Acerca de la peculiaridad de los saberes liberales

miguelangel09

Rafael María de Balbín Behrmann
Doctor en Filosofía-Doctor en Derecho
Director del Centro de Altos Estudios
Universidad Monteávila (Caracas)
rafaelbalbin@yahoo.es

Resumen

El conocimiento teórico se caracteriza por la búsqueda desinteresada de la verdad, sin una meta inmediata ulterior, a diferencia del conocimiento práctico, cuyo fin inmediato es orientar la acción humana. El desinterés en la búsqueda implica la libertad del cognoscente, que sólo está comprometido con la verdad. De ahí la caracterización de los saberes teóricos como saberes liberales. De forma mediata el aporte de los saberes liberales a la vida del hombre y de la sociedad es sumamente valioso, y se proyecta a través de la educación.

Palabras Clave: Conocimiento teórico, Conocimiento práctico, Saberes liberales, Libertad intelectual, Educación.

On the peculiarity of liberal knowledge

Abstract

Theoretical knowledge is characterized by the disinterested seeking of truth without an immediate ulterior purpose, contrary to practical knowledge, whose immediate aim is to guide human action. Disinte­restedness in the seeking implies freedom in the knower, who is committed only to truth; thus, the characterization of theoretical know­ledge as liberal knowledge. In a mediate way, the contribution of li­beral knowledge is highly valuable for human and social life, and is projected through education.

Keywords: Theoretical knowledge, Practical knowledge, Liberal knowledge, Intellectual freedom, Education.

Recepción del original: 11/10/11
Aceptación definitiva: 01/12/11


1. Conocimiento teórico y conocimiento práctico

La Universidad cumple con respecto al resto de la sociedad una misión insustituible: el fomento del saber teorético o especulativo, la investigación de la verdad en los diversos campos del saber.

La especulación da a la prudencia las bases inconmovibles, a la vez que los puntos de orientación de que ha menester para no dejarse arrebatar por el flujo multiforme de la vida ni extraviarse en las en­cru­cijadas que a cada momento le presentan los varios requeri­mientos de las circunstancias. Como se mueve entre ellos, la prudencia está nece­sitada de unas estrellas fijas que señalen su rumbo y le permitan con­ser­var el mando (…); por virtud de una necesidad interna, la prudencia se atiene y supedita a la especulación, de la que toma sus bases y con cuyas antorchas se ilumina.1

El conocimiento práctico es altamente necesario, pero no debe ser confundido con aquel conocimiento que tiene como finalidad averiguar simplemente cómo son las cosas.

El mundo del trabajo es el mundo del día de labor, el mundo de la utilización, del servicio a fines, del resultado o del producto, del ejer­cicio de una función; es el mundo de las necesidades y del rendimien­to, el mundo del hambre y de su satisfacción.2

El conocimiento filosófico es el saber teórico por excelencia. Y carece de una inmediata utilidad pragmática:

Imaginémonos que entre las voces que llenan los talleres y el mercado («¿cómo hay que obtener estas o aquellas cosas necesarias para la existencia cotidiana? ¿De qué forma se consigue eso? ¿Dónde hay de esto?»); imaginemos, decía, que entre tales voces se alzas de repente una preguntando: «¿por qué existe el ser y no más bien la nada?», antiquísima y primaria exclamación de asombro filosófico, que ha calificado Heidegger como la pregunta fundamental de toda metafísica.3

Josef Pieper ha señalado el carácter filosófico del conocimiento teórico o especulativo:

¿Qué significan las palabras teórico y teoría? Ser movido por la ver­dad y no por otra cosa, tal es la esencia de la teoría, dice Aristóteles en su Metafísica,4 esta vez completamente de acuerdo con Platón; y el comentarista medieval de Aristóteles, Tomás de Aquino, dice sin repa­ros: «el fin del saber teórico es la verdad; el fin del saber práctico es la acción»; aunque también los prácticos intenten conocer la verdad y cómo se relaciona con ellos en determinadas cosas, la buscan no como lo propio y último pensado, sino ordenándola al fin de la acción;5 pero la filosofía —y sobre todo la doctrina del ser o metafísica, que es disci­plina filosófica en sumo grado— es de un modo especialísimo scientia Veritatis,6 teoría en sentido estricto. Tal es la común doctrina de Platón, Aristóteles, Santo Tomás y de todos los antiguos.7

No debemos renunciar al logos, a la penetración inquisitiva e incondicional de la realidad. Hacerlo así implica una firme postura de ir, en cierto modo, contra corriente, en una cultura fuertemente prag­mática.

Un camino recto conduce desde Francis Bacon (que ha dicho: «Saber y poder son lo mismo; el sentido de todo saber es dotar a la vida humana de nuevos inventos y recursos») a Descartes (quien en el Discours ha formulado ya expresamente de forma polémica que su intención es poner en el lugar de la antigua filosofía «teórica» una filosofía «práctica», mediante la cual pudiésemos hacernos «señores poseedores de la naturaleza») hasta la conocida fórmula de Karl Marx: hasta entonces la filosofía había considerado que su tarea era interpretar el mundo, pero lo importante es modificarlo.8

El simple pragmatismo carece, en último término, de una orientación consciente. No se puede actuar con acierto si no se conoce cabalmente la realidad que se afronta. Antes de transformar el mundo hay que conocerlo. Antonio Millán-Puelles ha señalado que

… es conveniente a la sociedad que haya entre sus miembros quien conserve el depósito de los valores especulativos necesarios para la misma definición del bien común práctico y para la defensa de los principios en que ella se apoya. Y de tal conveniencia surge, en su caso, la obligación, para el intelectual que cultiva esos valores, de proclamarlos y defenderlos en beneficio de la sociedad entera y aun cuando hubiere de hacer frente a toda ella o al poder del tirano.9

La contemplación desinteresada de la realidad es una característica común de la actividad filosófica, de la vivencia religiosa, de la creación y contemplación artística. Y no se deja encerrar en moldes de inmediata utilidad.10

2. La búsqueda desinteresada de la verdad

Tiene gran importancia el asombro, como posición ante la riqueza de la realidad, como enfrentamiento interrogativo de la inteligencia humana con el ser de las cosas; este asombro está en el origen del filosofar y de toda búsqueda en profundidad de la verdad.

La situación de asombro, la actitud total de extrañeza, apuntan a la verdad y, subjetivamente hablando, a la teoría, no a la utilidad ni a la acción. Es claro, sin embargo, que los problemas especulativos de que el asombro se nutre no son los únicos que nos dan que pensar. La mayoría de las veces tratamos de resolver problemas prácticos. Necesitamos saber cómo son las cosas para poder aprovecharnos de ellas; y tener una idea de nuestro ser para ordenar debidamente nuestros actos. Pero aunque nos pongamos a pensar en una actividad práctica, es decir, aunque en ello estribe muchas veces el fin de la especulación, la más ínfima dosis de teoría exige un desinterés por la verdad, que es, a su vez, y por su misma esencia, un desligarse y des­in­teresarse de los móviles mismos de la acción. En el paréntesis especulativo a que las cosas mismas nos constriñen cuando queremos beneficiarnos de ellas, resplandece de un modo sintomático la auto­nomía del valor de la verdad.11

Para quienes tienen una visión puramente pragmática del saber el conocimiento teórico, que busca sinceramente conocer la verdad, pue­de ser motivo de incomprensión, incluso de burla.

La carcajada de la muchacha tracia que vio caer en un pozo a Tales de Mileto, el contemplador del cielo, es para Platón la representativa respuesta a la filosofía de la sólida razón de todos los días. Esta historia de la muchacha tracia se encuentra al comienzo de la filosofía occidental. Y «siempre de nuevo» (así se dice en el Teeteto12 de Platón), «siempre de nuevo» es el filósofo motivo de risa «no sólo para las muchachas tracias, sino en general para la masa, porque él, extraño al mundo, cae en el pozo y en otras perplejidades diversas».13

El paradigma del saber teórico o académico es la filosofía, no en cuanto ésta excluya otros saberes, pero sí en cuanto expresa cabalmente el saber cuyo afán principalísimo es el conocimiento de la verdad, no sometido a metas más o menos pragmáticas:

… académico quiere decir filosófico; formación académica es lo mismo que formación filosófica, o al menos formación que tiene fundamentos filosóficos; tratar una ciencia académicamente significa considerarla de modo filosófico. Por tanto, una formación no funda­mentada en la filosofía ni conformada filosóficamente, no puede ser correctamente llamada académica; el estudio no determinado por un filosofar no es académico.14

Podría objetarse que hoy en día nuestras universidades son simplemente instituciones para preparar buenos profesionales: médicos, ingenieros, juristas. ¿Acaso esos estudios no son académicos? Josef Pieper ha procurado deslindar bien los campos, entre lo profesional y lo académico, sin mengua de ninguno de ellos:

¿Cómo puede justificarse esa exigencia y en qué puede consistir ese «plus» sino en lo académico y filosófico? Por eso tal exigencia no se ha entendido como que lo académico debiera estar junto a la formación propiamente profesional, sino que la misma formación profesional —en toda auténtica universidad— debiera ser académica; lo académico debe determinar el carácter de la formación profesional en cuanto tal.15

La adquisición de una seria competencia profesional no excluye un enriquecedor planteamiento académico:

Naturalmente la habilidad profesional del médico, naturalista o jurista, es un magnífico y deseado fruto de los estudios académicos; pero ¿no puede ocurrir que para superar la medianía y la técnica transmisible pedagógicamente esa habilidad suponga un desinteresado hundimiento en el ser, un completo descuido del éxito, una visión puramente teórica, asombrada y aprehensiva? ¿No pudiera ocurrir que el efecto práctico de utilidad dependiera de que antes hubiera sido realizada la pura teoría?16

¿Qué significa estudiar una ciencia cualquiera de modo filosófico o académico? J. Pieper responde a esta pregunta:

Deben distinguirse concretamente el estudio especializado hecho filosóficamente del hecho no-filosóficamente. La diferencia consiste en este modo «puramente teórico» de volverse hacia el objeto; lo distintivo es esa manera especial de mirar, que se dirige a aquella hondura en que las cosas no están determinadas de esta o de la otra manera, o son útiles para esto o para lo otro, sino que son formas y figuras de lo más admirable que se pueda pensar: del ser. En esta salida desde el entorno y los aspectos fijos hasta el libre cielo de la realidad total, es donde está el ser en cuanto tal ser; es el sorprendente y arrebatador entusiasmo en la investigación cada vez más profunda a la vista de la insondable profundidad del mundo, a la vista del carácter misterioso del ser, delante del misterio de que algo exista y sea; es el olvido de todos los fines inmediatos de la vida, que acontece al que así se admira (¿afortunada o desgraciadamente…?); todo esto es lo que distingue exactamente la interna estructura y actitud, la atmósfera del estudio de una ciencia particular hecha filosóficamente.17

La inspiración académica de la Universidad no se puede sustituir por metas útiles o a corto plazo. Va en ello el carácter original y constitutivo de la vida universitaria:

¿En qué se distingue propiamente la facultad de Química de una Universidad de las grandes agrupaciones modernas de laboratorios químicos y farmacéuticos? Es de temer que a simple vista fuera difícil hacer distinciones. ¡Quizás hubiera no pocos que vieran como única diferencia el hecho de que las organizaciones industriales están mejor equipadas y financiadas que las académicas! Esto significaría que ya no se sabe la distinción entre lo académico y no académico, situación a la que en realidad parecemos aproximarnos.18

Y poco serviría la agregación de unos cursos de Estudios Generales de contenido humanístico, si éstos no están integrados sino yuxtapuestos a las materias propiamente profesionales. Ni siquiera sería suficiente la existencia de una facultad o departamento de filosofía o de humanidades, si estos estudios están aislados por lo especializados.

No es la filosofía técnica, junto a las demás especialidades, la que logra un estudio académico, sino la filosofía como principio, como modo y estilo de considerar el mundo y relacionarse con él. Y vice­versa, puede decirse que incluso el estudio de la filosofía como espe­cialidad podría aprender algo del estudio de las ciencias particulares si éstas fueran tratadas filosóficamente. Según esto, es insoportable la especialización cada vez más cerrada; en el supuesto de un estudio de las ciencias particulares académicamente hecho, no ocurriría ese daño de la especialización, en la que con raro acuerdo y desde hace tiempo todos ven el primer síntoma de la crisis de la Universidad.19

3. Los saberes liberales

La filosofía, saber liberal por excelencia, se resiste a una utilización pragmática. El viejo reproche hecho a la filosofía como saber inútil, redunda en su propia alabanza:

La filosofía es «inutilizable» en el sentido de una utilización y aplicación inmediata; esto es una cosa. Otra que la filosofía no se deja utilizar, no deja que se disponga de ella para fines que se encuentren fuera de la misma; ella misma es su fin. La filosofía no es un saber de funcionarios, sino, como ha dicho John Henry Newman, un saber de gentlemen; no un saber «útil», sino un saber «libre». Esta «libertad» significa que el saber filosófico no recibe su legitimación de su utilidad y de su aplicabilidad, de su función social, de su posible relación a la «utilidad» común. Justamente en este sentido ha sido pensada la libertad de las «artes liberales», en oposición a las artes serviles, que, como dice Santo Tomás, «están ordenadas a un bien útil que ha de alcanzarse mediante una actividad».20 Pero la filosofía ha sido entendida desde antiguo como la más libre de las artes libres (en la Edad Media, la Facultad de Filosofía se llamaba «Facultad de artistas», de artes liberales.21

La libertad en la búsqueda de la verdad es una orientación de fondo. No bastaría con insertar en los planes de estudio unas cuantas materias humanísticas, a modo de artificial añadido: seamos un poco más cultos, y tendremos mayor éxito en los negocios.

Esta libertad corresponde a las ciencias especializadas sólo en la medi­da en que son tratadas de una forma filosófica. Aquí se encuentra —tanto histórica como objetivamente— el verdadero sentido de la liber­tad «académica» o universitaria (pues académico, universitario, o sig­nifica «filosófico» o no significa nada); rigurosamente hablando, sólo puede darse la aspiración a la libertad académica si lo académico mismo se realiza en el sentido de «filosófico». Y también históri­camente, de hecho, es así: la libertad académica se pierde precisa­mente en la medida en que se pierde el carácter filosófico de los estudios universitarios o, expresado de otra forma, en la medida en que las aspiraciones totalitarias del mundo del trabajo conquistan el ámbito de la universidad”.22

Pero la libertad del saber no es monopolio del estudio especializado de la filosofía:

«Libres» en tal sentido son, como hemos dicho, las ciencias especiales sólo en la medida en que son tratadas filosóficamente, en la medida en que participan de la libertad de la filosofía.23

Los saberes liberales o no serviles se resisten a la camisa de fuerza de una programación pragmática.

Hablemos más concretamente. El gobierno de un Estado puede muy bien decir: necesitamos ahora, por ejemplo, para llevar a cabo un plan quinquenal, físicos que alcancen en este o en aquel campo superioridad sobre el extranjero; o necesitamos médicos que logren trabajando científicamente un remedio más eficaz contra la gripe. Se puede hablar y disponer de esa forma, sin que con ello se obre en contra de la esencia de esas ciencias especiales. Pero «necesitamos ahora filósofos que…..», sí, ¿qué?… Pues sólo hay una cosa: «que desarrollen la siguiente ideología, la fundamenten y la defiendan». ¡Así sólo puede hablarse con una simultánea destrucción de la filosofía!24

Sólo una libertad, sin trabas, permite al intelecto penetrar en la realidad y experimentar el gozo de la verdad:

Esta disponibilidad, esta libertad del filosofar está —y observarlo me parece algo de la mayor importancia— ligada de la forma íntima, más todavía, es absolutamente idéntica al carácter teorético de la filosofía. Filosofar es la forma más pura del theorein, del speculari, de la mirada puramente receptiva a la realidad, de forma que las cosas sean lo único que da la medida, que decide, y el alma sea exclusivamente lo que es medido por ellas.25

La libertad académica no es equivalente a un encogimiento de hombros ante la verdad, sino no someterse a objetivos pragmáticos:

Lo distintivo es, sobre todo, ese estar libre de cualquier fin utilitario; en esto consiste la libertad académica, sofocada tan pronto como las ciencias se convierten en pura organización finalista de una agrupación de poderes organizados…Se entiende aquí por libertad —subrayémoslo otra vez— la independencia de toda finalidad práctica; evidentemente no debe entenderse que la filosofía pueda ser libre de las normas de la verdad objetiva. Pero la realización de esta dependencia entre filosofía y norma objetiva de verdad supone justamente la otra libertad.26

La libertad caracteriza de propio derecho a la tarea del universitario, que cultiva un saber liberal en el sentido más clásico de la palabra, tal como precisa Antonio Millán-Puelles:

Es el saber liberal un saber libre, exento de ordenación utilitaria. Ese carácter libre lo tiene, sobre todo, la especulación pura. Así lo ha mantenido una ininterrumpida tradición que surge explícitamente en Aristóteles. Para éste, en efecto, lo más rigurosamente libre es la sabiduría no buscada sino por el puro gozo y plenitud que en ella alcanza el hombre. Sin embargo, de un modo analógico también los demás saberes liberales tienen razón de fin, siendo apetecibles en sí mismos y no estando ordenados de suyo al mundo del trabajo y de la vida activa.27

4. Función social del conocimiento teórico

El cultivador del saber no es un parásito de la sociedad, sino un integrante de suma importancia, puesto que le aporta las luces de verdad teorética que toda la sociedad necesita. Antonio Millán-Puelles ha sugerido una consideración certera:

Hacer que el intelectual sirva a la vida activa desde su mismo puesto y función de intelectual sólo es posible si hay una operación de tipo «mixto» que tenga la virtud de reunir la teoría y la práctica. Esa operación es la enseñanza. Ella es, por consiguiente, la única manera de que el intelectual aporte al bien común su específico haber, que es su saber. Y cuando este saber, que es formalmente especulativo, tiene por objeto el bien común práctico, su comunicación por la enseñanza ilumina y conforta los entendimientos de los demás miembros de la sociedad, de tal manera que especulativamente los dirige y ordena a su verdadero fin.28

Las falsas contraposiciones entre la teoría y la práctica no hacen sino deformar el valor de la verdad. Ciertamente son planos distintos, pero indisolublemente unidos. Si la verdad es una ¿por qué si algo es verdadero en teoría tiene que ser falso en la práctica? Quizás en este sentido hay que interpretar el conocido dicho: No hay nada más práctico que una buena teoría.

No es, pues, que especulemos sólo para mejor llevar la vida activa, sino que ésta debe dirigirse y ordenarse según las verdades captadas en la especulación. La actividad humana se fundamenta y enraíza en la teoría, en la misma medida en que el hombre es un ser intelectual y como tal se comporta. Sin embargo, esto no significa que la teoría surja únicamente en función de la práctica. Es la vida activa la que, en tanto que humana, resulta de la contemplación; y no al revés. Invertir el sentido de estas relaciones no es otra cosa que un último y definitivo pragmatismo que, si no desfigura el rostro de la verdad, la humilla, sin embargo, hasta tal punto, que la hace sierva de lo que naturalmente es inferior a ella.29

El humano deseo de conocer es muy profundo, y se manifiesta como una permanente búsqueda de la verdad:

La pura especulación nace de una extrañeza que excita al entendimiento y le intriga y afana en la prosecución de la verdad, que es, en este caso, la explicación o razón de ser de lo que nos causa la extrañeza. Y es la ignorancia de esa explicación lo que no soportamos cuando hay en nosotros un verdadero interés especulativo.30

La razón humana, en su función especulativa o contemplativa, tiene una neta superioridad sobre su función práctica, que se ordena a la acción.31 El conocimiento especulativo redunda en beneficio de todos y no hay ninguna razón para que esté reservado solamente a unos pocos.

Los bienes superiores no se dividen al comunicarse. Son, en este sentido, por su naturaleza misma, universales, y de suyo, por tanto, los más susceptibles de pacífica y quieta posesión, ya que en principio todos los podrían tener enteros, y si de hecho son participados en diversa medida es porque empiezan por no ser iguales los correspondientes poseedores, a quienes Dios, que ama el orden y la variedad de sus criaturas, dota de muy distinta capacidad y aptitud.32

El desinterés que caracteriza a estos saberes hace que no sean un simple medio para otra cosa: ése es su rango de saberes liberales (y no esclavos o serviles).

De esta manera, pues, cabría, en principio, que los que hemos llamado saberes liberales, siendo deseables en sí mismos y no estando de suyo ordenados a la sociedad, fueran, no obstante, provechosos a ésta y aun necesarios en algún sentido, sin por ello perder su índole de fines y su esencial y radical diferencia con los demás saberes.33

Notas del Autor

1 Millán-Puelles, Antonio: La función social de los saberes liberales. Madrid: Rialp, 1961, p. 102-103.

2Pieper, Josef: El ocio y la vida intelectual. Madrid: Rialp, 1962, p. 81.

3Ib., p. 84.

4Metafísica, 2, 993 b.

5In Met., 2, 2; n. 290.

6Ib.

7Pieper, Josef, o. c, pp. 179-180.

8Pieper, Josef, o. c, p. 98-99.

9Millán-Puelles, Antonio: Ib., p. 127.

10 Cf. Pieper, Josef, o. c, p. 86.

11Ib., p. 144-145.

12Teeteto, 174.

13Pieper, Josef, o. c, p. 90.

14Pieper, Josef, o. c, pp. 98-99.

15Ib., p. 183.

16Ib., p. 184-185.

17Ib., pp. 185-186.

18Ib., pp. 187-188.

19Ib., pp. 188-189.

20In Met, 1, 3.

21Pieper, Josef: o. c, p. 93-94.

22Pieper, Josef: o. c, p. 95.

23Ib.

24Ib., p. 95-96.

25Ib., p. 96-97.

26Ib., p. 187.

27Millán-Puelles, Antonio, o. c, p. 10-11.

28Ib., p. 132.

29Ib., p. 141-142.

30Ib., p. 146.

31Agustín de Hipona: De Trinitate, lib. XII, cap. 3: “ratio superior, quae ad contemplationem, et inferior, quae ad actionem pertinet, in mente una”.

32Millán-Puelles, Antonio, o. c, p. 165.

33Ib., p. 12-13.