavo de su propio compromiso y se rebaja a la servidumbre,7 en lo cual, por cierto, ha caído el marxismo.

III. Rasgos característicos de la crisis a la que se enfrenta el hombre del siglo XX desde una visión mounierana

Si bien la concreción de la crisis del siglo XX se halla en la actitud política manifestada en dos sistemas políticos predominantes de la época –el capitalismo y el comunismo marxista–, el personalismo de Mounier no se limita a intentar ser una tercera vía de la actitud política, sino que es un esfuerzo total por comprender y superar en conjunto la crisis del hombre del siglo XX.

De esta manera, uno de los rasgos de la crisis del siglo XX, y más específicamente de la crisis del hombre occidental, es la dislocación de la noción clásica de la persona humana, cuyo grado de descomposición es tal que los filósofos contemporáneos se atreven a asegurar que no hay una esencia del hombre ni una naturaleza humana: “El hombre es un nada móvil que hace el mundo corriendo detrás de la ilusión”.8 Esto es síntoma del nihilismo moderno, patología típica de la Modernidad, que, para Mounier, es lo equivalente a la crisis espiritual del hombre occidental nacido con el mundo burgués. Esta crisis fue afrontada desde diferentes perspectivas: Marx, mediante la lucha de las fuerzas sociales, haciendo hincapié en lo económico; Freud privilegiaba los instintos desde su enfoque psicológico; y Nietzsche, como profeta del nihilismo europeo.

El nihilismo también significa para Mounier un retroceso en la cultura en los elementos clave que dan sentido a la vida humana, como son: la fe cristiana, la apertura religiosa, el sentido de la racionalidad y del deber ético. Los filósofos, al hablar con un lenguaje de desánimo y de desesperación, ya no saben qué es el hombre. De este modo, en la pérdida de lo humano personal, todo queda permitido, hasta la anulación del ser humano por el mismo ser humano.

Este nihilismo ha llevado a la insensatez del hombre a creerse absurdo y llegar a extremos increíbles de alienación, como es el caso del nazismo, que compone la máxima expresión de este nihilismo. Mounier sostiene en consecuencia que la Revolución Personalista debe proporcionar al hombre un instrumento para revalorarse, para reencontrarse y para enfrentar eficazmente las consecuencias de la actitud nihilista.

IV. La doble alienación de la persona

La desolación del hombre como consecuencia del nihilismo contemporáneo responde a dos vertientes del pensamiento moderno, que desembocan en la doble alienación de la persona durante el siglo XX: el individualismo, por un lado, y el colectivismo, por el otro.

En primer lugar, en el individualismo se tiende a formar personas autónomas y a absolutizar la vida personal individual. El individualismo, afirma Mounier en su obra Revolución personalista y comunitaria, es “la metafísica de la soledad integral, la única que nos queda cuando hemos perdido la verdad, el mundo y la comunidad de los hombres”.9 Efectivamente, el individualismo, continúa Mounier, empuja al hombre a distintas soledades:10

– La soledad frente a la verdad, expresada en la idea relativista de que cada ser humano posee “su propia” verdad como un derecho propio inalienable.

– La soledad frente al mundo y la soledad frente a los demás, pues cada hombre se ha encerrado en las decisiones de su voluntad, en sus sensaciones o pensamientos.

El individualismo ha disociado al hombre de sus lazos espirituales, y en consecuencia, al negar la unidad de vocación de los hombres, ha provocado la ruptura de la unidad de la estructura social. El hombre burgués del siglo XX es la concreción social del individualismo que ha perdido su sentido del ser, no se desenvuelve más que entre cosas utilizables. Su valor último es el confort y la celebridad, y ya no importa para el hombre más que el “tener”. El hombre burgués es, por consiguiente, característicamente propietario, por lo que el individualismo se asoció al capitalismo.

Otra alineación del ser humano ha quedado plasmada en los totalitarismos comprendidos como el colectivismo comunista y el fascismo, que representan la tendencia a universalizar a los grupos humanos mediante una homogeneización en el plano socio-político.

El totalitarismo se inicia como una reacción anti-individualista, pero confluye con ésta en la negación de lo espiritual y, por lo tanto, en una concepción materialista de la realidad. Por consiguiente, explica Mounier, el totalitarismo consiste en la subordinación del individuo al todo social, entendido como Nación e identificado con el Estado, de manera que es en el Estado en donde está la verdadera realidad del individuo. Aquí la persona pensante y con sentido racional de la realidad no solamente es despreciable por el Estado, sino que es considerada como un enemigo a eliminar. Por tanto, toda aspiración, toda realización del individuo se subordina a la del Estado, que se transforma en salvaguarda de la colectividad.

El totalitarismo es un régimen que puede engendrar un orden civil, pero que se impone finalmente por medio de la fuerza ideológica y militar, en donde el ser humano como una persona no puede existir, es decir, el ser humano como persona está desposeído, tal como sucede con el individualismo; se ha perdido en el desorden del individualismo, pero también se ha perdido en el orden impuesto del totalitarismo, se ha cambiado de sistema social, pero en el plano personal, el ser humano se ha perdido en ambos sistemas.11

Mounier describe claramente cómo nacen y el por qué se mantienen los totalitarismos: …en las democracias agotadas, en el momento que la despersonalización y el desorden son tales, todos aspiran a un salvador que tomará los problemas acuciantes, […]. A una masa despersonalizada le dan un hombre fuerte y la fiebre de su gloria –y aquel– … representa al Estado y a sí mismo, y encuentra muy favorable mantener la pasiva docilidad de la masa bajo la ilusión de su fiebre.12

El totalitarismo de tipo comunista en los planos político, social y económico se manifiesta como una reacción anti-individualista13 en defensa de la colectividad, que abandona el liberalismo por un capitalismo de Estado, que integra el movimiento obrero en el gobierno estatal, pero bajo la dictadura del poder totalitario, es decir, establece el corporativismo como modelo social. Sin embargo, lo mayormente denunciable del totalitarismo no sólo comunista sino también fascista es su mismo carácter de totalitarismo como actitud anti-humana, ocultándose con las máscaras de pseudohumanismos o pseudoespiritualismos, que doblegan al hombre bajo la tiranía de pesados espiritualismos y de misticismos ambiguos, como son el culto a la raza, a la nación, al Estado, a la voluntad del poder, a la disciplina anónima, al jefe, a los éxitos deportivos y a las conquistas económicas.14

El totalitarismo, en su aspecto alienante, asume que:

[…] el individuo es incapaz de transformarse a sí mismo, de escapar de sus mistificaciones […]. Esto es suponer que se puede imponer a una persona la ideología que se quiere. Es suponer que se puede encerrar en una masa la ideología que se quiere. La masa es considerada, de esta forma, como un instrumento de amaestramiento de la persona, y la ideología como un instrumento de amaestramiento para la masa.15

Esto, en el fondo, manifiesta el pesimismo antropológico, rasgo característico de la cultura moderna.

El carácter individual de la persona, así como su carácter comunitario, son connaturales al ser humano e indisociables de la vida personal. La exclusión mutua del individualismo y del totalitarismo concluye en la polarización del individuo y de la colectividad. En la primera mitad del siglo XX esas actitudes surgen como reacción de una con respecto de la otra; sin embargo, en esto hay algo rescatable, porque una actitud es la defensa del individuo, lo que para el personalismo de E. Mounier es la persona, y la otra actitud es aquella que surge en defensa de la colectividad por medio de un totalitarismo, que para el personalismo de Mounier representa la comunidad. Por tanto, el hombre debe reencontrar el orden y el equilibrio de lo espiritual con respecto a lo material, y reconocerse a sí mismo. “Conócete a ti mismo” es una suma apropiada que el personalismo de Mounier toma de Sócrates, y que define su tarea delante de estas dos alienaciones de principios del siglo XX: reorientar al hombre a preguntarse y a responderse ¿qué es la persona?

V. La persona y sus dimensiones

1. Conocimiento y definición de persona

Una motivación fundamental de E. Mounier será la de inaugurar una civilización personalista, cuyas estructuras y cuyo espíritu se orienten a la realización como persona de cada uno de los individuos que la componen, formarlos al máximo de iniciativa, de responsabilidad y de vida espiritual. Definir las características de esta civilización exige entender, desde el principio, su concepción de persona.

Mounier intenta expresar mediante el lenguaje filosófico el concepto de persona, pero lo más que logra es una descripción fenomenológica de la realidad personal, ya que él mismo parte del hecho de que, siendo efectivamente el carácter personal la presencia misma del hombre, su característica última no es susceptible de una definición rigurosa a nivel conceptual, ni mucho menos de ubicarse en un sistema político ni económico; igualmente, tampoco sería objeto de una experiencia espiritual pura16 que dejase de lado su realidad corpórea e histórica. Es más, la persona no es objeto, más bien es aquello que en cada ser humano no puede ser tratado como objeto.

Asimismo, Mounier agrega que lo personal en cada ser humano “no es un residuo interno, una sustancia oculta […]. Esto sería todavía una manera de ser objeto […]. Es una actividad vivida de autocreación, de comunicación y de adhesión, que se aprehende y se conoce en un acto como movimiento de personalización.17

El conocimiento de la persona según E. Mounier adquiere un matiz individual y a la vez comunitario. Se conoce mediante un tipo de experiencia humana realizada en una libertad que se ofrece a los demás, y no a través de una experiencia exclusivamente privada;18 pero, como experiencia, es irreductible a un concepto general y, por ende, resulta absurdo deducir el carácter personal de cada ser humano. Por ello, la filosofía de E. Mounier no es un sistema, porque la persona como principio fundamental es irreductible a un concepto racional.

Por tanto, el itinerario que Mounier establece para el conocimiento de lo que es la persona estará basado en la descripción fenomenológica, partiendo de los aspectos que no corresponden al ser propio de la persona o que suelen confundirse con ella, es decir, a través de una análisis negativo. De esta manera, establecerá que la persona no es lo mismo que individuo, tampoco es la conciencia del yo individual, y mucho menos es lo que entendemos como personalidad.

2. Distinción de persona e individuo

“Llamamos individuo a la dispersión de la persona en la superficie de su vida y a la complacencia en perderse en ella”, afirma Mounier en Revolución personalista y comunitaria19. Es una especie de proceso de singularización voluntaria, es decir, es un cerrarse en el egoísmo, por amor a las propias singularidades que no interesan a nadie más que a sí mismo.

El individuo es la disolución de la persona en la materia, imagen imprecisa y cambiante, lo que hace que el individuo se vuelva reflujo de la multiplicidad desordenada e impersonal de la materia. La persona es señorío, integración y generosidad, a la inversa de lo que es el individuo. La persona nace de la parte espiritual, pero su alienación como individuo procede de su vuelco hacia lo material.20

Precisamente, el error del idealismo radicó en reducir al individuo a todo lo que del cuerpo es, a lo particular, a lo mundano, e hizo de la persona una especie de entidad abstracta o existencia angélica, soberana, apenas encarnada.

3. La persona es una existencia encarnada

Mounier subraya como un principio personalista y eje de todo el pensamiento la unión indisoluble del alma y el cuerpo. Explica que el hombre, así como es espíritu, es también un cuerpo. Totalmente cuerpo y totalmente espíritu. Esta afirmación se opone al espiritualismo, que disocia al espíritu totalmente de la carne; y al mismo dualismo de Descartes, que presentaba a los dos principios como sustancias totalmente distintas, quedando la persona reducida a una existencia espiritual.

Para E. Mounier, la persona es substancialmente encarnada, y a la vez trasciende a lo material. El hecho de que la existencia personal sea encarnada no significa que ocurra una despersonalización, sino que ese hecho es un aspecto esencial de la entidad personal. Citando a Gabriel Marcel y Maine de Biran, Mounier señala: “Yo existo subjetivamente, yo existo corporalmente, son una sola y la misma experiencia”.21 La persona es una existencia encarnada, una existencia incorporada. Debe destacarse que la persona, por su cuerpo, pertenece a la naturaleza corpórea, pero por su espíritu la trasciende.

4. La libertad creadora y la personalización de la naturaleza

El hombre es la única criatura capaz de conocer el universo y transformarlo. Y es infinitamente mayor a todas las demás criaturas por su capacidad de amar, aunada a su capacidad de Dios.

La capacidad de conocimiento le da al hombre la potestad de la libertad, por la que puede realizar lo que su conciencia le dicta, además de someter y transformar no sólo a la naturaleza, sino a su entorno social e inclusive a su mismo ser.

En este proceso, el hombre le da una significación diferente a lo que transforma, lo eleva, lo dignifica y le imprime una participación de su propio ser personal. Es a lo que llama Mounier personalización, siendo la cultura una de sus principales manifestaciones. Por todo lo anterior, un hombre alienado o que ha perdido el sentido de su ser persona no dará lugar a una auténtica cultura, sino a una subcultura o a una anti-cultura.

La personalización de la naturaleza comienza con la afirmación de lo real, con el conocimiento del medio natural, ocurriendo una conversión: la pertenencia a la naturaleza se vuelve dominación de la naturaleza, y el mundo viene a formar parte del hombre y su destino. Pero cabe aclarar que en la historia hay un proceso de tensión dialéctica entre lo que es una personalización y la despersonalización, avance y retroceso, de humanización y deshumanización de la naturaleza.

Mounier piensa que la misión del hombre es elevar la dignidad de las cosas, humanizando la naturaleza a través de su trabajo. La relación de la persona con la naturaleza no es una relación de pura exterioridad, sino una relación dialéctica de intercambio y de ascensión y, en este sentido, producir es perfectamente una actividad esencial de la persona, es una actividad liberadora.22

El hombre se libera creando, transformando su realidad y la naturaleza que le rodea, imprimiéndole el sello personal, por el cual surge lo útil, entendido como lo que sirve a la persona: en esto consiste la finalidad de transformar la naturaleza.

5. Las dimensiones de la persona

En su obra Revolución personalista y comunitaria, Mounier señala que la persona es el volumen total del hombre. Una tensión en cada hombre, entre tres dimensiones espirituales, que son la vocación, la encarnación y la comunión. Con estas tres dimensiones, Mounier intenta entender a la persona, describiéndolas de la siguiente forma:

a) La vocación se entiende como el principio de unificación progresiva de todos los actos propios de cada quien y, mediante ellos, de las diversas situaciones personales. Por tanto, la misión primera de todo hombre consistirá en ir descubriendo esta vocación unificadora, que define su lugar y su deber, y que es agrupamiento de sí, frente a la dispersión de la materia.

b) La persona es encarnada. No puede desentenderse de la materia, más aún, no podrá elevarse sin apoyarse en ella. El problema no consiste en evadirse de la vida sensible y particular, sino en transfigurarla, en elevarla.

Y la tercera es la comunión, pues la persona sólo se encuentra dándose a la comunidad superior que llama e integra a las personas singulares.

A esto se sigue que los tres ejercicios esenciales de la formación de la persona son: la meditación, en busca de la propia vocación; el compromiso, que es el reconocimiento de su encarnación; y la purificación, que permite la entrega de sí y la vida en los demás. Si al ser humano le falta uno de ellos, fracasa como persona.23

Por otra parte, en su obra El personalismo, que constituye la síntesis y revisión de su pensamiento, catorce años después de haber escrito Revolución personalista y comunitaria, Mounier añadirá otras tres dimensiones: la comunicación, la conversión íntima y el afrontamiento.

a) La comunicación24

E. Mounier advierte que es un acto de conciencia lo que revela esta dimensión de la comunicación. Uno de los movimientos fundamentales en la existencia de un ser humano es la advertencia de los otros seres humanos que lo rodean, de los cuales, por cierto, aprende a modo de imitación, es decir, el movimiento vital hacia los otros. La persona no alcanza a conocerse sino mediante otros “yo”. La experiencia primitiva de la persona es la experiencia de la segunda persona, la de un tú o un nosotros, que conlleva a la conciencia del propio yo.

La plenitud del acto de comunión es el acto de amar; sólo se existe como persona en la medida en que se existe para los otros, lo cual se traduce en lo siguiente: ser persona significa amar.

El primer acto de la persona es suscitar con otros una sociedad de personas, cuyas estructuras, costumbres, sentimientos e instituciones estén marcados por su naturaleza de personas. Este acto primero de la persona se funda a la vez sobre cinco actos originales:

  1. Salir de sí, en cuanto la persona es capaz de desposeerse para llegar a ser disponible de otros; ésta es una ascesis, una lucha por liberarse de sí, para desprenderse del amor propio y darse a sí.
  2. Comprender. Dejar de colocarme en mi propio punto de vista para situarme en el punto de vista del otro.
  3. Tomar sobre sí, lo cual se traduce en asumir la propia vocación.
  4. Dar, lo cual significa generosidad o la gratuidad del don de sí, sin medida y sin esperanza de recompensa.
  5. Ser fiel. Implicando la continuidad en la entrega personal, la consagración a la persona, el amor y la amistad.

b) La conversión íntima25

El movimiento de comunicación hacia los otros se complementa con el movimiento contrapuesto, de conversión sobre sí o de subjetividad y vida interior; la conversión íntima es otra dimensión básica de la persona.

Esta dimensión comprende a la vez los siguientes actos:

  1. El Recogimiento (el sobre sí). La vida personal comienza con la capacidad de recobrarse, de recuperarse, con miras a recogerse en un centro, a unificarse.
  2. El secreto (el en sí). Es la necesidad de la reserva en la expresión, la discreción. El hombre volcado hacia el exterior, totalmente en exhibición, se agota pronto.
  3. El pudor referente a los sentimientos de la persona y que configuran la intimidad de la vida privada.

Ambos movimientos –la comunicación y la conversión íntima–, constituyen la dialéctica interioridad-objetividad, pues a la tendencia de exteriorización sigue el de interiorización, actos de afirmación y negación sucesivas de sí.

c) El afrontamiento26

A estas dos dimensiones le sigue la del afrontamiento, por la que la persona se manifiesta, afronta los riesgos de un ambiente hostil, afirmándose a sí misma como acto y como elección, y que expresa lo excepcional en la afirmación de la singularidad, es decir, la lucha y protesta inconformista, categorías esenciales de la persona en contra de un orden establecido que la sofoca.

En efecto, la persona es consciente de sí en la lucha, alcanza su plena madurez y expande su ser en la adhesión a un ideal de lucha, de combate. Su vida se encuentra en ello. La persona se halla, se encuentra en su obrar. Esto es lo que significa decidir. Cuando no hay elección ocurre un estancamiento de la persona, por tanto, una indefinición de ella misma. En la decisión el hombre se revela, se encuentra a sí mismo.

6. La eminente dignidad de la persona

En la obra Manifiesto al servicio del personalismo, Mounier escribe lo siguiente:

La persona es un absoluto respecto de cualquier otra realidad material o social y de cualquier otra persona humana. Jamás puede ser considerada como parte de un todo: familia, clase, Estado, nación, humanidad. Ninguna otra persona, y con mayor razón ninguna colectividad, ningún organismo, puede utilizarla legítimamente como un medio […].27

Asimismo, en Personalismo y cristianismo escribe: “Aunque siendo el principal artífice de cada operación […], Dios ha dado, sin embargo, a la persona un poder de actuar que le permite afirmarse como verdadero autor de su acción”.28

Por lo tanto, la persona jamás puede ser considerada parte de un todo, en sí misma la persona es un todo, un absoluto. Pero no un Absoluto con mayúsculas, sino que es una realidad total, que puede realizarse al decidir sobre sí misma.

7. La libertad29

E. Mounier asegura que la libertad es la afirmación de la persona, y de ella sólo se es consciente viviéndola. La libertad es un acto vivencial, existencial de la persona, y por ello, no es objeto de ciencia. La ciencia no puede decir nada a favor de la libertad. Es la persona quien descubre su propia libertad, por tanto, en esta experiencia se hace consciente de su acto libre y puede seguir reafirmándolo.

La libertad, aunque se da en una persona determinada, al mismo tiempo comienza a ser en las demás. En la medida que alguien es libre, se construye la libertad de los demás hombres, aunque la libertad no deja de ser singular. Y algo más, la libertad es la condición total de la realización personal, pero no por el solo hecho de poseerla, sino en el ejercicio libre de cada quien.

La persona ha de ejercer su libertad de dos formas, como elección, pero sobre todo como adhesión, porque no basta asentir a algo como bueno y aceptarlo, sino que es necesaria la emergencia de la acción, y en ambos casos se supone la responsabilidad. El hombre es también responsable de su entorno, del estadio de cosas en el que se desenvuelve, por el hecho de poseer libertad. La libertad del hombre es libertad de una persona y de esta persona en singular, constituida y situada en sí misma ante el mundo y ante los valores.

8. La trascendencia de la persona30

La persona es una entidad trascendente por tratarse de una realidad superior en la calidad del ser. Esto no puede ser negado, pues efectivamente es la criatura más elevada en perfección, y su libertad es una condición fundamental de dicha perfección.

La trascendencia de la persona se manifiesta básicamente en su actividad productora, en el “hacer” y “hacerse”, pues de alguna manera es una toma de conciencia el saber que: “soy algo más que mi vida”, y por tanto, se convierte en una aspiración de la persona a salir de sí, como un movimiento de ser hacia el ser; puesto que la persona divisa un ser más allá de sí, al cual tiende, por el cual hace y se hace.

La trascendencia no es objeto de prueba, pero el movimiento hacia la trascendencia es una realidad. Precisamente en tal movimiento, los valores constituyen las mediaciones hacia la trascendencia. Y el término de este movimiento es la Persona Suprema, en la que concurren todos los valores.

Los valores, como los entiende Mounier, son realidades subjetivas que tienden a incorporarse a la persona; esto es, sólo se dan en un sujeto que los posee y los elige, es más, no existen sin la persona. Los valores perfeccionan al sujeto y sin ellos no podría existir plenamente. Son el camino hacia la trascendencia. Entre los principales, están: la felicidad, la ciencia, la verdad, los valores morales, el arte, la historia o comunidad de destino y los valores religiosos.

9. El compromiso31

Si bien el compromiso es acción, la acción a la vez supone la libertad. Por la acción, el hombre modifica y transforma su realidad exterior acercándose a los demás hombres; asimismo, elige valores y enriquece el universo con ellos. Sin embargo, se puede hablar de diferentes dimensiones de la acción:

a) El hacer, como acción que tiene como finalidad principal dominar y organizar la materia exterior, se podrá denominar acción económica. También es el ámbito propio de la técnica. Tiene su fin y su medida propia en la eficacia, aunque, como mera acción económica, no resuelve la cuestión humana; por eso requerirá la perspectiva de lo político, aunado a lo ético.

b) El obrar, en la cual la acción no está tan sólo dirigida a edificar lo exterior, sino a formar al agente, sus virtudes, su unidad personal, sus habilidades. Esta dimensión de la acción tiene su fin y su medida en la autenticidad, la cual consiste no tanto en lo que la persona hace, sino en cómo lo hace y en qué se convierte la persona cuando hace algo determinado. Este ámbito de la acción corresponde a la ética.

c) La acción contemplativa no es sólo una actividad de la inteligencia, sino que encierra en ella misma un anhelo o aspiración hacia valores que invadan y den sentido pleno a lo humano de modo total.

d) La acción comunitaria es la dimensión colectiva de la acción. Se traduce en la comunidad de trabajo, comunidad de destino o comunidad espiritual. Su fin es la humanización integral. Esta actividad tiene como fin y medida tanto la perfección de cada persona como la perfección de todas las personas.

Estas cuatro dimensiones de la acción son fundamentales. En la acción común mantienen cierta comunicación, aun cuando una de ellas prevalezca, dándose de manera simultánea y de manera intensiva según las circunstancias.

La acción en sus diferentes dimensiones se mueve del polo político al polo profético. Lo político es la acción comprendida entre lo ético y lo económico, es decir, entre la técnica y el obrar. Lo profético asegura la unión entre la contemplación y la práctica: la teoría y el obrar.

De esta manera, toda acción recta y viable debe ser guiada por la preocupación de la eficacia (polo político) y el crecimiento de la vida espiritual (polo profético); todo lo anterior constituye el equilibrio entre los polos que el ser humano puede lograr para una integración personal.

El hombre no puede agotar su compromiso en la acción contemplativa como mero anhelo de orden espiritual, sin perseguir a la vez, mediante la acción práctica, la concreción de este anhelo. La Revolución Personalista de Mounier persigue pasar del desorden establecido hacia el orden espiritual, que no será posible sin el compromiso de cada persona.

VI. A modo de conclusión

El pensamiento de E. Mounier está marcado por el contexto histórico cultural de la primera mitad del siglo XX, que se caracterizó por la polaridad entre el individualismo anglosajón y el colectivismo soviético. A lo anterior, se suma un desencanto de la Modernidad que, en su lógica intelectual, ha engendrado los polos ya mencionados. Más allá de los cuestionamientos que se puedan hacer al individualismo y al colectivismo en el plano político y económico, el pensamiento de E. Mounier es sensible al lado no-humano de ellos. La lógica de la Modernidad que parió la mencionada polaridad tuvo como su pecado original el no haber valorado a lo humano, por ello la realización política y económica de individualismo y del colectivismo son anti-humanas.

El pensamiento de E. Mounier es un llamado a rescatar a lo humano por medio de la propuesta personalista, que busca revalorar las dimensiones individual y social de la persona humana. He aquí que sobreviene la pregunta: ¿hasta qué punto lo logra Mounier?

La revaloración de Mounier incluye dos aspectos: uno de denuncia y otro de propuesta. En su denuncia, las observaciones y críticas de Mounier son muy acertadas en muchos aspectos. Sin embargo, en su propuesta habría tres problemas fundamentales.

Primero, criticando adecuadamente al individualismo, Mounier resalta aspectos de la dimensión social de la persona que lo acercan bastante al colectivismo. El aspecto comunitario del universo personalista de Mounier, en algunos aspectos, no queda claramente diferenciado del colectivismo, o bien la línea de distinción es muy tenue.

Segundo, Mounier busca un equilibrio entre los extremos del individualismo y del colectivismo al poner como centro a la persona. Pero la ausencia de una fundamentada metafísica del ser personal hacer ver a la propuesta de Mounier un tanto endeble. En efecto, Mounier, en su afán de apartarse de un racionalismo que reduzca a la persona a un concepto, ya que él mismo la reconoce como inefable, termina haciendo del ser personal una realidad indeterminada. Por medio de intuiciones o descripciones, el pensamiento de Mounier realiza una aproximación, pero esto da lugar a una ausencia de fundamentación filosófica de tipo antropológico que permita a su personalismo presentarse como una respuesta intelectualmente sólida como alternativa humana ante el individualismo y el colectivismo.

Tercero, la propuesta de Mounier, por tanto, se vuelve más práctica que teórica, cosa que el mismo Mounier reconoce e incluso insiste en ello, y esto lleva a preguntarse hasta qué punto el pensamiento de Mounier es una filosofía, o más bien un pensamiento que utiliza herramientas del pensamiento filosófico para justificar una praxis, que por cierto, es urgente como alternativa ante sistemas alienantes.

Más allá de los reparos al pensamiento de Mounier relativos a la ausencia de una metafísica del ser personal, al hecho de que su crítica al individualismo lo acerca mucho al colectivismo, o al de proponer una praxis sin fundamentación sólidamente teórica…, Mounier representa un intelectual de la primera mitad del siglo XX que ha denunciado los graves inconvenientes de los supuestos filosóficos de la Modernidad. Además, en nombre de lo humano como persona, que esa misma Modernidad ha alienado, el universo personal y comunitario de Mounier constituye una invitación hacia una antropología de la persona, que mucha falta hace no sólo ante los fallos de la Modernidad, sino ante un mundo posmoderno en donde el individualismo se ha presentado como triunfante, pues la crítica de Mounier al individualismo sigue siendo totalmente válida y muy aguda.

Bibliografía

Mounier, Emmanuel. “Obras Completas” Ed. Sígueme. Salamanca. 1992. Las obras citadas en este artículo son: Revolución Personalista y Comunitaria, Manifiesto al servicio del personalismo, ¿Qué es el Personalismo? y El personalismo

Notas del Autor

1 Agradezco la colaboración de Víctor Hernández Pérez, maestro en Ciencias y Gestión Política (vicherp@gmail.com.),por sus aportaciones a este artículo y el apoyo bibliográfico que me prestó para su elaboración.

2 Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo, Salamanca: Sígueme, 1992,p. 584.

3 Cf. Mounier, E., El personalismo, Salamanca: Sígueme, 1992,p. 451.

4 Cf. Mounier, E., ¿Qué es el personalismo? Salamanca: Sígueme, 1992, p.195.

5 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 453-454.

6 Mounier, E., ¿Qué es el personalismo?, p. 209.

7 Cf. Mounier, E., ¿Qué es el personalismo?, pp. 215-220.

8 Mounier, E., ¿Qué es el personalismo?, p. 223.

9 Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, Salamanca: Sígueme, 1992,p. 191.

10 Cf. Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, p. 191.

11 Cf. Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo, pp. 599-607.

12 Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, p. 233.

13 Cf. Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo, p. 603.

14 Cf. Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, pp. 258-259.

15 Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo, pp. 620-621.

16 Cf. Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo,p. 625.

17 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 452-453.

18 Cf. Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo,p. 626.

19 Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, p. 210.

20 Cf. Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, pp. 211-212.

21 Cf. Mounier, E., El personalismo, p. 463.

22 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 464-472.

23 Cf. Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, p. 213.

24 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 473-484.

25 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 485-492.

26 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 493-498.

27 Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo, p. 626.

28 Mounier, E., Personalismo y cristianismo, Salamanca: Sígueme, 1992,p. 855.

29 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 499-506.

30 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 507-519.

31 Cf. Mounier, E., El personalismo, pp. 499-506.